Cuatro millas tierra adentro, el piloto del Sea King estaba perdiendo referencias visuales y sintió que en cualquier momento podría perder el control de la aeronave. Ya no veía el suelo. Decidió aterrizar en el pastizal. Afuera el aire estaba espeso por la niebla y adentro se advertía la tensión del grupo. El jefe del Escuadrón B se acercó a la cabina de la tripulación y se colocó entre los asientos. Le pidió a Alan Bennet que le mostrara las coordenadas del TANS. Según el sistema de navegación estaban a 19 millas terrestres de la base, cinco más arriba del plan original. Legg lo contrastó con el mapa que había dibujado. No confiaba en la posición del TANS. Suponía que estaban más al norte todavía. Desde que habían entrado al continente por la bahía San Sebastián, a 60 millas, no podrían haber cubierto semejante distancia volando en forma lenta y en tan poco tiempo. Bennet verificó el TANS y aseguró que estaban a 30 millas terrestres de la base. Era el área de la estancia La Sara, propiedad de la familia Braun Menéndez. No estaba marcada en la carta náutica, pero Legg la tenía en su mapa como vía de escape.
Si esto era cierto, la patrulla debía caminar 50 kilómeros. La marcha sería mucho más comprometida, sobre todo porque Legg percibía que habían sido detectados. Creyó ver unas luces a 200 o 300 metros, que, supuso, podrían ser de un auto. Sin embargo, en el mapa que le mostraba Hutchings no había ningún camino cercano. También vio un resplandor; podría ser una bengala iluminada en la niebla. Estaba convencido de que la operación había perdido sorpresa y podrían ser emboscados. A cada segundo sentía la inminencia de un ataque. No convenía estar más tiempo en el lugar. El suelo estaba cubierto de escarcha, el viento helado atravesaba el aire y la oscuridad era total.
Un miembro de la patrulla que había saltado a tierra pudo corroborarlo.
El piloto le insistió a Legg que la posición era la del plan de aterrizaje original. Para hacerlo más gráfico, Bennet trasladó el dedo desde las coordenadas del TANS hacia el pequeño mapa. Legg no podía apreciarlo en la oscuridad. Hutchings intentó convencerlo de que se quedara en tierra y ordenara el descenso del resto del comando. El Sea King se mantenía con los motores encendidos. Hutchings quería levantar vuelo e irse.
Legg miró las caras de sus subordinados, todos a la expectativa, esperando su decisión, en silencio. El soldado bajaba, subió al helicóptero. del SAS, al ver que el resto no Legg volvió a revisar su mapa. Dedujo que la marcha hacia la base les demandaría entre diez y doce horas. Caminarían a la luz del día en territorio enemigo, sin tener precisión de hacia dónde ir, sin saber dónde ocultarse. ¿Cuánto tiempo podrían estar sin ser atacados? Cualquier tipo de enfrentamiento expondría la inferioridad de sus fuerzas. O se rendían o morían en combate. No habría otras opciones, y las dos eran malas. Legg se sentía sacudido internamente. Trató de pensar en frío. Hasta que tomó la decisión de ir al segundo punto de desembarco. Desde esa posición, con mayor conocimiento del territorio, podrían marchar hacia la base. Tendrían mejores chances, se convenció. Legg le dijo a Hutchings que despegara. Era el capitán, tenía mayor graduación, la tripulación estaba a su cargo. La misión no se abortaba. Se iniciaba desde otro punto, le explicó.
El rastrillaje de los infantes de Marina con movimientos reticulados sobre cada metro de las estancias del norte y del sur de Río Grande continuaría. Exploraron cascos, galpones, hondanadas, recorrieron la Ruta 3 de sur a norte y de norte a sur, patrullaron el pueblo, la proximidad a la base, todos los círculos de la probable amenaza, cercana, mediana y lejana. En el búnker creían que se trataba de una patrulla que luego guiaría, con una radio baliza de guía satelital con VHF, el aterrizaje de aviones, que podía ser inminente. La patrulla podría acercarse hacia la base. ¿Se podía instalar un equipo de observación a 500 o 700 metros de la pista? Era una posibilidad, no la descartaban.
