Lecturas para el fin de semana: «Tango endiablado»

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El Parque 3 de febrero se impuso como el gran jardín de Buenos Aires y era el escenario de las caminatas por la tarde. Luego se sumaron los paseos matinales en carruaje, con gran beneficio para las cocherías que los alquilaban. Más adelante llegaron los recorridos en automóvil. Las cabalgatas y la caza del zorro fueron prácticas habituales. Así mismo debemos agregar los espacios para tomar café, chocolate o algún refresco, entre los que se contaban el Pabellón de los Lagos, el Tambito y el Restaurante de Hansen. Pero antes de proseguir con este clásico de aquellos años, debemos aclarar un asunto, el de las horas complicadas.

Palermo tenía dos caras. De día era un paseo encantador, a la altura de las grandes extensiones verdes de esparcimiento del mudo. En el ocaso se desvanecía su atractivo familiar y se transformaba hasta convertirse en una aventura peligrosa. El que deseaba amorío breve, encontraba. El que buscaba pelea, también. Las noches de Palermo eran bravas.

A los negocios gastronómicos que fueron adaptándose a la dualidad de tan dispares asistentes, y eran concurridos centros de diversión nocturna debemos sumar el almacén de Piazza (actual Oro y Libertador), elegido por los que trabajaban en los studs del hipódromo y poco recomendable para aquellos que querían parecer guapos sin serlo. Allí, en lo de Piazza, un joven soldado del regimiento de Ingenieros hizo gala de su dote de bailarín una noche de diciembre de 1896 y más tarde apareció tendido, boca abajo, muerto de una puñalada profunda a menos de cien metros del boliche. Una paciente investigación policial pudo reconstruir las últimas horas y establecer que se había enfrascado en una pelea con un empleado del studs de Saturnino Unzué que lo hirió de muerte.

Con un estilo menos rustico, figuraba el citado restaurante de Johan Hansen, situado en las cercanías del hoy popular planetario. El Hansen se inició en 1869 en una precaria edificación propiedad del mencionado inmigrante alemán, pero luego de que se inauguraba el Parque 3 de Febrero el Gobierno instó a su dueño a liberar el paso en la Avenida de las Palmeras (también llamada Sarmiento). Entonces, se mudó a una casa aledaña donde funcionó hasta su demolición. El emprendedor murió en 1892 y otros dueños tomaron el timón del establecimiento. El más recordado fue Anselmo Tarana, quien atendió el “Restaurante Recreo Palermo – Antiguo Hansen” durante cinco años. Las familias consumían alimentos y bebidas en el amplio patio de baldosas blancas y negras, bajo las pérgolas, envueltos en el aroma que desprendían las grisinas y madres selva que adornaban el sitio. También llegaban visitantes que querían saborear una cerveza en alguna de las mesas exteriores de mármol rectangulares con basamento de hierro, imposibles de mover debido a su peso. Contemplaban el cuadro unas sencillas glorietas con sus barandas y rejas pintadas de verde. Pero, como ya sabemos, la noche tenía otro público, donde se entremezclaban malevos y jóvenes de clase acomodada.

Una evocación de Felipe Amadeo Lastra (tenía 17 años en el 1900) menciona varios del grupo social elevado, entre los que rescatamos a: “Pajarito” Argerich, “Perico” Costa, el “Hipopótamo” Brizuela, el “Loro” Vélez Sarsfield, el “Tigre” Ramírez, el “Burro” Rolón, el “Yacaré” Reyes y la “Elefantita” Oromi. Además de los caballeros con apodo de la fauna, estaban “Tartaria” Barrenechea, los elegantes “Pifete” y “Baulito” Villanueva, “Pimpollo” Sastre, “Vidalita” Argerich (hermano de Pajarito) y “Orkeke” Olivera.

Solían armarse grescas que terminaban en tiros y puñaladas. Se tocaba tango pero no se bailaba porque estaba prohibido, aún así, nunca faltaba el que se animaba algunas vueltas de baile afuera, en la glorieta.

El compositor Ángel Villoldo, creador de la música de El Choclo, estrenó el tango “El Esquinazo” en el Hansen. Aclaremos que en lunfardo, “pegar o dar el esquinazo” es abandonar de manera abrupta, huir, escapar. Figuradamente, describe a una persona que en la calle se escurre de quien la sigue, y al doblar la esquina, lejos de la vista del perseguidor, huye velozmente.

Cada noche, cuando se tocaba esta canción, los asistentes marcaban el ritmo con las palmas. El entusiasmo iba en aumento y a los aplausos se sumaba un leve golpeteo del “¡ta tá ta!” sobre las mesas. Tan leve que pedía más, y luego deriven taconeos con fuerza contra el suelo. El público aumentaba la temperatura con este tema y exigían bises, llegando a tocarse siete veces en una misma noche. El acompañamiento rítmico y el espontáneo del “endiablado tango” –así lo definió Pintin Castellanos, compositor uruguayo-, creció hasta convertirse en golpes de vasos, copas y hasta sillas que volaban indiscriminadamente por el local. Tarana, el dueño, cansado de tantos destrozos, hizo poner un cartel que decía: “Terminantemente prohibida la ejecución del tango El Esquinazo; se ruega prudencia en tal sentido”. El mensaje iba dirigido más que a los músicos al público que reclamaba que tocaran ese tema.

Debido al descontrol, la popular canción abandonó de manera abrupta el Hansen –es decir, “pegó el esquinazo”- y tuvo que buscar otro rumbo.

Párrafos extraídos del libro: “Historias de la Belle Èpoque Argentina” – Daniel Balmaceda

 



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