Recuerdos de una maestra: Gwenwira, «la señorita Blanquita»

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En el aljibe, último recuerdo de la vieja escuela. Al fondo, la Escuela Nº40 y a su izquierda, el Internado. A la derecha, un sector del pueblo. Tecka, marzo de 1948

Recuerdo con claridad mi llegada a Tecka, ubicada en la precordillera andina del entonces Territorio Nacional del Chubut, el 27 de febrero de 1945. Claro, no es para menos, era mi primer trabajo, deseado y necesario. Ejercí como docente en ese destino entre ese año y 1950, y es un placer responder a un cordial pedido del Intendente, Jorge Seitune, para contar algunos recuerdos de ese período. No está mal que la gente joven tenga algunos datos de cómo transcurría la vida de su pueblo por aquella época.

Cuando posteriormente fui trasladada a Esquel, en 1950, el padre del actual Intendente y su hermano habían comprado “El Mapuche”, el más importante negocio de ramos generales, con un surtidor de nafta anexo que aprovisionaba a los vehículos que transitaban por las Rutas 40 y 25, que allí se unen para continuar a Esquel, distante 100km. El propietario anterior del negocio había sido don Juan Martín Gutiérrez, quien llegó a Tecka en la década del 20 con su esposa y tres hijos. Cuando se casó su hija mayor, Moni, con Roque Callejas, don Juan asoció a su yerno, y posteriormente también se incorporó don Manuel González de Quevedo, oriundo del mismo pueblo español que don Juan.

Vecino al Mapuche estaba ubicado el Hotel Andino, de don Paco Diánez y su esposa Cruz, donde nos hospedábamos los docentes y los viajeros de paso. El bar del hotel estaba siempre muy concurrido, ya que además era el alto de costumbre para los pobladores del campo que venían a hacer sus compras y diligencias. Hacia la izquierda, se ubicaba el edificio de Gendarmería y enfrente, la Oficina de Correos y el Juzgado de Paz.

La escuelita, era una modesta construcción levantada hacía muchos años y separada unos 500 metros del pueblo. Es de suponer que se edificó en ese descampado por la cercanía de un arroyo con agua apta para beber. Delante de la escuela había un aljibe, y protegidas por cerco unas plantaciones de grosellas y corintos que apenas llegaban a madurar por el rigor del clima. La escuela constaba de dos aulas y una cocina, con techo de cinc, sin cielorraso, que no oponía demasiada resistencia al paso del polvo, la nieve y el agua. Las aulas se calentaban con una estufa de leña y en la cocina había otra, un poco más grande, para calentar mate cocido o cascarilla. Los baños se ubicaban en el exterior, y eran mantenidos en buenas condiciones de higiene. Afuera, se encontraba el mástil para la bandera, y no había juegos instalados.

A mi llegada, el curso escolar ya estaba encaminado con maestras suplentes y los grados agrupados, de Primero Inferior a Sexto. El período escolar se extendía de setiembre a mayo, como en todas las zonas de clima muy frío. Habíamos sido nombradas tres maestras titulares, y como fui la primera en llegar debí hacerme cargo de la Dirección, ya que la anterior directora, la inolvidable Adelina de Harrington, tenía licencia por enfermedad y había iniciado su trámite jubilatorio. La tarea directiva era desconocida para mí, que había concluido mis estudios dos meses antes, pero afronté la responsabilidad con el gran apoyo de mis superiores de la Seccional 10ma. de Esquel, hasta que un año y medio después llegó el nuevo titular, Leopoldo Ferroni, trasladado desde Carhué Niyeo. Ferroni fue un excelente director, que guió a la escuela con eficiencia y disciplina. Mis compañeras maestras fueron Rosita Nizetich, de Trelew, y Leonor Mur, de Puerto Madryn.

El Gobernador de la Zona Militar, General Solari, quien nos había extendido el nombramiento, nos visitó al cabo de un mes, en una gira por el Oeste, para saber de nuestra conformidad. Al llegar frente al hotel, y observar que no había ningún árbol plantado a la vera de la ruta 40, que dividía a Tecka, se puso en contacto con Gendarmería y dio la orden de que debían solicitar estacas para ser plantadas. Ante la respuesta de que el agua del pueblo era salobre e inútil para el riego, además de que las lluvias eran escasísimas, propuso que los gendarmes se proveyeran de un carro aguatero y trajeran regularmente agua del arroyo que corría en el valle junto a las lomas. Así fue como comenzaron a plantarse los primeros árboles en Tecka, y el verde fue cambiando  su fisonomía desértica. Si pensamos que ni siquiera la plaza tenía un árbol a mi llegada, ya pueden imaginar cómo ha cambiado la imagen del pueblo en estos 60 años.

Tecka había sido, desde antes de los albores del siglo XX, un paradero de carros y chatas que trasladaban lana y cueros desde la Cordillera a Punta de Rieles o Trelew, hasta el tren que finalmente llevaría la mercadería a Puerto Madryn para su embarque. Se había instalado también una casa de comercio, lo que dio origen al poblado, agregándose después establecimientos de grandes estancias a cargo de Compañías  en el entorno, aunque algo alejadas.

