Mucho antes de que el hombre civilizado llegara a penetrar en el interior patagónico, el centro y norte de la región estaban surcados por los caminos marcados, tanto por el transitar nómade de los aborígenes, como por el andar de sus animales -caballos y ganado-. Estos recorridos eran realizados por los indígenas provenientes de Chile con rumbo a ese país, y se los conocía también como “caminos chilenos”.
Estas huellas, en algunos casos, llegaron a ser profundas; la principal fue la que abarcaba desde el sudoeste de la provincia de Buenos Aires hasta la cordillera de los Andes, entrelazada por una red de huellas más pequeñas que solían quedar ocultas por la vegetación del monte o las zonas medanosas.
Esta rastrillada de los chilenos, estaba conectada también con la gran rastrillada o Camino General de las Pampas, que se aproximaba en su recorrido a la actual Bahía Blanca; así se ponían en contacto el Atlántico y el Pacífico. A partir de 1852, surgen las mensajerías, las que en muchos casos utilizaron en sus recorridos las rutas de los aborígenes.
Hay referencias que una de estas rastrilladas cruzaba el río Neuquén próximo a su desembocadura con el Limay. Del comercio ilegal -robo y posterior arreo del ganado de las estancias, y mujeres blancas llevadas como cautivas-, hicieron referencia, desde el siglo XVIII, Villarino, Azara y Luis de la Cruz. Así, el piloto De la Piedra, poco antes de 1781, junto con Villarino aprovechó la rastrillada que iba desde Choele Choel, costeando el río Colorado hacia el Este, para de allí dirigirse hacia las sierras del
Volcán y continuar por las pampas de Buenos Aires. Conscientes los autores de estos caminos de que podrían ser perseguidos luego de sus malones, llegaron a borrar algunas de las rastrilladas mientras huían de la probable persecución.
Los arreos de hasta 100.000 animales eran constantes, por lo que su tráfico determinó el trazado de verdaderas avenidas de tierra, las que, con el correr de los años, constituyeron la primitiva red vial del norte patagónico para las galeras, y luego para el trazado de las líneas férreas. También en el centro-sur de la Patagonia existieron estos caminos, aunque de menor envergadura. El inglés Musters viaja en 1870 a través de uno de ellos.
Hubo algunos aborígenes que, al observar las rastrilladas, podían deducir si las fuerzas que habían pasado eran de línea o guardias nacionales, cuántos hombres la componían, si eran aborígenes o cristianos, si llevaban hacienda y de qué clase, y dónde se encontrarían en ese momento.

