Lecturas del fin de semana: «San Martín y la orden: Puerta a puerta»

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Pegado al jardín botánico porteño, en las calles Santa Fe y Malabia, Barrio de Palermo, existió un terreno que todos conocían como el polvorín de Cueli. Frente a ese lugar con tan poca densidad de población y distante del centro de la ciudad se organizó un baile el 9 de junio de 1812.

La zona fue llenándose de caballos, el medio de transporte ideal para asistir a la fiesta. Temprano comenzó el bailongo. Dos Oficiales del Regimiento de Granaderos –José María Rivera y Vicente Marmol (quien ingresó al Cuerpo pocas semanas después de San Lorenzo)- se hallaban oteando los rincones del rancho y exhibiendo sus respetables uniformes ante las señoritas con naturales intenciones de conquista. Eran Alférez, es decir, integrantes del pequeño grupo de jovencísimos Oficiales preferidos por San Martín, junto a Pacheco, Lavalle y Escalada.

Apareció en el baile Bruno Arroyo, un Teniente del tercio cívico, la fuerza encargada de defender la campaña. A diferencia de los Granaderos, los Cívicos no tenían un uniforme, sino que usaban a penas una chaqueta militar, similar a la de los soldados. En este caso, llevaba una insignia en uno de los hombros, pero es posible que no se advirtiera a simple vista que se trataba de un Oficial.

Arroyo ingresó con dos mantas en sus brazos. ¿Qué hacía con esas mantas? Por un lado, teniendo en cuenta la época del año y lo descampado que era Palermo en aquel tiempo, las mantas le servirían para abrigarse en la cabalgata de regreso durante la madrugada. Pero además podía suceder que terminara durmiendo en algún yuyal cercano a la fiesta (solo o acompañado pero abrigado). no era extraño llegar a un baile con una manta, aunque dos podían llamar la atención. Por otra parte, nadie dejaba estos abrigos en su caballo porque seguro desaparecían.

Los Granaderos vieron al hombre entrar al rancho y continuaron atendiendo a la población femenina. De pronto se apersonaron dos paisanos agitados que anunciaron haber sido asaltados por dos soldados del tercio cívico en las cercanías de la casa. Rivera y Mármol se lanzaron encima del sujeto de las colchas, el pobre Arroyo, y lo prendieron. Fue inútil que el hombre les aclarara que era oficial y que debían respetar su jerarquía: lo ataron en el medio del baile, marcándolo como principal sospechoso del robo.

El alboroto provocó la dispersión de los bailarines. Se acabó la fiesta y hasta los Alféreces desaparecieron de la escena. Los Granaderos no le creían a Arroyo que era Oficial, pero un testigo dijo que lo conocía y certificó que era Teniente. Fue liberado.

Al día siguiente, trece Oficiales de los Cívicos entregaron una carta a las autoridades, quejándose del atropello y de la constante arrogancia de los granaderos en las reuniones sociales. En cuanto se enteró San Martín, mandó a llamar a sus hombres para que le explicaran lo ocurrido. Entendió las razones por las cuales ellos actuaron de esa manera pero les reclamó por la manera ruda que tuvieron “por una simple sospecha” con el hombre que, según pudo establecerse, no había tenido nada que ver con el robo.

En Libertador convocó a Bruno Arroyo, a quien plantó delante de Mármol y Rivera. Le preguntó que satisfacción pretendía ya que se la daría. Arroyo no supo que decir. Por lo tanto San Martín ideó la disculpa.

Ordenó a los Alféreces que fueran al rancho de la zona del polvorín y que obtuvieran una lista completa de los invitados al baile e indicaciones de los respectivos domicilios. Luego debían recorrer todas las casas para leer a los invitados una carta, redactada por Arroyo, en donde aclaraban que cometieron un grueso error en la noche de la fiesta y que el Oficial de los Cívicos no era ningún ladrón, sino una persona por demás honorable.

Tres días -19, 20 y 21 de junio- ocuparon los dos Granaderos en explicar puerta a puerta el error que habían cometido.

Parrafos extraídos del libro Historias de Corceles y de Acero – Daniel Balmaceda

 



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