Cumplida la expedición al desierto de Rosas en 1833, quedaron dentro del territorio argentino los indios borogas, cuyo jefe principal era el cacique Martín Rondeau, asentados en la región de Guaminí; los pampas o puelches de Catriel (el viejo) y Cachul en la zona de Carhué; y los ranqueles de los cañaverales del norte donde el contemporizador Payné había sustituido al terrible Yanquetruz.
Rosas imposibilitó los grandes malones al ocupar el camino de los chilenos (a través de los valles del Colorado y el Negro) con fortificaciones avanzadas, y concluir tratados de paz con borogas, pampas y ranqueles: los caciques se obligaban personalmente por las depredaciones de sus tribus más allá de la línea de fronteras, y el gobierno los subvencionaba con prestaciones anuales de vacas, yeguas, azúcar, tabaco y aguardiente. Los cautivos cristianos en poder de los indios debían ser devueltos.
Una disposición curiosa de los tratados era que los indios se obligaban a recibir la vacuna al tiempo de entregársele las “prestaciones”. Muchos años después el cacique Pincén recordaría: “Juan Manuel muy bueno, pero muy loco; nos regalaba potrancas pero un gringo nos debía tajear el brazo, según él era un gualicho grande contra la viruela. Y algo de cierto debió haber porque no hubo más viruela por entonces”.
El cacique Rondeau fue remiso en el cumplimiento de los tratados, y Rosas invitó o facilitó al poderoso gulmen chileno Calfucurá (“Piedra Azul”) que viniese desde sus tierras de Llona a sustituirlo. Con doscientos guerreros de cortejo llegó Calfucurá a la toldería de Massallé donde estaban Rondeau y sus principales caciques Melin, Venancio, Alun, Calfuquirque. Venía al parecer pacíficamente, con regalos para los borogas y propuestas de alianza para vencer a los cristianos. Hubo fiestas y libaciones. A la madrugada Calfucurá lanceó a sus anfitriones dormidos; proclamó enseguida al pueblo borogano que “Dios lo mandaba a gobernar la Pampa”. Empezaba el largo reinado de Piedra Azul (8 de setiembre de 1834).
Nacido en Llona (Chile) en fecha que jamás se pudo precisar, Calfucurá, de familia real araucana, tendría más de 60 años cuando emigró a la Pampa puesto que algunos de sus hijos pasaban de 40. Provenía de la ilustre estirpe de los Curá (“Piedras”), soberanos en el Mapú (“la tierra” por antonomasia), corazón de los dominios araucanos. Lo que explicaría la facilidad como fue admitido de gran gulmen (“monarca superior”) por los pueblos del oeste.
Era un guerrero, pero también un político. Después de la masacre se mostró clemente con los sobrevivientes borogas y mandó embajadas a los pampas, picunches (“gentes de los pinares” habitantes de Neuquén) y ranqueles diciendo que “había sido elegido por Dios Todopoderoso para reemplazar a los perjuros Rondeau y sus hermanos, y había desempeñado su misión con toda felicidad, con lo cual probaba que era obra de Dios. Que quería la paz con sus hermanos indios, pues su misión era unir a la gran familia araucana en un vasto e invencible imperio”. No sin resistencia de los pampas (Catriel, Cachul, Collinao), que dejaron sus tolderías de Carhué para instalarse en Azul, el primero, y Tapal los otros, bajo la protección de Rosas, consiguió que los ranqueles, picunches y el resto de los borogas lo aceptasen.
Calfucurá mandó a Rosas una brillante embajada presidida por su hijo Namuncurá (“Garrón de Piedra”) devolviendo los cautivos cristianos que Rondeau había retenido y haciéndole regalos de tejidos, armas y caballos araucanos. Rosas alojó la embajada en la estancia del Pino devolviendo los regalos con largueza.
Namuncurá tenía instrucciones de concluir un tratado, que se concretó mano a mano con Rosas en el Pino.
Calfucurá reconocido como Gran Gulmen de la Pampa se comprometía por la palabra de su hijo a impedir los malones; si no pudiera hacerlo, daría aviso a las autoridades fronterizas. Sería representante único del gobierno distribuyendo las “prestaciones” a su criterio entre todas las demás tribus; se reconocía “argentino”, con todos los suyos, y debía jurar obediencia a la bandera azul y blanca; usaría la divisa federal como funcionario del gobierno y tendría el grado de coronel con uso de uniforme.
El gobierno le mandaría a sus toldos de Salinas Grandes anualmente 1.500 yeguas, 500 vacas, bebidas, ropas, yerba, azúcar y tabaco para distribuir a todos los pueblos indios, haciéndose Calfucurá responsable de ello.
Fragmento del libro “Historia Argentina” de José María Rosa