Pero mi propósito es concentrarme en nuestra vida escolar. Al distribuirnos los turnos y grados, ya estábamos en marcha hacia el fin del curso. El 25 de Mayo lo celebramos con un acto al que concurrían autoridades y población para presenciar la actuación de los niños y la ceremonia de rigor. A continuación nos concentrábamos en la Plaza, junto al monumento al General Belgrano, y se iniciaba un desfile del que participaban las Fuerzas Armadas, reservistas y jinetes. La plaza, como mencioné, era un erial, y el clima de mayo muy riguroso, pero a todos nos animaba el fervor patriótico para seguir a nuestros abanderados. También nos alentaba el cariño y el respeto de los pobladores, que veía en nosotras, jóvenes maestras, a los formadores de esos pequeños y no tan pequeños de guardapolvo blanco. Después del acto, nos reuníamos todos para disfrutar de un chocolate caliente. Esta era una oportunidad para conocer a jóvenes que participaban de los actos y para entablar conversación de los temas más diversos. En unos días más, ya llegaba la organización del acto de fin de curso, en el que los niños mostraban sus aptitudes a través de música, danza, títeres….Concurrían otra vez todos los padres, y allí nos despedíamos hasta fines de agosto, cuando se reiniciaba la inscripción de alumnos.

Volver a mi casa, en Comodoro Rivadavia, distante 600km, en pleno invierno, era a veces una verdadera odisea. Podíamos tardar hasta cinco días, cuando los caminos se volvían intransitables por el barro o la nieve. El vasco Arregui, que conducía el ómnibus de la empresa Giobbi, era muy audaz, y como buen vasco, tozudo, por lo que a veces quedábamos empantanados en medio de un barrizal del que parecía que nunca saldríamos. Recuerdo un año en particular en que pasamos la noche en medio del arroyo Apeleg, a pesar de una advertencia colocada kilómetros antes de que el paso estaba prohibido. Por supuesto eso no lo iba a detener a Arregui, así que ahí estábamos, encajados en medio del arroyo, con el agua que seguía subiendo y planchas de hielo que chocaban con violencia contra el coche. Hacia la noche, ya estábamos arrodillados sobre los asientos para no mojarnos. Como la situación se volvía cada vez más peligrosa, dos gendarmes saltaron al agua desde una de las ventanillas, nadaron hacia la orilla y emprendieron una carrera para no congelarse y apurar la búsqueda de auxilio. Lograron llegar a una casa de campo y ya anochecido vinieron con caballos para tirar del ómnibus y retroceder hasta que quedó en una cuneta, donde hubo de permanecer hasta el día siguiente. Nosotros, con los pies casi congelados, llegamos corriendo hasta la casa, donde había un fuego más que confortante y donde nos permitieron pernoctar. Mientras tanto, mis padres, en casa, nada sabían, ya que no habíamos podido comunicarnos durante varios días…En fin, historias comunes en la Patagonia de aquella época.

Al iniciarse el nuevo año escolar, comenzamos junto con las clases otras tareas en beneficio de la comunidad. En primer lugar, don Juan Martín Gutiérrez, que presidía la Comisión de Fomento, nos propuso colaborar para construir una escuela nueva, lo que ciertamente nos entusiasmó. A su vez, entrevistó al Gobernador del Chubut (ya separado el Territorio de la Gobernación Militar) Dr. Grillo para comprometer el aporte de una suma básica que permitiera iniciar la obra. El presupuesto debería completarse con reuniones bailables, rifas, remates, y el apoyo de las Compañías de estancias.

Existía ya el Club Social donde se realizaban reuniones públicas y era el lugar de esparcimiento para jóvenes de ambos sexos, pero las maestras estábamos presentes en todas las Comisiones y fiestas que se organizaban para recaudar fondos. Llegamos a conocer poco a poco a todas las familias de comerciantes y autoridades del lugar, y todas aportaron con generosidad para ver realizado el sueño de un edificio más amplio y más apto para la educación de los chicos. Las Kermeses duraban de viernes a domingo, y preparábamos barriles con aserrín, donde se escondían cientos de pequeños objetos que los comerciantes obtenían mediante sus proveedores y viajantes, a quienes interiorizaban de los buenos propósitos. ¿En qué consistían?: Diminutos frascos de perfume, lápices labiales, hebillas, collares, billeteras, cajas de fósforos decoradas, lápices de color, lapiceras, golosinas…Todos los objetos eran enterrados en el aserrín con un hilo del cuál pendía un número. Se vendían los duplicados de los números por 20 centavos, ¡y se obtenían buenos beneficios! Otras veces se remataban cuartos de cordero asados, o se rifaban tortas y arrollados, a 1 peso el número.

