La muerte es siempre una donación, un regalo de una comunidad a otra, de la comunidad de los seres vivos a la de los seres “muertos”.
En los funerales mapuches se colocan también las ollas de comida en hileras, cántaros enormes de comida y bebida, recordando hasta hoy lo que ocurría en los tiempos de los antiguos mapuches. Es una Ceremonia que expresa una gran solidaridad entre los miembros de las comunidades vecinas y los parientes, y que a la vez prepara los equilibrios entre la gente que se queda del lado de acá de la vida y la que se ha ido al lado de allá. Los mapuches traen ollas de comida al funeral. Cada familia las va poniendo, contienen cazuela, locros, sopaipillas, en fin, diferentes comidas. Se va formando una fila que empieza en el ataúd del hombre o de la mujer que ha muerto.
El werkén (persona a cargo de dar las órdenes a nombre del dueño de casa que en esta ocasión está de duelo), situado a la entrada de la ruca, o lugar del velatorio, va contando, en lengua mapuche, las ollas que llegan profiriendo grandes gritos de admiración sobre todo si son muchas y la hilera se agranda hasta salir del recinto. La serie de ollas es presentada a la gente que ha pasado a la otra orilla y es observada en silencio también por quienes están “de este lado”. Luego se destapan y comienza el “banquete funerario” que puede durar varios días. Los relatos de cronistas son coincidentes con estas costumbres que aún perduran en las actuales comunidades mapuches.
Fragmento del libro “Historia de los antiguos mapuches del sur”, del escritor chileno José Bengoa.

