sábado, 25 de julio de 2026
Rafael Beleiro, en su juventud

Rafael Beleiro era natural de Lavados, antiguo nombre del actual Vigo, en España. Había nacido el 6 de diciembre de 1890, hijo de Joaquín Veleiro y Juana Vieytes. En España el apellido Beleiro no existe; el apellido real de Rafael era Veleiro. En 1907 decidió emigrar hacia Argentina. Ese mismo año cruzó el Atlántico, desembarcó en Montevideo y luego llegó a Buenos Aires el 22 de diciembre.

Como tantos inmigrantes, recorrió la zona portuaria buscando trabajo y un lugar donde establecerse. Llevaba una carta de sus padres dirigida a una familia conocida que ya vivía en Buenos Aires, pero no logró encontrarla. Resignado a arreglárselas por su cuenta, hizo su primera comida con el dinero que traía, preparándose una pata de chancho rellena.

El Hotel de Inmigrantes y la estación ferroviaria eran puntos obligados para quienes buscaban destino en el interior. Rafael consiguió empleo en una farmacia perteneciente a una familia judía, con quienes compartió vivienda. Pronto escuchó que en el sur había trabajo. En 1907 se había descubierto petróleo en Comodoro Rivadavia y las estancias patagónicas demandaban mano de obra. La expansión de la Sociedad Anónima Importadora y Exportadora de la Patagonia generaba además numerosos puestos para inmigrantes españoles.

Decidido a viajar al sur, estaba por embarcar cuando la esposa de su patrón le rogó que no subiera a ese barco. Rafael le hizo caso. Años después contaría que la embarcación terminó hundiéndose.

Más tarde se enroló en el Almirante Brown, un barco de la Marina argentina. Durante unas maniobras de tiro apareció en cubierta sin protección auditiva cuando un cañón disparó. Perdió el tímpano de un oído y quedó sordo para siempre de ese lado.

Luego desembarcó en Camarones, donde hizo amistades y conoció a la familia Perón. Allí incluso salió a cazar avestruces con el hermano de quien años después sería Presidente de la República. Finalmente llegó a Comodoro Rivadavia el 5 de enero de 1909.

La ciudad crecía impulsada por el descubrimiento del petróleo y las obras ferroviarias hacia Sarmiento. Rafael se anotó para trabajar en el ferrocarril junto a cientos de obreros, pero tras meses de espera decidió probar suerte en el campo. Compró un caballo y marchó hacia el sudoeste, llegando el 5 de enero de 1910 a la zona fronteriza del paralelo 45, entonces conocida como Alto Río Mayo.

Allí encontró empleo con Belisario y José Delfín Jara, importantes comerciantes y ganaderos. Poco después se asoció con Apolinario Aramis Lima para abrir un almacén de ramos generales. La mercadería llegaba desde Comodoro Rivadavia en largas caravanas de carros tirados por mulas y caballos.

Años después Lima regresó a Buenos Aires y Rafael continuó por su cuenta. Compró unas setecientas ovejas e inició su actividad ganadera. Más tarde se asoció con Vicente Pérez del Barrio. Juntos fundaron el almacén La Hispana, que se convirtió rápidamente en el principal centro comercial de una amplia región que incluía pobladores argentinos y chilenos.

El comercio prosperó gracias a su ubicación estratégica cerca de la frontera. Por allí circulaban pobladores de Coyhaique, Balmaceda, Aysén, Río Mayo y numerosos parajes vecinos. La influencia económica de Comodoro Rivadavia sobre esos mercados era decisiva.

Muy cerca se encontraba la Reserva del Chalía, habitada por familias tehuelches y manzaneras encabezadas por el cacique Manuel Quilchamal. Rafael mantuvo una relación cordial con los pobladores originarios y años después recordaría que eran excelentes criadores de ovejas, hábiles cazadores y artesanos, aunque el alcohol y la tuberculosis terminaron afectando gravemente a la comunidad.

En 1916, el mismo año en que se consolidaba la reserva, Rafael conoció a Matilde del Carmen Vidal. Se casaron y tuvieron nueve hijos: Juan, Felisa, Joaquín, Raquel, Rafael, Rosa, Ramón, Arturo y Eladio.

Cuando tenía 91 años relató una anécdota que refleja la dureza de la vida patagónica. Durante una intensa nevada, sus perros ovejeros comenzaron a ladrar insistentemente. Siguiéndolos encontró a dos jóvenes chilenos prácticamente congelados. Con ayuda de sus peones los trasladó a su casa, donde lograron salvarles la vida.

El viejo almacén La Hispana estaba ubicado a pocos kilómetros de la frontera. Todavía se conserva entre álamos y construcciones más recientes. Sus libros de contabilidad reflejan la enorme importancia comercial que tuvo para toda la región. Allí se vendían mercaderías, combustible y se alojaban viajeros de paso. Las empresas de transporte que unían Comodoro Rivadavia con Coyhaique realizaban parada obligada en el lugar.

Rafael siempre tenía un toscano entre los labios y era conocido por sus relatos y su buen humor. Con el tiempo, la dureza de la vida fronteriza fue endureciendo su carácter. Fue comerciante, ganadero, fotógrafo autodidacta, revelador de imágenes, enfermero improvisado y hasta colaborador en peritajes y autopsias cuando las circunstancias lo exigían.

Emprendedor y respetado por toda la comunidad, dejó una huella profunda en la historia de la región. Rafael Beleiro falleció el 8 de agosto de 1986 y sus restos descansan en el cementerio local.

 

Fragmento del libro “Aldea Beleiro, historia de un pequeño pueblo de frontera”, de Ernesto Maggiori

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