El 15 de mayo, el Escuadrón B ya estaba en la isla, ubicada a 4200 millas náuticas de Gran Bretaña y 3800 de las islas Malvinas. Era un dominio británico de 88 kilómetros cuadrados, aunque su base aérea de Wideawake permanecía bajo control de Estados Unidos desde 1962 por contrato de arriendo. Gran Bretaña volvió a utilizarla como soporte logístico, de inteligencia y escuchas satelitales para la guerra con Argentina. La base también tenía un polígono de tiro para el misil Sidewinder de los aviones Harrier para entrenamientos militares. SAS. Un oficial de enlace un
La Operación Plum Duff seguía con luz verde. Ya había despachado a sus soldados. El Escuadrón B lo vivía como un viaje de ida, una misión sin retorno. El lema del SAS era “el que se atreve gana”, pero también se necesitaba planificación e información confiable. No existía inteligencia previa sobre las fuerzas enemigas, no se conocía la exacta posición geográfica del objetivo, ni siquiera sabían si los pilotos del Super Étendard a los que debían matar dormían en la base. Solo contaban con fotos satelitales de precario valor para el reconocimiento y dos mapas del pueblo de Río Grande. Uno era un Atlas escolar de 1930 y otro, fechado en 1942, había sido creado por el Instituto Geográfico Militar argentino. Lo habían encontrado en la Universidad de Cambridge. Estaba archivado en una biblioteca desde 1947. Pero en ninguno estaba determinada la posición de la base.
Ese era todo el material reunido para aproximarse al blanco, explorarlo, detectar la ubicación de los aviones, los misiles y producir el ataque. Pero, si esta acción que debían ejecutar en soledad no resultaba posible, debían señalizar la pista con balizas para facilitar el aterrizaje de los dos aviones Hércules para la Operación Mikado. El plan de retirada era aún más incierto. Solo tenían la orden de escapar hacia Chile.
El Escuadrón B era un grupo hombres de 35 años en promedio. Legg era el menor de todos. Tendría a su cargo a una patrulla de siete hombres. Su segundo en el mando era un sargento que había sido su instructor en los cursos de selección. Otros dos sargentos habían formado parte de la Marina Real; dos habían servido en el Regimiento de Paracaidistas; otro provenía de un regimiento escocés, Gordon Highlander, y el último era veterano de la guerra de Dohfar.
En Ascensión les dieron la mochila de 36 kilos, una pis- tola Browning de 9 milímetros, explosivos, un fusil, proyectiles y raciones de comida a cada uno para cuatro días. Esa misma noche abordarían un avión Hércules C-130. La operación avanzaba. El gabinete de guerra, por el convencimiento que había demostrado De la Billière, la había aprobado. La Secretaría de Defensa había recomendado seguir adelante y Thatcher también. La falta de información y las dudas quedaban para el comando del SAS. Todavía no se sabía cómo llegarían a la base ni cómo saldrían de ella. Los detalles técnicos y tácticos se irían decidiendo de camino al objetivo. 20
Un golpe de confianza para la Operación Plum Duff lo produciría otro comando SAS, el Escuadrón D, como parte del plan de destrucción de la flota aérea argentina instalada en las islas, para facilitar el desembarco británico.
En la isla Borbón, al norte de Gran Malvina, en una estancia, se había creado la Base Calderón; alojaba helicópteros y aviones auxiliares, y otros que habían sido trasladados el 1º de mayo, luego del bombardeo a la Base Cóndor de Puerto Darwin. Calderón era una base provisional con una pista de aterrizaje corta, de no más de 700 metros, que solía convertirse en un lodazal por la inclemencia meteorológica. Estaba aislada, alejada del resto de las unidades, no tenía estación radar, y estaba protegida por treinta soldados conscriptos y de Infantería de Marina con un oficial a cargo. Se suponía que el enemigo no la había detectado.
Un comando de nueve hombres del Escuadrón D se acercó al objetivo el 11 de mayo. Los lanzaron a las aguas desde un helicóptero y remaron en kayak hacia la costa. Se posicionaron a seis kilómetros de la base y fueron avanzan- do hasta un morro, a 300 metros de la pista. Durante tres días observaron los movimientos. En la noche del 14 de mayo, otros dos helicópteros pusieron en tierra a cuarenta y cinco hombres del SAS, que irrumpieron con visores nocturnos en la pista. El destructor Glamorgan apoyó su incursión: empezó a bombardear a las 4:10 de la madrugada siguiente. El resplandor encegueció a la defensa argentina. En medio de la sorpresa y el hostigamiento naval, los comandos del SAS, con visores nocturnos, colocaron explosivos plásticos en las turbinas de la flota de aviones. Hubo combate durante cuatro horas. Los argentinos respondieron con armas automáticas, pero los comandos escaparon sin bajas en helicópteros. Cinco aviones Pucará, cuatro Beechcraft Turbo Mentor y un Skyvan fueron destruidos, y la pista quedó parcialmente inutilizada. Pocos días después, los Sea Harrier la volvieron a bombardear.
Esta acción de asalto, sobre la que también habían existido dudas iniciales, representaba la doctrina operativa del SAS. Aunque las diferencias seguían siendo sustanciales: a la base de Río Grande, además de los batallones de Infantería, también la custodiaban dos destructores, el Piedrabuena y el Bouchard, que fondeaban la costa luego del hundimiento del Belgrano. Las operaciones Pluff Dum y Mikado suponían una batalla más cruenta e incierta.
En Ascensión, antes de cruzar el hemisferio, Legg sostuvo una comunicación satelital con De la Billière. El brigadier le dio algunos detalles del lanzamiento al océano y le informó que probablemente volarían al continente con un Sea King. La posibilidad de que la operación se cancelara y que a él lo reasignaran para unirse al resto del Escuadrón del SAS con la Fuerza de Tareas se acababa en ese momento, pensó Legg. Sintió que ya no había forma de escapar. Hubiera preferido un submarino o una lancha rápida para llegar a la costa, en todo caso. El ruido del Sea King representaría un seguro boleto de ida. Le preguntó a De la Billière qué sucedería con el helicóptero después de que los dejara en tierra. Temía que, si quedaba visible, se intensificara la búsqueda de su patrulla. “Tenemos activos que eliminarán la evidencia. No es un tema de su incumbencia”, fue la respuesta exasperada del brigadier. No hubo más preguntas.
Fragmento del libro “La Guerra Invisible”, de Marcelo Larraquy