El Sea King despegó con vuelo bajo, pero enseguida tuvo que tomar más altura para salir de la niebla. El radar del Bouchard volvería a detectarlo. Y a poco de elevarse, el copiloto Bennet percibió una fuerte señal del radar de vigilancia AN/TPS 43 de la base de Río Grande, que tenía un rango de detección de 200 millas. Dio la alerta a Hutchings, Podrían ser impactados. El tercer miembro de la tripulación, Peter Imrie, tomó el balde con papeles plateados, el sistema de chaff y lo lanzó al aire. El segundo punto de desembarco ahora quedaba descartado. Volarían hacia Chile. Ya estaban a mucho más de 20 millas de la base. Superaban el alcance de la artillería controlada por radar. Hutchings confiaba en que observarían que la aeronave se alejaba y entonces la amenaza se reduciría. Ya estaban cruzando la frontera. El Sea King ascendió sobre la sierra de Carmen Sylva. Después Hutchings les dijo a los dos tripulantes que tiraran las armas sobre las aguas del estrecho de Magallanes para no aterrizar armados. Legg, en cambio, les ordenó a los suyos que no tiraran nada. Ellos debían continuar la misión. Hutchings le preguntó dónde quería descender. Todavía conservaba el mal humor por el cambio de planes. Legg decidió el aterrizaje en la playa de la bahía Inútil, que tenía acceso por tierra a la Argentina. No quería cruzar del otro lado del estrecho porque después sería más difícil regresar al este por el agua.
Cuando descendieron, Legg le ofreció a la tripulación sumarse a la marcha con el Escuadrón B. Hutchings no veía ninguna ventaja en quedarse con ellos. Desechó la oferta y recibió dos explosivos plásticos C para quemar el Sea King, aunque el plan original de Hutchings era hundirlo. Se desearon lo mejor.
El helicóptero despegó, cruzó el estrecho de Magallanes y llegó a la zona de Agua Fresca, al sur de Punta Arenas, Chile. Aterrizó en la laguna. Todavía no había amanecido. Los copilotos empezaron a golpear el fuselaje con el hacha para agujerear el Sea King e intentar hundirlo, pero continuó a flote. Hutchings despegó otra vez para salir del lugar, pero la falta de luz hizo que golpeara contra un médano y ya no pudo moverlo más. El Sea King quedó encallado. Quedaría allí. Le tiró nafta, dejó los explosivos plásticos adentro y se alejaron. Dos minutos después, el helicóptero estalló. Se fueron.
Ahora la patrulla del capitán Legg estaba a 35 millas de la frontera argentina, y luego de atravesarla les restarían otras 30 millas hasta la base de Río Grande. Un viento fuerte, con agua nieve, les cruzaba la cara. Eran las cinco de la mañana del 18 de mayo, quizá un poco más tarde. Aunque no tenían certeza de la ubicación, la tensión se había reducido. Ya no se encontraban en territorio enemigo. Legg estaba más aliviado. Se recostaron diez minutos en tierra y salieron a caminar. Pronto comenzaría a clarear.
Después de algunas horas, cuando cruzaban un bosque, uno de los soldados avisó que se sentía enfermo. Lo atribuía al tiempo de demora en el océano, a la espera del rescate. Le dolía la garganta y tenía el cuerpo afiebrado. Legg llamó a la base de Hereford con el teléfono satelital en busca de orientación. Le respondieron que necesitarían tiempo para resolver cómo sacarlos de ese lugar y reubicarlos. La patrulla no sabía cuál era su exacta posición geográfica. Se quedaron entre los arbustos, sin moverse por dos días, a la espera de que el enfermo mejorara con los medicamentos.
Legg ya empezaba a dudar de que pudiesen completar la misión. Por momentos pensaba que, cuando aterrizó en Argentina, debería haber marchado hacia la base. Ahora, en cambio, estaban mucho más seguros en medio de la nada, pero sin ninguna utilidad, mientras la guerra continuaba. Empezó a sentir una sensación de culpa por el probable fracaso. Después retomaron la marcha. Caminaron un día y otro, ya se notaba la falta de fuerza. Las raciones de comida escaseaban. Legg llamó otra vez a Hereford. En la base del SAS, al no tener más noticias de la patrulla, creyeron que habían sido capturados. Su interlocutor le hizo preguntas de seguridad: “¿Cómo se llama tu esposa?”, dijo. Después les avisaron que el Sea King había sido encontrado y que las tropas argentinas los estaban buscando. Legg pidió que les lanzaran comida desde el aire antes de que llegaran a la frontera El día de la destrucción del Sea King en Chile el almirante Fieldhouse presentó en el gabinete de guerra el plan de desembarco en las Malvinas. La Operación Sutton era inminente.
l menos siete patrullas del SAS y del SBS ya se habían infiltrado en las dos islas para reconocer las guarniciones, el despliegue de tropas, las trincheras, la infantería de línea. También habían planificado ocultarse en Puerto Argentino para un ataque comando, pero temieron que el fracaso de la operación se convirtiera en un estandarte de su propaganda bélica. Camuflados entre arbustos, los comandos transmitían breves mensajes en clave para no ser detectados por equipos de comunicaciones. Los pelotones del SBS lo hacían desde las costas.
Fragmento del libro “La Guerra Invisible”, de Marcelo Larraquy

