Lecturas para el fin de semana: «El carbonero»

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Justa Molina tenía 7 años en 1875 cuando llego desde Gualeguaychu a Buenos Aires. La temprana muerte de sus padres hizo que sus tíos optaran por enviarla a la gran ciudad y evitar todo tipo de responsabilidades. La pequeña fue empleada en una fonda del barrio de la Boca. Al cumplir los 15, la morocha se enamoró de un joven inmigrante italiano – Manuel Chinchella- que trabajaba en el puerto y almorzaba en el negocio que ella atendía: se casaron luego de un corto noviazgo. Unieron sus esfuerzos para forjar un destino. Instalaron un almacén con carbonería, fundamental en tiempos en que las cocinas funcionaban a carbón. Les iba muy bien, salvo por el hecho de que el matrimonio no era bendecido con la llegada de un hijo.

La segunda parte de esta historia nos lleva al 20 de marzo de 1890. Esa noche fue abandonado en uno de los orfanatos de la ciudad, situado en la avenida Montes de Oca, un pequeño que, según calcularon las señoras que atendían a las criaturas, tendría diez días de vida. Un cartel entre su ropa informaba que se llamaba Benito Juan Martin. Para registrarlo en la entidad, el tercero de sus nombres paso a ser su apellido.

Los primeros seis años de su vida, el pequeño Benito Martin los pasó en el orfanato. Con la llegada de los siete y, si bien conservaba el beneficio del alojamiento, debía salir y procurarse un trabajo. Como la mayoría de los chicos, Benito Martin iba al puerto de la Boca y se ofrecía para changas. Por su flacura, los amigos lo apodaron “Mosquito”.

Justa Molina conto alguna vez: “vivía contenta con mi Manuel, pero no éramos felices. Nos faltaba un hijo”.

De todos los chiquillos que andaban por el puerto, era unos de los rostro inteligente el que nos interesaba, nos seducía”. Se refería a Benito, el mosquito. Manuel se acercó al niño y le pregunto: “Queres venir a trabajar a mi negocio?”. Benito Juan Martin acepto. “Lo inscribimos en el registro civil como hijo nuestro”, acotó Justa una nota periodística realizada muchos años después.

En su nuevo hogar, el niño tomo trozos de carbón para dibujar algún paisaje o retrato. Tenía talento, a los quince años era contratado por vecinos que posaban para ser retratados. Les cobraba cinco pesos. Pero si los vecinos se quejaban por que no se veían parecidos, instado por la madre les devolvía la plata.

Por supuesto dejo de ser Benito Martin, ya que a su “apellido” le agrego el de su padre adoptivo. Y se convirtió en Benito Chinchella Martin. En 1920 paso a firmar Quinquela Martin, como todos lo conocemos.

 

Fragmento del libro “Historias insólitas de la historia Argentina”, de Daniel Balmaceda

 

 

 

 



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