¿Por qué Alemania no extrae su propio gas en lugar de importarlo de Rusia?

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Gran parte de la escasez que padecemos está provocada por malas decisiones políticas. Y esto se aplica al gas natural: todos lo tenemos en casa, incluidos los alemanes, pero no lo utilizamos. Y así es como nos convertimos en víctimas del chantaje de Putin.

Ahora que la Unión Europea ha llegado a un acuerdo sobre el recorte del 15% del consumo de gas en caso de emergencia, conviene centrarse en la paradoja alemana. Un análisis de ‘The Economist’ rico en datos asegura que «los alemanes han estado viviendo en un sueño». Y es que Alemania, sin alcanzar la riqueza en gas natural de su vecina Holanda, posee respetables yacimientos de gas.

A principios de los años 2000 se extraía de estos yacimientos una media de 20.000 millones de metros cúbicos de gas natural al año, suficiente para satisfacer una cuarta parte de la demanda nacional. Los estudios geológicos afirman que las reservas de gas bajo el suelo alemán aún contienen al menos 800.000 millones de metros cúbicos, pero la producción en las dos últimas décadas se ha desplomado a 5.000 millones de metros cúbicos al año, es decir, una décima parte de las importaciones de Rusia.

Alemania se ha puesto en esta situación de extrema dependencia, provocando el chantaje por parte de Rusia, sin verse obligada a ella. Es conocida la historia del ex canciller socialdemócrata Gerhard Schroeder, que trabaja para Gazprom. Y como él, muchos otros políticos alemanes menos famosos se dejaron corromper por el dinero ruso y se convirtieron en grupos de presión al servicio de Moscú, trabajando para reforzar los lazos de dependencia. Pero esta historia tiene otra cara, la del ecologismo al servicio de Rusia.

Una de las razones por las que el gas alemán, aunque abundante, no se utiliza es que para extraerlo hay que recurrir a una técnica llamada fracturación hidráulica (conocida como fracking). El método se originó en 1947 en Estados Unidos, donde se utiliza ampliamente. Consiste en utilizar potentes chorros de agua mezclados con arena y algunas dosis de disolventes químicos.

Desde hace muchos años, la opinión pública alemana está convencida de que esta técnica es peligrosa y perjudicial para el medio ambiente. Es un temor irracional y acientífico, refutado por todas las investigaciones. El fracking se utilizó durante mucho tiempo en la propia Alemania, a partir de la década de 1950, y nunca ha causado un solo accidente con daños significativos para el medio ambiente.

El respeto a la ciencia sólo se aplica cuando la ciencia no contradice nuestras creencias dogmáticas y ansiedades apocalípticas. La movilización contra esta técnica de extracción de gas experimentó un gran impulso cuando la multinacional estadounidense Exxon solicitó en 2008 el uso del fracking en un proyecto de extracción en Alemania Occidental, pero los verdes tomaron la delantera en las protestas. Así, en 2017, cediendo a las presiones, la canciller Angela Merkel prohibió el fracking en el país.

Pero los Verdes no estaban solos en esa campaña. En la difusión del alarmismo sobre los daños del fracking destacó el papel de ‘Russia Today’, el canal de televisión moscovita que ha sido uno de los instrumentos de la propaganda rusa en Occidente durante décadas. Russia Today dio espacio a informes sin base científica, que atribuían daños monstruosos al fracking: radiación, defectos de nacimiento, problemas hormonales, residuos tóxicos o envenenamiento de peces, entre otros. Se informó de que el propio Putin acudió a una conferencia internacional para describir la (supuesta) devastación del fracking.

‘The Economist’ cita a un influyente geólogo alemán, Hans-Joachim Kümpel, que dirigió el alto consejo de geociencias del gobierno de Berlín. «Al final renunciamos a explicar que el fracking es completamente seguro. Los ciudadanos, que no tenían conocimientos de geología, sólo escucharon historias de terror», cuenta.

Putin consiguió lo que quería no sólo con la complicidad bien pagada de Schroeder, sino también con la connivencia anticientífica de los Verdes.

El gobierno de Scholz se ve obligado a poner en marcha su plan de racionamiento energético en otoño-invierno, con cierres rotatorios de fábricas. Pero el gas alemán sigue ahí: bajo tierra. Los productores nacionales afirman que con el uso de nuevas tecnologías de fracturación hidráulica más seguras, limpias y sostenibles que en el pasado, podrían duplicar su extracción en menos de dos años, reduciendo las importaciones de Rusia en 15.000 millones de euros al año. ¿Les dejarán hacerlo?

Fuente: El Mundo



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