
Concluida la guerra de la Independencia, el Reino Unido de Gran Bretaña es el nuevo poder supranacional que sustituye al Imperio español, pero con una diferencia sustancial con éste, en cuanto los ingleses dejaban el gobierno local en manos de los nativos y se reservaban una suerte de arbitraje cuando sus intereses peligraban. En ese sentido, la política exterior británica había aprendido la dura lección recibida cuando las invasiones de 1806- 1807. “La ruta de Liverpool reemplazó a la de Cádiz”, afirma Tulio Halperin Donghi.
Por otra parte, la diplomacia inglesa nunca simpatizó con los legitimistas de la Santa Alianza y vio con malos ojos cualquier proyecto de coronar a un príncipe europeo no inglés en un trono sudamericano. Para asegurar sus intereses confiaba en las nuevas repúblicas, en las virtudes milagrosas del comercio, la acción discreta de los cónsules, la creación de “Estados tapones”, y la influencia secreta de las logias masónicas sobre la opinión.
San Martín había reconocido el poderío británico cuando expuso sus planes para liberar al Perú ante el jefe de la estación naval británica. Mercaderes ingleses que cumplían asimismo el servicio de informar a su gobierno estuvieron presentes en instancias cruciales del itinerario sanmartiniano, como el combate de San Lorenzo y el asedio de Lima. Pero los militares y marinos del Reino Unido que participaron de la guerra de la Independencia lo hicieron por cuenta propia. En cuanto a la opinión inglesa, mientras los conservadores (tories) se mostraron reacios a reconocer la emancipación de las ex colonias, los comerciantes de Liverpool (whigs) insistían en el reconocimiento. Éste se obtuvo finalmente en 1824. El ministro George Canning fue el artífice de esa política.
Una colectividad activa e influyente
En 1810 la colectividad inglesa de las Provincias Unidas contaba con 124 miembros; en 1823, con 1.355 y en 1831, con 4.072. Según H. S. Ferns, dicha colectividad fue entonces proporcionalmente más numerosa que nunca en relación al número de habitantes del país. Porque si bien los negocios de ingleses y escoceses tuvieron un considerable auge en la segunda mitad del siglo XIX, esto no se reflejó correlativamente en la afluencia de inmigrantes.
Los negocios siguieron un desarrollo desparejo. Hubo una primera etapa anárquica, apropiada para los mercaderes aventureros. Después, y al amparo de la “feliz experiencia rivadaviana”, comenzaron las inversiones financieras, muchas de las cuales se frustraron porque la guerra en las Provincias Unidas impidió el cobro de los intereses. La compra de tierras y la participación en el comercio de cueros se presentó entonces como la inversión más segura y rentable.
Hacia 1825 Buenos Aires era uno de los mercados más libres del mundo. Los comerciantes ingleses se introducían en la sociedad local aprovechando la buena disposición hacia los extranjeros. Hubo quienes solicitaron carta de ciudadanía, se casaron con mujeres criollas y se quedaron en la tierra. Otros vinieron temporariamente por razones comerciales. Profesionales y artesanos probaron fortuna y generalmente tuvieron buen resultado. Se publicaba un atractivo periódico en lengua inglesa: The British Packet.
Entre los pioneros que abrieron paso al comercio británico en el Litoral, se destacaron los hermanos Juan y Guillermo Parish Robertson, de Glasgow (Escocia), quienes escribieron relatos minuciosos y entretenidos de sus experiencias. Ganaron mucho dinero que perderían a raíz de la crisis provocada por la guerra con el Brasil (1826-27). Los Robertson que visitaron los mejores salones de la capital donde brillaban Mariquita Sánchez, Melchora Sarratea y Ana de Riglos, no temieron arriesgarse en tierra de gauchos, asociados con caudillos temibles como el irlandés Pedro Campbell, lugarteniente de Artigas. Víctimas de su audacia estuvieron incluso en la cárcel.
En el interior encontraron escasa disposición para consumir productos británicos, no sólo por parte de los paisanos comunes sino también de los estancieros ricos, como Francisco de Candioti, “el príncipe de los gauchos”, a quien conocieron en su casa de Santa Fe; vestía ropa fina del país, encajes paraguayos, lana de vicuña andina, bota de potro.
Paulatinamente estos mercaderes se las ingeniaron para importar algodones baratos a cambio de cueros cuyo valor aumentó después de la Revolución. Hacia 1820 la industria inglesa estaba representada en el poncho usado por el paisano del Litoral, en la tela que lucía la “china” de las postas pampeanas y en la vajilla de loza de un hogar porteño.
Texto de: “La Argentina – Historia del país y de su gente” María Sáenz Quesada
