jueves, 22 de febrero de 2024

Era el 7 de diciembre de 1817. La Fragata “La Argentina”, se hallaba flotando quedamente en el Estrecho de Maccassar, cerca de las Filipinas. Su comandante, era el Capitán de Navío, Don Hipólito Bouchard.

Si, el mismísimo francés, nacionalizado argentino, que con el grado de Alférez, combatió en San Lorenzo, capturando la bandera realista, vistiendo el Uniforme de Granadero a Caballo.

El barco argentino, se hallaba inmóvil, en una de esas calmas sin viento, conocidas como “calma chicha”. Situación que no era muy conveniente, ya que la zona era frecuentada por feroces piratas malayos.

El inmortal Emilio Salgari, los describe así en su famoso “Los Tigres de Mompracen”:

“… Había malayos de estatura más bien baja, ágiles y vigorosos como simios, de rostro huesudo y cuadrado, de oscuro color, famosos por sus audacias y por su ferocidad; batias, de tez aún más oscura, conocidos por la pasión que sentían por la carne humana; dayakis de la isla de Borneo, de alta estatura y hermosos rasgos, célebres por sus estragos, que les valían el nombre de ‘cortadores de cabezas’; siameses de rostro romboidal y con ojos de reflejos amarillentos; conchinchinenses, de tez amarilla y cabeza adornada con una desmesurada coleta; y, luego, indios, bughineses, javaneses, tagalos de las Filipinas y negritos de enormes cabezas y rasgos abultados… ”

Una semana antes, un buque mercante portugués había sido atacado por estos piratas, y toda su tripulación asesinada.

Pronto, uno de los vigías del palo mayor de la fragata, dio la alarma. Se acercaban cinco “prahos”, naves ligeras, de una sola vela y remos, que los piratas sabían utilizar en sus fechorías.

Inmediatamente Bouchard dio la orden de zafarrancho de combate, y “La Argentina”, se apresto para la lucha.

Las naves piratas, enarbolando la bandera negra con la calavera y las tibias, rodean al buque argentino, y se lanzan al abordaje.

En el palo mayor de la Fragata, ondea la celeste y blanca.

No se pide ni se da cuartel. La lucha es sangrienta, a sable y cuchillo. Luego de un rato de encarnizada lucha, cuatro de los cinco prahos, emprenden la retirada, lamiéndose las heridas. Los hombres de Bouchard contraatacan y toman al abordaje al barco pirata que quedaba. Sabiendo que si eran capturados, sufrirían inexorablemente la muerte, el Jefe de los piratas prefiere la muerte por suicidio: se apuñala el pecho un par de veces, y se arroja al mar. Otros marinos lo imitan.

Pronto la lucha termina. Es un triunfo para Bouchard y sus hombres. Han derrotado y escarmentado a aquellos asesinos de los mares.

Cuarenta y dos prisioneros están en poder de Bouchard. La Oficialidad del Buque Argentino, se reúne para analizar que se hará con ellos. Y sólo existe una opción. Según las leyes del mar, los piratas deben ser ejecutados.

Se separa a los más jóvenes, una veintena, y se los suma a la tripulación de la Fragata. Y al resto de los piratas se los devuelve a su barco, al cual se le han derribado los mástiles, se los ata con sogas a la cubierta, y “La Argentina” hace fuego con sus cañones, enviando a las profundidades al barco pirata y su carga de asesinos.

Así, ese pedacito de territorio nacional flotante, ha hecho cumplir, en el lejano Mar de las Filipinas, con la dura ley del mar.

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