miércoles, 29 de mayo de 2024

En uno de los principales paseos de Doha, Leo Messi y Kylian Mbappé posan, junto a otros jugadores del PSG, en un mural que dispuesto como un Photocall para los aficionados. Es como un pesebre con todas las figuras reunidas por Qatar. La final ha querido reunirlos en el majestuoso Estadio de Lusail para escenificar el cambio de era en el fútbol en casa del patrón.

El protagonismo de ambos se sobrepone al de sus selecciones, dada su dimensión en los dos órdenes más significativos del fútbol actual: el mejor y el más caro. Personifican ese cambio de era porque, gane Argentina o venza Francia, Messi dejará el ecosistema del Mundial, que es donde se coronan las mejores obras del fútbol. Por ello, hasta ahora se ha sentido incompleto, incluso incómodo por la presión que sentía en su país, el país de Diego Armando Maradona, que pasó de ser un jugador a una representación mesiánica, divina. Como Evita. Este camino a la final le ha permitido el consenso de los suyos, en oleadas hasta Doha aunque sea sin entrada. Ahora necesita ganarla. Mbappé ya lo hizo, en Rusia, y volverá a tener más oportunidades, pero el título le ofrecería el trono de forma indiscutible, porque no es lo mismo recibir el favor del rey que derrocarlo.

LA DERROTA EN BRASIL
Messi ya perdió una final, en Brasil 2014, junto a una generación que no dejó de caer en finales también en la Copa América hasta que llegó Lionel Scaloni. La actual es distinta, diseñada a partir del sentido común de un entrenador de perfil bajo, con menos nombres y más compromiso colectivo. Apenas restan siete futbolistas del pasado Mundial. Ángel di María, contemporáneo de Messi, es suplente

A sus 35 años y en su quinto Mundial, cada partido del astro argentino es un cálculo de energía. Decide, como en la acción en la que superó al croata Gvardiol en semifinales, o camina. En la final de Lusail, jugará su partido 26 en Mundiales y superará a Lothar Matthäus. Le resta ganarla.

El fútbol, en general, se inclina por ese desenlace, al entender que el jugador que consiguió colocarse al nivel de los cuatro grandes, Pelé, Alfredo di Stéfano, Johan Cruyff y Maradona, merece este broche. El balón, sin embargo, no entiende de esa clase de justicia. Di Stéfano y Cruyff jamás lo hicieron. Mientras Pelé, el único vivo, lucha por su vida, el título colocaría a Messi definitivamente en el friso del Partenón del fútbol.

EN PAZ CON LOS SUYOS
El argentino ha comparecido en las zonas mixtas de los estadios, en Qatar, más de lo que lo hacía habitualmente. Incluso apareció tras la primera derrota, ante Arabia Saudí. Todo lo contrario que en Brasil o Rusia, cuando ordenaba a los futbolistas salir en fila y no detenerse. O en Sudáfrica, dirigido por un alter ego superado por la condición de entrenador. Maradona únicamente les golpeaba en el pecho: «Por Argentina, por mí». Scaloni da instrucciones y echa agua fría cuando las emociones hierven. Un estado anímico sobrepasado tiene riesgos. Argentina lo padecerá, porque no sabe sentir de otra forma. Es tradición en la albiceleste que el capitán hable a los suyos antes de los partidos. Al introvertido Messi le torturaba en el pasado. En Qatar lo ha superado.

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