sábado, 20 de julio de 2024

A Carlos Gardel le gustaba presenciarlo cuando se daba la ocasión, pues a sus compromisos artísticos se le sumaba el turf de los domingos. Su amigo de la infancia y vecino de barrio fue el luego hombre de teatro, Edmundo Guibourg, que nos cuenta sobre el tema:

«Gardel estaba en España cuando, en 1928, en viaje hacia Amsterdam, llegó la delegación argentina que iba a los Juegos Olímpicos. Carlos, entonces, no se separó un instante de los futbolistas. Tanto, que siguió con ellos a París y ya tenía reservados los pasajes a la sede de los juegos, cuando imprevistamente, debió viajar a Italia. En España, me consta, fue muy amigo de José Samitier (El mago). También del arquero Ricardo Zamora (El divino) y de casi todos los jugadores del Barcelona.

«Los españoles lo querían de verdad. Y, cuando en 1931 viajaron a Londres para un histórico partido con los ingleses, Carlos que estaba en París, decidió ir a verlos. Yo fui con él. Con nosotros viajaron Pierotti y Duggan, propietario de caballos de carrera. Íbamos a salir en avión pero Carlos se opuso. No quería. A veces pienso que fue una premonición y entonces me arrepiento de haber sido yo quien lo presentó a Alfredo Le Pera, porque fue justamente él quien le sacó esa aprensión.

«Cuando el equipo de Barcelona llegó a París, en camino ya hacia un partido decisivo con los ingleses, Carlitos fue a verlos. No les podía fallar a Samitier y Zamora, con quienes ya había compartido una casi sangrienta final con el Real Madrid, cantándoles mientras se reponían de golpes y machucones (se conoce una fotografía con Gardel sentado en una silla, Samitier vendado en cabeza y cuello en una cama de hospital y otro jugador en otro extremo vendado en la cabeza).

«Así fuimos a Londres, él se consideraba una mascota del Barcelona, pero la cosa no anduvo bien. Tomamos un taxi para ir al estadio, íbamos cerca de unos ómnibus que llevaban aficionados, nosotros al ver que esos hinchas se bajaban, hicimos lo mismo. Pero debimos caminar más de 15 cuadras para llegar a la cancha. La parada era la estación terminal de los ómnibus, no la cancha. Después pasó un desastre parecido. Mientras caminábamos ese kilómetro y medio de regreso Gardel me decía: «Pero que goles sonsos hicieron esos yonis… ¡Y nada menos que 7 a 0, sólo voy a volver a Londres cuando juegue un cuadrito de los nuestros».

«De chico el fútbol le gustaba y seguro jugó en el hueco (antiguamente el nombre que se daba a los terrenos baldíos) del orfelinato. Ya grande fue amigo de jugadores como Tarasconi, Mario Evaristo, Orsi…»

José Samitier (1902-1972), jugó desde 1919 hasta 1936, siempre en el Barcelona, pero en el final de su carrera jugó dos años en el Real Madrid. Una calle de su ciudad lleva su nombre.

El periodista Justo Piernes escribió al respecto:

«El día anterior al accidente fue domingo. Día muy frío con sólo 2 grados 6 décimas de temperatura, lo cual no impidió que hubiera carreras, ni tampoco fútbol. Jugaron River y Racing que empataron uno a uno. El primer gol lo hizo River por intermedio de Peucelle. Según la crónica fue un encuentro de gran movilidad y de jugadas vistosas.

«En otros partidos se destacó Independiente con un gol de Orsi y tres marcados por el paraguayo Arsenio Erico.

«Y Racing era el equipo por el que simpatizaba Gardel, como la mayoría de la juventud de entonces, ya que representaba a comienzos del siglo veinte la argentinización del fútbol, después de la hegemonía de los gringos del Alumni. Aparte del color de la casaca, sus jugadores eran los argentinos hijos de los inmigrantes italianos y españoles.

«Pero no existe mucho fútbol en la profusa bibliografía sobre Gardel. No era uno de sus temas predilectos como lo fueron las carreras de caballos. Escarbando, llegamos a que la llama racinguista de Gardel se inflamó en 1917, cuando surgió aquel equipo histórico que mereció el apodo de Academia. El jugador Natalio Perinetti, el último en fallecer de aquellos muchachos aseguró que Gardel estuvo en el vestuario para felicitarlos cuando salió campeón. Desde ese momento tuvo amistad con él lo mismo que con otro crack, Pedro Ochoa. Un impedimento fundamental para no seguir con continuidad el fútbol, fue que los domingos había carreras.

«También Gardel quedó ligado al primer campeonato mundial disputado en 1930, en Montevideo. En la final, Uruguay le ganó a la Argentina 4 a 2. Dos días antes de disputarse la misma, se apareció a la hora de la cena en la concentración del hotel Barra de Santa Lucía. Allí cantó para el plantel hasta la medianoche, pues tenía franco en el Teatro Artigas donde actuaba diariamente. Así recordó este hecho Carlos Peucelle».

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