Las tripulaciones de los dos Hércules que trasladarían a los comandos al continente fueron invitadas a exponer en Northwood sobre las alternativas del plan de aterrizaje de la Operación Mikado, junto a la dirección del SAS. Eran los únicos Hércules de la Real Fuerza Aérea (RFA) que tenían capacidad de reabastecimiento en aire. El piloto Arthur “Max” Roberts y su navegante Harry Burgoyne acababan de entrenarse en marzo con escuadrones del SAS en la base de Laarbruch, en Alemania Occidental, con vuelos a baja altura, aterrizaje y simulación de ocupación del aeropuerto por parte de los soldados.
Cuando ingresaron a la sala de conferencias la tripulación de la RFA encontró en el suelo una maqueta que reproducía el pueblo patagónico con algunas edificaciones a modo de ilustración. En la sede del comando de la Fuerza de Tareas no se disponía de información sobre la base de Río Grande, imprescindible para la planificación. La inteligencia del SIS en la Argentina no la tenía. Tampoco el consulado británico que alguna vez había existido el sur argentino, ni la Marina Real, la Real Fuerza Aérea ni Estados Unidos. Nadie había reportado un informe sobre la base. No había conocimiento sobre la longitud de la pista, la ubicación de las luces, la fuerza y dirección de los vientos, el tipo de defensa, la cobertura radar que protegía el espacio aéreo, la cantidad de hombres que la defendían. Esta información militar no la tenía nadie.
Aun con este déficit, la tripulación del Hércules explicó que despegarían desde la isla Ascensión, se reabastecerían en vuelo y las últimas 200 millas las volarían a oscuras, a 50 pies, apenas 15 metros por encima del mar. Bordearían el este de las islas Malvinas e ingresarían a Río Grande desde el sur para ocultarse del radar, y luego virarían hacia el este para aterrizar en la pista. Un segundo avión imitaría la maniobra y se detendría 600 metros detrás. Dos vehículos Land Rover con ametralladoras pesadas y motocicletas bajarían de las rampas de cada una de las naves con dos comandos de treinta hombres cada uno, que desplegarían fuego durante doce minutos. Era el tiempo estipulado para la destrucción de los Super Étendard, los misiles y la vida de los pilotos. Luego regresarían a los aviones y partirían hacia Punta Arenas, Chile.
A algunos integrantes del Escuadrón B del SAS la Operación Mikado les pareció una fantasía carente de sensatez y profesionalismo. Muchos suboficiales creían que la operación se llevaría a cabo solo para “sostener el mito” del SAS, para mantener en alto su moral como escuadrón de combate, antes que por su sentido práctico. El comandante del Escuadrón B, John Moss, al que se le había asignado la conducción de cuarenta y cinco hombres para la misión, aceptaba que los Exocet tenían que ser destruidos, pero proponía la búsqueda de un camino que evitara el aterrizaje en la base militar. Se podría probar por tierra desde Chile, sugirió. Cuando Moss expresó dudas a De la Billière sobre el diseño de la Operación Mikado y conjeturó sobre la posibilidad de una irrupción por tierra, perdió su mando. De la Billière quedó consternado por su actitud, que juzgó tibia – una tibieza que socavaba el temperamento de su unidad, y lo relevó. En su lugar designó al mayor Ian Crooke, a quien consideraba más práctico y disciplinado a sus directivas.
Sin embargo, el hecho de que el nuevo líder no hubiera realizado ejercicios de entrenamiento con el Hércules no añadía mayor optimismo a los soldados que debían participar de la misión.
La Operación Mikado entró en estado de incertidumbre. Pero se avanzó con la misión que la antecedía, la Operación Plum Duff, que era la que debía realizar la inteligencia sobre la base aeronaval. De la Billière confió la conducción al capitán Andy Legg. Era el hombre elegido. Acababa de cumplir 28 años. Después de enrolarse en el Ejército, Legg había realizado un máster en Matemática aplicada en la Universidad de Reading, aunque su propósito siempre era integrarse al Regimiento de Paracaidistas, como paso previo a su ingreso al SAS. Un oficial de enlace universitario, en cambio, le recomendó unirse al Royal Hampshire, un regimiento militar local, para perfeccionar su formación. Legg tomó en cuenta el consejo, y aplicó en el curso de un año de entrenamiento en la Real Academia Militar de Sandhurst. En su momento también lo había realizado Winston Churchill. Al finalizar, alcanzó el grado de segundo teniente, con antigüedad anticipada por su máster universitario. Pero nunca abandonó su idea de ser miembro del SAS. En 1980, dos años más tarde de lo que había proyectado, superó las pruebas de selección y se integró al Escuadrón B del Regimiento 22.
Ya había servido en una operación en Omán, en las montañas de Dhofar, y también en la selva de Belice, colonia británica en América Central, y se disponía a viajar a Canadá cuando le encomendaron la jefatura de un comando que debía infiltrarse en el continente con la guerra iniciada. Legg había recibido la siguiente instrucción: “Esto será difícil, hágalo con firmeza, muévase lentamente y efectúe una buena observación de los alrededores antes de hacer algo. Realice la inteligencia a medida que avanza”, le recomendó su superior inmediato.
El capitán Legg pensaba que un acceso por Chile, con una exploración lenta hacia el objetivo, podría dar mejores resultados para elaborar un mapa de inteligencia que el ingreso por la costa a una distancia reducida del blanco. Además, desde Chile tendrían menores posibilidades de ser detectados. Pero su inquietud no encontró la atmósfera adecuada ni se abrieron posibilidades de discutir la viabilidad de la misión, como solía suceder. No había tiempo ni voluntad para generar cambios radicales en el diseño de la Operación Plum Duff.
Fragmento del libro “La Guerra Invisible”, de Marcelo Larraquy

