miércoles, 28 de enero de 2026

El weichan (la guerra) nuevamente se desató en diversos territorios de Gulumapu. Protagonistas de este levantamiento serían caciques y lonkos de todas las identidades territoriales. Según José Bengoa, esta fue la primera vez que “los muy descentralizados mapuche” se unieron en un solo gran Futa Malón (insurrección general).

Wenteche y nagche, pewenche y lafkenche, incluso puelche venidos del otro lado de los Andes, todos a estas alturas amenazados por igual en sus comarcas por el avance de los winkas.

Las opciones de ganar eran pocas. Superada la Guardia Nacional, los konas y weichafe se enfrentarían no a los batallones del 61, mal armados y peor entrenados. Tampoco a los del 68. Lo harían contra una eficiente máquina de guerra, un ejército profesional, bien equipado y con vías de transporte y comunicaciones expeditas.

Pero existía una mínima esperanza. Esta era una hipotética derrota chilena en la guerra del Pacífico. Ello, aventuraban los jefes rebeldes, gatillaría un drástico cambio en la correlación de fuerzas. Fue la apuesta del ejército mapuche y sus comandantes. Una apuesta, convengamos, desesperada. No había espacio de maniobra para otra cosa. Tampoco para medias tintas.

Sobrevivir implicaba ir al combate. Y a lo que fuera.

Lorenzo Colipi, nieto del célebre cacique aliado de los patriotas y amigo de Cornelio Saavedra, fue uno de los muchos que así lo creyeron. Tomó las armas y rompió con medio siglo de alianzas de su con Chile. También Luis Marileo Colipi, su hermano. Ambos liderarían los ataques en Purén, Lumaco, Los Sauces y Traiguén.

Fue precisamente en esta zona donde comenzó el Futa Malón. Aconteció en septiembre de 1880, cuando mil guerreros rodearon el poblado de Traiguén. También cortaron el telégrafo, aislando a sus moradores del resto del país. En Angol supusieron lo peor. También en Santiago.

Fue un golpe sorpresivo. Todos los habitantes del poblado debieron buscar refugio en el fuerte. Los weichafe quemaron casas, enfrentaron a los soldados y regresaron tierra adentro con un botín nada despreciable: al menos un centenar de animales, entre vacunos y caballos. El primer ataque había sido todo un éxito.

En los meses siguientes fuerzas mapuche atacaron las inmediaciones de Los Sauces, Angol, Collipulli y Curaco.

Eran acciones lideradas por los jefes de cada territorio, usando efectivas tácticas de guerra de guerrillas. Ya no había un mando unificado, ningún toqui carismático y de ancestral linaje resaltaría sobre el resto. Kilapán había muerto un par de años antes. Pudo ser Montri, su antiguo lugarteniente y compañero de viaje por Puelmapu. No lo fue. Viejo, derrotado y a sueldo del Gobierno, el otrora bravo cacique de Perquenco optó por declararse neutral.

Por ser los más cercanos a las guarniciones, los ataques fueron liderados por Marihual de Traiguén; Pichunleo del sur de Los Sauces; Huenchecal de Guadava; Epuleo, hermano de Kilapán, de Adencul; y Marileo Colipi de Purén. Este último avanzaría además sobre Lumaco.

Todos seguían a diario las noticias provenientes del frente de batalla en Perú. Cualquier embarque de tropas para el norte que ocurriera en Valparaíso o Antofagasta era conocido a los pocos días en la espesura de la selva mapuche. La noticia llegaba a Concepción y Angol por telégrafo y periódicos y ahí, atentos, espías de los lonkos la captaban e informaban tierra adentro.

Es muy probable que el mismo 17 de enero de 1881 los jefes se enteraran de que el pabellón chileno ya flameaba en mapuche el Palacio de los Virreyes de Lima. Y que uno de los oficiales que había comandado el primer cuerpo de ocupación que entró a la capital peruana era nada menos que Cornelio Saavedra.

Eran noticias desalentadoras para la comandancia mapuche.

También aquellas que días antes daban cuenta de los triunfos chilenos en las batallas de Chorrillos y Miraflores. Pero la resistencia armada continuó tal cual. Los malones se sucedieron uno tras otro.

El 27 de enero de 1881, un segundo ataque al fuerte de Traiguén devastó los campos de trigo entre este poblado y su vecino Los Sauces; también decenas de casas de colonos, siendo muertos en la refriega varios de ellos. En Santiago la noticia llegó a las primeras planas de los periódicos. “Toda la Araucanía sublevada”, tituló El Ferrocarril el 6 de febrero de 1881.

Los araucanos en número de más de cinco a ocho mil hombres invaden la frontera hasta cerca de Angol. Amenazan todos los fuertes. La línea de batalla de los araucanos se extiende desde Curaco hasta Mariluan, cerca de cinco leguas. Han incendiado sementeras. Se han pedido más tropas a Santiago. El ministro del Interior, Manuel Recabarren, ha salido a campaña con cerca de dos mil hombres. Se presume una batalla. Muchos indios con armas de fuego.

 

Fragmento del libro “Historia secreta Mapuche”, de Pedro Cayuqueo

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