lunes, 17 de agosto de 2026
Gente de la tribu de Quilchamal, 1902. Foto Clemente Onelli

Los combates que se narran a continuación corresponden a los tres últimos de la Campaña del Desierto. Los dos más conocidos, Apeleg y Genoa, en la abundante bibliografía que los aborda generalmente se los confunde, describiéndolos como si fueran uno sólo, o bien se cataloga al de Apeleg como “el último”, cuando en realidad fue el penúltimo.

En cuanto al combate del Senguer, el anteúltimo, fue abordado de forma superficial en contadas ocasiones. Finalmente, la información sobre la toma de prisioneros en el valle de Choiquenilahue es inédita.

Combate de Genoa, el último de la Conquista del Desierto (aconteció en la zona limítrofe entre los departamentos Tehuelches y Río Senguer)

Hacia 1884, el Ministro de Guerra de la Argentina, General Benjamín Victorica, dispuso la creación de un Destacamento militar en el curso inferior del río Chubut para proteger a la colonia galesa de posibles ataques indígenas. Con tal propósito, el Teniente Coronel Vicente Lasciar se asentó con una tropa de 50 hombres en el paraje conocido como Corral Charmata. En ese punto, que era utilizado por los indígenas como paso obligado para acceder a la colonia galesa, se instaló el fuerte General Villegas. Los partes militares dan cuenta de que la noticia pronto fue conocida por los indígenas, y los caciques manzaneros Inacayal y Foyel, al mando de 80 hombres, se dirigieron al fuerte con el propósito de atacarlo. “Habiendo sido sentidos, ambos caciques, mostrando extraordinaria ductilidad, depusieron toda manifestación hostil y se presentaron aduciendo que lo hacían para prestar acatamiento al Gobierno. Aceptadas, en principio, estas explicaciones, no tardaron, sin embargo, en evidenciar la duplicidad de su pensamiento «pidiendo se les permitiese regresar nuevamente a los toldos a fin de activar la presentación de todas las pequeñas tribus reunidas que sumaban un número de 300 lanzas y 1000 de chusma próximamente»” (Vignati, 1946)

El Teniente Coronel Lasciar accedió a la petición, pero sólo permitió partir al cacique Foyel y a la mitad de los indígenas, quedando el resto en calidad de rehenes. Asimismo, los hizo acompañar por el Teniente Francisco Insay y 20 hombres, entre soldados e indígenas aliados. Entre los indígenas amigos se encontraban el baqueano Kolonko (hijo del cacique Chiquichano), Táwach, Kalalonko (o Golwin), Pablo Chapara y un galés llamado Jones Koch, también conocido como “el gringo gaucho”.

La toldería de Foyel se situaba en el paraje Tsunka Kaik, hoy desaparecido, pero que puede ser situado junto al arroyo Genoa, entre los parajes Piedra Shotel y Nueva Lubecka (entre 30 y 50 kilómetros al sur de la actual localidad de Gobernador Costa). A unos 400 metros también se erigía una toldería de tehuelches Gününa Küne, entre los que se encontraban los indígenas Isidoro Gómez, Mashal e hijos, Francisco Moreira, Wenceslao Moreira y gente del cacique Chiquichano.

Una vez en la toldería, el cacique Foyel alegó diversas excusas para retrasar su entrega. Según información que recogiera décadas después el etnólogo Tomas Harrington de boca de un indígena, en la toldería de Foyel se celebró un parlamento para decidir qué hacer. Foyel, un manzanero llamado Wella Wentru y Kolopichúm (“pluma roja”), yerno de Foyel, instaban a defenderse de los soldados. Kolopichún alegaba que debían pelear “porque era una vergüenza que tan pocos cristianos los tomaran presos” (cuadernos inéditos de Harrinton) Los tehuelches de la toldería vecina se opusieron al enfrentamiento. Ante la indecisión de los indígenas, el 18 de octubre de 1884 el Teniente Insay formó en línea a sus hombres y atacó la toldería con una descarga de fusilería. Los indígenas aliados arremetieron contra la gente de Foyel armados con lanzas y boleadoras. El tehuelche Táwach lanceó y mató al manzanero Wella Wentru. El enfrentamiento con las tribus se suscitó “… de una manera tan rápida, enérgica y atrevida, que aún cuando éstas opusieron alguna resistencia por el excesivo número de hombres que tenía sobre nuestra pequeña fuerza -dice el General Winter- , muy luego cuando vieron caer una treintena de su gente, empezaron a desbandarse siendo perseguidos por nuestras tropas” (Vignati, 1946) Muchos de los manzaneros lograron huir, dirigiéndose a Chile y al territorio de Santa Cruz, entre ellos Kolopichúm, el que más arengó en pro del enfrentamiento.

Los tehuelches, que no llegaron a batirse con los soldados, también fueron apresados. Soldados y prisioneros marcharon de noche, para evitar ser vistos por alguna de las tribus “rebeldes” que supuestamente deambulaban por el territorio. Los prisioneros fueron “arreados” (textual de Harrington) hasta el fuerte Villegas, donde fueron encerrados en un corral, con los pies atados. Poco después se los “arreó” a Valcheta y más tarde, fueron embarcados en Carmen de Patagones con destino a Buenos Aires.

Meses después, en enero de 1885, Sayhueque se entregó a las tropas del Ejército en el fuerte Junín de los Andes. Con la entrega de Sayhueque, la Campaña del Desierto concluyó de forma definitiva.

En enero de 1886, la expedición del Coronel Fontana, denominada “Los Rifleros del Chubuť” llegó al escenario de la batalla de Genoa. Aunque el testimonio del baqueano Evans se refiere a la Batalla de Apeleg, al revisar el diario de viaje de Fontana se constata que en realidad arribaron al Genoa. Los toldos aún estaban en pie, ocupados por los perros que los indígenas habían abandonado:

“Cuantas leguas faltaban para llegar a la toldería de Inacayal, lugar en la cual se libró la batalla de Apeleg contra los soldados […] Mucho anduvimos para llegar al lugar del combate a orillas del río Apeleg, aún los toldos estaban en pie. Algunos perros sin amo rondaban el lugar, perros que salían de día en busca de comida y por la noche regresaban a los toldos para dormir al abrigo de las ruinas. Muy cerca, había como treinta tumbas en perfecta hilera y esparcidas y por el suelo brillaban cápsulas de fusil. Era estremecedor ver los mudos testimonios de la terrible batalla; encontramos un estribo de hierro, un trozo de capote con botones, lanzas rotas y osamentas de caballos. Por orden del Gobernador, se cavaron ocho tumbas constatando que habían sido muertos por sables y balas. Aún las estacas estaban clavadas y de los toldos colgaban algunos cueros que se balanceaban por la brisa”. (Evans, 1999)

Libro “La colonización del oeste de la Patagonia central”, de Alejandro Aguado.

 

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