domingo, 26 de julio de 2026

“Mi heredero es el Colegio de Concepción del Uruguay” es una frase atribuida a Justo José de Urquiza cuando, alejado de la política activa, transcurría sus días en el Palacio San José. La expresión cobra fuerza si se recuerda el centenar de herederos que la historia le adjudica.

El Colegio fue fundado en 1849 e inaugurado por Urquiza dos años después. Se destinó un presupuesto de 100.000 pesos y finalmente se invirtieron 85.941. El arquitecto catalán Pedro Renon proyectó un edificio de época con patio claustral y galerías que recordaban las construcciones jesuíticas.

Fue el primer colegio laico y gratuito del país. Rápidamente superó los 200 alumnos, contaba con becas e internado. El francés Alberto Larroque, abogado y filósofo, le dio durante once años el prestigio que lo convirtió en el mejor establecimiento educativo de su tiempo, hasta su alejamiento por diferencias con Urquiza.

En aquellos años coincidieron allí dos jóvenes que forjarían una amistad decisiva: el rosarino Tiburcio Benegas y el tucumano Julio Argentino Roca. Mientras el primero imaginaba un futuro ligado a la economía y las finanzas, Roca dudaba entre la medicina y la carrera militar.

La vida los llevó por caminos distintos. Roca ingresó al Ejército, integró el Partido Autonomista Nacional y durante tres décadas fue una de las figuras centrales de la política argentina, ocupando en dos oportunidades la Presidencia de la Nación.

Benegas desarrolló una destacada carrera pública: fue diputado nacional, presidente de la Legislatura, senador, dos veces gobernador de Mendoza y posteriormente embajador en Chile.

Con apenas veintiún años descubrió en Mendoza un enorme potencial. Compró campos, ingresó a la masonería, apostó por la vitivinicultura, viajó a Chile para traer las mejores cepas y transformó un viejo molino de Godoy Cruz en una bodega de proyección comercial. También fue uno de los primeros inversores en San Rafael.

En 1870 se casó con Lubina Blanco Zapata, hija de Eusebio Blanco, pionero de la vitivinicultura mendocina y autor del manual Las viñas y los vinos de Mendoza, obra de consulta para varias generaciones de productores.

Benegas fue un hombre fundacional para Mendoza tanto desde la política como desde la actividad privada. Incorporó el sistema de poda Guyot para mejorar el rendimiento y la calidad de los viñedos, introdujo compuertas y tubos con sifón para optimizar el riego e importó los arados Collins, que permitían mayor profundidad de laboreo, mejor aprovechamiento de la humedad y mayor resistencia a la sequía.

La Mendoza de entonces permanecía prácticamente aislada del resto del país y mantenía una relación mucho más estrecha con Chile. Las inundaciones provocadas por los deshielos constituían una amenaza permanente para viñedos, cultivos y poblaciones.

Como gobernador fundó el Banco de Mendoza y tomó una decisión estratégica: impulsar grandes obras de infraestructura para controlar las inundaciones y mejorar el sistema de riego. Con esa visión contrató en Italia a especialistas capaces de transformar las condiciones productivas de la provincia y convertir a Mendoza en una región de mayor desarrollo agrícola.

La llegada del ferrocarril en 1885 integró definitivamente a Mendoza al territorio nacional, acercándola a Buenos Aires y potenciando el crecimiento iniciado años antes.

Para encontrar al profesional adecuado que resolviera los problemas hidráulicos de la provincia, el ingeniero Guillermo Villanueva —sanjuanino, hijo del ex gobernador Arístides Villanueva y uno de los primeros ingenieros graduados del país— recibió el encargo de viajar a Europa y contratar al especialista que haría posible esa transformación.

 

Fragmento del libro “Río de los Sauces”, de Horacio Massaccesi 

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