
Educar a sus hijos fue un problema que los primeros colonos de Aldea Beleiro intentaron solucionar de distintas maneras. La iniciativa privada por construir edificios escolares o brindar comodidades a los maestros ambulantes es un ejemplo de ese interés. Cuando aún no existía más población que las construcciones de Belisario Jara, ya había preocupación por el tema.
Las actas escolares registran que la primera escuela funcionó en un local cedido por Belisario Jara, que anteriormente había sido su casa comercial. Aunque no reunía las condiciones deseables, fue de gran utilidad porque no existía otro edificio disponible. Constaba de una dependencia grande y dos pequeñas. Como no había mobiliario escolar, los primeros pupitres y asientos fueron construidos con el mostrador y las estanterías del negocio. Unas tablas pintadas de blanco sirvieron de pizarrón y se escribía sobre ellas con ramas carbonizadas. Así comenzaron las primeras clases en la aldea. La construcción, cercana al sector conocido como La Laguna, todavía permanece en pie.
Esta escuela primitiva fue reemplazada por un edificio nuevo. Para ello, Rafael Beleiro cedió un lote fiscal que formaba parte de sus tierras ocupadas. La donación dio origen al nombre de Aldea Escolar, utilizado durante algunos años. El edificio fue construido por Belisario Jara y Rafael Beleiro con aporte económico del Consejo Nacional de Educación. Esta segunda fundación escolar comenzó a gestarse en 1922.
Según el libro de Actas, el nuevo edificio fue inaugurado el 22 de septiembre de 1922 bajo la dirección del maestro Máximo Fernández Coria. Esa fecha es considerada desde entonces como aniversario de fundación de Aldea Beleiro. Una vez más, la creación de una escuela se convertía en el origen de una población.
Contaba Rafael Beleiro que un día llegó hasta su casa un joven llamado Máximo Fernández Coria, enviado desde Buenos Aires para dar clases en la zona. Cuando Beleiro le explicó que hacía falta una escuela pero no había recursos para construirla, el maestro respondió que tenía órdenes y debía hacerlo, aunque tuviera que dar clases al lado de una mata. Recorrió la zona, reunió a los primeros seis alumnos y comenzó la tarea. El día de la inauguración ya había quince niños inscriptos y doce vecinos presentes. Rafael recordaba especialmente esa jornada porque fue cuando se izó por primera vez la bandera argentina en la localidad. Ese mismo día el maestro se casó y hubo una fiesta muy emotiva.
Cuando el edificio estuvo terminado, el 16 de mayo de 1926 se firmó el acta definitiva de donación entre los vecinos y representantes del Consejo Nacional de Educación, entre ellos Isaías Vera y Vicente Calderón. El documento detallaba las características del edificio, compuesto por dos amplios salones, tres habitaciones, galería, depósito y sanitarios, construido íntegramente en madera y zinc, con un costo de diez mil pesos moneda nacional.
Al día siguiente llegó a la aldea el inspector Vicente Calderón para recorrer las instalaciones. Su única observación fue la necesidad de hacer las clases más ilustradas e interesantes. Regresó en enero de 1927 y encontró veintiséis alumnos asistiendo regularmente. Ese año el invierno fue muy duro y en abril apenas concurrían cinco niños, aunque los informes destacaban un marcado adelanto en el aprendizaje. Hacia fin de año recomendó constituir una Sociedad Cooperadora para proveer ropa, calzado y alimentación a los alumnos.
Una resolución del Consejo Nacional de Educación clasificaba al establecimiento dentro de la categoría “B”. En 1927 ingresó como maestro Leónidas Quiroga, mientras Coria continuaba como director. Aunque el radio reglamentario era de cinco kilómetros, muchos alumnos llegaban a caballo desde distancias mucho mayores.
En 1928 la escuela contaba con veinticinco alumnos distribuidos en los distintos grados. Ese año se plantaron sauces y álamos al frente del edificio, se cercó un espacio para huerta escolar y trabajos experimentales de agricultura. También se recibieron útiles, un escudo y libros como Pininos, Senda Florida y Perseverancia.
A los alumnos se les enseñaba además el valor del ahorro. Para ello se tramitaron varias libretas de ahorro postal. Ese invierno la escuela estaba mejor preparada para afrontar la pobreza y el frío gracias a la cooperadora escolar, presidida por Amador Fuenzálida, con Rafael Beleiro como secretario, Amadeo Arévalo como tesorero y Martín M. Martinetti como vocal.
Fragmento del libro “Aldea Beleiro, historia de un pequeño pueblo de frontera”, de Ernesto Maggiori
