sábado, 18 de abril de 2026

Hasta 1948 la última calle del pueblo era Sarmiento. A partir de allí comenzaban los arenales, dunas y algunas casas aisladas que conformaban el incipiente barrio Hotel.

La Avenida Gales la comenzó a abrir ese mismo año Pepe Trigo. La calle San Martín antes se llamaba España y era la salida del pueblo. Poco después de pasar algunas casas, que quedaban cruzando el puente del zanjón, comenzaba la picada de la Ruta Tres que nos unía con Trelew.

A la derecha y separados entre sí, estaban los hornos de ladrillos de Casalla, de Mora y de Tarrío. Comenzaba la planicie y allí “La cancha de aterrizaje”, así denominada porque ahí aterrizó el primer avión que vino a Madryn. Cruzando la ruta estaba el galpón de chapa, que era de escasas dimensiones y que oficiaba de matadero. Allí se faenaban los capones para el consumo local.

En un pequeño carro de dos ruedas que portaba un tambor de cien litros a cuyo lado sobresalían los elementos de limpieza, recorría las calle de tierra del pueblo la espigada figura de don Sagardoy, quien recogía los residuos de los caballos.

A veces, con otros chicos nos turnábamos para llevarle el carro.

Un momento antes había estado estacionado el carro de Farruco, que hacía el reparto de las encomiendas del correo, que llegaban a Madryn en los vapores. Entregaba una en la tienda Ciudad de París y allí había dejado su impronta el equino.

En ocasiones se encontraba Farruco con don Genuario Álvarez, que en un carro con varas empujado por él, vendía verduras y quesos del valle. Ambos fumaban toscanos y recordaban la vieja España.

A veces salía con la escoba a barrer la vereda la señora de Callejas y, como buena gallega, se prendía en la charla.

Don Sagardoy había sido repartidor, con carro a caballo, de la compañía La Mercantil, de Mitre esquina Yrigoyen, uno de los primeros comercios de Ramos generales del pueblo.

Una cálida mañana de un domingo de verano alguien grita en la playa. ¡El avión! ¡El avión!… y no era precisamente Tatú en la isla de la fantasía. Era un biplano Fookewool que en acrobáticas maniobras escribía en el cielo con letras de humo YERBA SAFAC. Era piloteado por el legendario Aldo Cómi, que en una gira patagónica hacía la propaganda aérea de la yerba.

Era fantástico ver como se formaban las letras en el cielo. Por la tarde se arrojó un paracaidista que justo terminó su descenso en el médano frente al gordo y a mí “¡Hola pibes!” fue el saludo del aeronauta que nos sacó del asombro.

Verlo ahí parado justo frente a nosotros, con todo su equipo blanco, con todos sus correajes, con casco y antiparras, nos impactó.

 

 

Texto de “Puerto Madryn. Vuelo hacia el recuerdo” (Hugo Antonio Albaini)

 

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