viernes, 27 de febrero de 2026

Derrotado en vida, desterrado en la muerte, el cadáver del Restaurador condensó odios, culpas y revisiones históricas.

El cadáver de Juan Manuel de Rosas, exiliado en vida y disputado después de la muerte, atravesó océanos antes de encontrar descanso definitivo.

El viejo caudillo en el exilio
Juan Manuel de Rosas vivió sus últimos años en el exilio desde 1852, cuando fue derrotado por Justo José de Urquiza en la batalla de Caseros y debió abandonar la Argentina de manera inmediata. Evacuado en un buque de guerra británico, se instaló definitivamente en Southampton, en el sur de Inglaterra, donde llevó una vida austera y apartada, dedicada al trabajo rural y al círculo íntimo de su familia. Allí permaneció durante veinticinco años, sin regresar jamás a su patria.

A los 83 años, mantenía una rutina que sorprendía a quienes lo rodeaban. Pese a sufrir fuertes dolores de gota, salía cada mañana al campo, como si el trabajo físico fuese una forma de afirmarse frente al tiempo y al destierro. En marzo de 1877, esa obstinación le pasó factura: una salida en pleno frío derivó en un enfriamiento que, lejos de ceder, se agravó con rapidez.

La dolencia lo obligó a guardar cama. El primero en asistirlo fue su vecino y amigo, el médico John Wiblin, quien siguió de cerca la evolución del paciente. Al advertir la gravedad del cuadro, mandaron llamar a Manuelita, su hija, que llegó sin demora desde Londres. Su esposo permanecía en Buenos Aires por un viaje. Desde ese momento, ella no se separó del lecho del enfermo.

Una mejoría engañosa
El martes 13 de marzo trajo un alivio transitorio. Rosas amaneció algo mejor y esa leve mejoría tranquilizó a Manuelita, agotada por días de vigilia. En la madrugada del miércoles, mientras dormitaba junto a la cama, se inclinó para besarlo como lo hacía cada noche. Entonces advirtió un detalle inquietante: la mano de su padre estaba helada. El final era inminente.

Las últimas palabras
El diálogo fue breve.

—¿Cómo se siente, tatita?

—No sé, m’ hija.

Fueron sus últimas palabras. Tras mirar a su hija con la mayor ternura, el anciano de casi ochenta y cuatro años, fa­lleció. Lo hizo tranquilo, con la misma paz que negó a cientos, durante casi tres décadas. La causa consignada fue una inflamación pulmonar, según informó días después la prensa local.

Un funeral austero en Southampton
Los funerales se realizaron el lunes siguiente en el cementerio de la ciudad. El Southampton Times & Hampshire Express publicó una breve necrológica en la que informaba la muerte de “su excelencia, el general Juan Manuel de Rosas”. El féretro —de roble inglés macizo con lustre francés— estaba cubierto por un paño negro con una cruz blanca. La ceremonia fue corta, acompañada por apenas dos coches fúnebres y un puñado de allegados. Se respetó su voluntad: solo se rezó una misa, sin discursos ni honores.

En Southampton, Juan Manuel de Rosas fue enterrado en 1877 en esta tumba, lejos de la Argentina que lo había expulsado tras Caseros.

Ecos de la muerte en Buenos Aires
La noticia cruzó el Atlántico y reavivó viejos odios. En Buenos Aires, antiguos federales salieron a manifestar su duelo. La respuesta no tardó: viejos unitarios, muchos de ellos víctimas del rosismo y del exilio, reaccionaron con furia. El blanco simbólico fue el sepulcro de Juan Facundo Quiroga en la Recoleta, donde intentaron ultrajar la escultura de la Dolorosa que coronaba la tumba. A raíz de esto, el yerno del caudillo riojano decidió esconder el cuerpo en un lugar seguro del cementerio. El gobierno de entonces, temeroso de desbordes, prohibió incluso a la familia de Rosas celebrar una misa en su memoria, en su lugar se hicieron misas por todas sus víctimas.

Un muerto que siguió incomodando
Así murió Rosas: lejos de su patria, rodeado de los suyos, pero envuelto en una disputa que no terminó con su último aliento. Su cadáver quedó en Inglaterra, mientras la Argentina seguía discutiendo su figura con la misma intensidad que en vida. La repatriación tardaría más de un siglo. El exilio, en su caso, fue también funerario.

En su testamento dejó una cláusula tajante: sus restos no debían regresar a la Argentina “hasta que en mi patria se reconozca y acuerde por el Gobierno la justicia debida a mis servicios”. Durante décadas, esa condición funcionó como un candado político y simbólico. Sin embargo, en las décadas de 1920 y 1930, una nueva mirada sobre su figura ganó fuerza y dio origen al Comité Pro-Repatriación de Rosas.

El proyecto atravesó vaivenes y silencios. La Revolución de 1943 dio espacio al revisionismo -corriente histórica que admira a Rosas-, pero durante los primeros gobiernos de Juan Domingo Perón el tema fue deliberadamente evitado para no profundizar grietas ideológicas. El propio Perón cambiaría de postura tras su derrocamiento: desde el exilio, en los años sesenta, apoyó activamente los intentos de repatriación junto a Manuel de Anchorena.

Cuando Perón regresó al poder en 1973, nombró a Anchorena embajador en el Reino Unido con una misión concreta: negociar el regreso del cuerpo de Rosas. El acuerdo avanzó, el Congreso argentino lo aprobó, pero la historia volvió a interrumpirse. La muerte de Perón, la violencia política, el golpe de 1976 y la Guerra de Malvinas congelaron el proceso. El cadáver siguió esperando en Southampton.

Recién en 1989, con la llegada de Carlos Menem a la presidencia, el proyecto tomó impulso definitivo. Menem presentó la repatriación como un gesto de reconciliación nacional: la Argentina de Rosas y de Sarmiento, de Mitre y de Facundo. El cuerpo fue exhumado, trasladado a Francia, colocado en un nuevo ataúd y enviado finalmente a Buenos Aires.

El regreso no estuvo exento de obstáculos. Se pensó en depositar el féretro en la Catedral Metropolitana, junto a San Martín, pero una normativa papal de 1982 lo impedía. Así, Rosas terminó encontrando descanso definitivo en el Cementerio de la Recoleta desde el 30 de septiembre de 1989.

El mausoleo de Juan Manuel de Rosas en el Cementerio de la Recoleta, destino final de sus restos tras la repatriación de 1989

 

Por Luciana Sabina, historiadora, para Los Andes

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