En una canción escrita por el cantautor Alejandro Jones aparece la historia de una pequeña niña que cruza desde Chile hacia la Patagonia argentina por el paso de Lago Puelo. Entre las cosas que lleva consigo hay una muñeca. La carga durante parte del camino hasta que el cansancio puede más y debe dejarla atrás.
La niña sigue sin su muñeca.
La escena parece pequeña frente a la inmensidad de la cordillera, pero detrás de ella asoma una experiencia compartida por muchas familias que alguna vez hicieron ese recorrido: caminar, cargar lo que se podía, dejar algo atrás y continuar.
Durante generaciones, hombres, mujeres y niños atravesaron la cordillera en distintas direcciones. Algunos buscaban trabajo. Otros seguían a familiares que habían partido antes. Hubo quienes se establecieron definitivamente y quienes, tiempo después, volvieron a cruzar.
Por eso, cuando hablamos de la presencia chilena en Trevelin, quizás resulte insuficiente pensar solamente en términos de inmigración. La historia de este territorio fue construida también a partir del movimiento, del encuentro y de una frontera que separaba administrativamente dos países, pero que difícilmente podía separar la vida de quienes habitaban la cordillera.
La presencia de familias chilenas en el Valle 16 de Octubre se remonta a los primeros tiempos de conformación de estas comunidades.
Las investigaciones sobre la historia fronteriza muestran movimientos en ambas direcciones. Familias campesinas provenientes de Chile llegaron y se establecieron de este lado de los Andes, mientras algunas volvieron posteriormente hacia territorio chileno y participaron del poblamiento de Futaleufú.
Así fueron conformándose comunidades que, aunque pertenecían a dos países diferentes, mantuvieron relaciones familiares, laborales, comerciales y sociales constantes.
Trevelin y Futaleufú crecieron mirándose.
Durante buena parte del siglo XX, para muchos pobladores de Futaleufú, Trevelin fue un lugar de abastecimiento. Se cruzaba para conseguir alimentos, vestimenta y otros elementos necesarios para la vida cotidiana. Desde Chile llegaban también productos y madera. El intercambio formaba parte de una economía cordillerana construida sobre la necesidad, pero también sobre el conocimiento y la confianza entre vecinos.
Sobre el Río Grande, en proximidades del actual Paso Internacional Futaleufú, una balsa permitió durante años comunicar ambas márgenes.
Las fotografías que todavía se conservan parecen sencillas: una estructura sobre el agua, personas, animales, incluso un automóvil y, detrás, el paisaje cordillerano. Pero por allí pasó una parte de nuestra historia.
La utilizaban pobladores de Trevelin y Futaleufú. Se trasladaban personas, víveres y mercaderías. Se cruzaba para trabajar, visitar familiares o realizar trámites. Desde el lado chileno también llegaban personas que necesitaban atenderse con un médico de este lado de la frontera.
Los recuerdos de quienes conocieron aquellos viajes conservan detalles que difícilmente aparezcan en un documento: cuando había viento, entraba agua en la balsa.
Sin embargo, se cruzaba.
En 1931, durante uno de los primeros viajes documentados en automóvil entre Trevelin y Futaleufú, hasta los vehículos debieron atravesar el Río Grande sobre aquella balsa para poder continuar.
Hoy podemos recorrer esa distancia de otra manera. Hay rutas, un puente y un paso fronterizo organizado. Pero mirar aquellas fotografías permite dimensionar cuánto esfuerzo cotidiano hubo detrás de algo que actualmente puede parecernos sencillo.
Aunque también sería injusto recordar esos cruces solamente desde la dificultad, porque no siempre se atravesaba la frontera por necesidad. También se cruzaba para bailar, del otro lado había una fiesta.
Durante aquellos años, muchos jóvenes de Trevelin viajaban a Chile para participar de bailes y fiestas.
Quienes recuerdan esos encuentros hablan de fiestas familiares, alegres y divertidas. De música, conversaciones y noches compartidas entre personas que probablemente no pensaban demasiado en conceptos como integración cultural o identidad fronteriza.
Simplemente estaban juntos.
Y posiblemente sea allí, en esas pequeñas escenas de la vida cotidiana, donde mejor pueda comprenderse lo que significó históricamente esta relación.
Porque por la frontera no circularon solamente mercaderías.
Circularon canciones.
Circularon comidas.
Circularon palabras y maneras de hablar.
Circularon amistades, noviazgos y familias.
Circularon formas de trabajar, de celebrar y de encontrarse.
Cada persona que atravesaba la cordillera llevaba consigo algo de su lugar de origen y, al mismo tiempo, regresaba transformada por aquello que encontraba del otro lado. Las culturas también viajan de esa manera.
No necesitan documentos ni puestos fronterizos. Se trasladan en una receta, en una canción aprendida durante una fiesta, en una palabra incorporada al lenguaje cotidiano, en una familia formada por personas nacidas a uno y otro lado de los Andes.