En esas ocasiones los parroquianos o peones de estancia nos pedían que primero los acompañáramos como pareja de baile, generalmente rancheras o pasodobles, a cambio de la compra de un número de rifa. Siempre accedíamos para que se sintieran complacidos y sumáramos aportes para nuestro fin. Se bailaba con la música de un tocadiscos, a cargo de un disc-jockey. Era gente sencilla, al igual que los padres de los alumnos que concurrían a las reuniones danzantes. Como en todos los pueblos, había personajes muy característicos, y por ser una población de 450 habitantes, eran todos conocidos. Entre ellos recuerdo a Genaro, hombre de campo que ya cumplidos los 60 años, se arrimó al pueblo en busca de “changas”. Don Juan Martín Gutiérrez era quien orientaba a los que buscaban trabajo, y también él mismo les encargaba algunas tareas. Pero don Juan era también muy bromista, y como Genaro era un tanto simplón, muchas veces era el destinatario de esas chanzas. Tenía un andar torpe, el empeine tipo “galleta” y las alpargatas atadas con una piola; el pelo canoso y largo. Don Juan le hizo creer que yo estaba enamorada de él, y le hizo pintar de oscuro pelo y bigote para parecer más joven. Él se lo creyó, y yo ignoraba toda la historia, pero siempre lo encontraba en el bar del hotel esperando a que pasara para convidarme pastillas de menta. Cuando lo mandaron a encalar las paredes de la escuela, estaba sobre una escalera mientras yo escribía en un escritorio. Un poco más tarde, fue a quejarse a don Juan de que yo no lo miraba pese a que me “hacía señales con el piecito desde arriba de la escalera”. Parece que ese episodio puso fin a su “enamoramiento” porque ya no volvió a intentar atraer mi atención. Cuando se inauguró una Sala de Primeros Auxilios, ocasión para la que habían invitado al Gobernador, metieron al pobre Genaro en una cama como parte del decorado, con la recomendación de permanecer allí inmóvil hasta que pasara la visita… También don Juan –que entre sus múltiples funciones era boticario del pueblo- le recomendaba colocarse una gragea de aspirina sobre un callo que le dolía, como el mejor alivio…Él obedecía a todo desde su simpleza.

Había también en el pueblo un médico extranjero, el doctor Schiff, persona cultísima que inocentemente caía a veces bajo las bromas de Juan Martín. Su mujer, Sara, era de nacionalidad italiana, alta y elegante, y tenía un hermano músico que hacía su carrera en el Teatro Alla Scala, de Milán. Ella a su vez conocía muchísimo de música y resultó una eficaz colaboradora cuando conseguimos la donación de un piano para nuestra escuela nueva. Los chicos cantaban, ahora acompañados del piano, y llegaron a conocer buena música.

Otro personaje pintoresco era doña Paula Huenchuñir, que no faltaba a los bailes y compraba una botella de cerveza que le duraba toda la noche. La empinaba de vez en cuando, y luego la custodiaba en su falda, amplia y larga. Se coloreaba las mejillas con papel crêpe rojo humedecido, y lucía siempre un pañuelo en su cabeza. El pañuelo, vale decir, era una prenda muy usada y casi imprescindible en el cuello del hombre y el cabello de la mujer. Además, las jóvenes adornaban su cabeza con peinetas y brillos. Eran envidiables algunas trenzas, largas, oscuras, brillantes, con moños en los extremos. Los hombres usaban las típicas bombachas de campo, ajustadas a los tobillos, y alpargatas, camisas, chalecos y sacos tejidos de lana que se hilaba en la zona. También llevaban el infaltable poncho de abrigo. Había en la zona tejedoras de fajas y matras, confeccionadas con lanas que ellas mismas teñían con métodos heredados de sus ancestros.

También recuerdo la casa de comercio de Selim Azzem, árabe sirio-libanés, casado con una mujer muy bella y con tres hijos que concurrían a la escuela. Dos de ellos fueron mis alumnos y como residen en Trelew, he tenido la alegría de cruzarme con Ismael y Raúl. Siempre son gratos esos encuentros y me hacen recordar a su padre, que salía a la campaña con un cachirulo ruidoso que también ocasionó anécdotas jocosas.

Otro lugar que reunía a los parroquianos era el “boliche” de Expósito. Este hombre era chileno, y tenía varios hijos; Juancito era uno de ellos y fue mi alumno en 2º grado con 12 años. Cuando soplaba el viento se alteraba un poco y se ponía muy inquieto, no había forma de que se concentrara en su tarea, y por alguna razón que lo perturbaba había repetido varias veces el grado. Aún no sabía la hora, pero su papá le había regalado algo tan novedoso como un reloj pulsera. Cuando ya había recorrido todos los bancos para mostrar su regalo, esperé un rato y le pregunté: -Qué hora tenés, Juan? Apresurado se acercó mostrando su muñeca y me dijo: -¡Desengañesé señorita, desengañesé!, y yo conteniendo la risa dije la hora en voz alta y le di las gracias, para su alegría.

Cuando llegaba el receso de fin de año, que incluía Navidad y Año Nuevo, teníamos unas vacaciones de diez días que nos daba oportunidad de regresar a nuestro hogar o de conocer nuevos lugares. Yo prefería la segunda opción, y de ese modo conocí Esquel, tan pintoresco. Con mucho placer acepté la invitación de la familia Campodónico, que allí residía. Una de sus hijas había sido compañera de pensión en Viedma, cuando estudiábamos en la Escuela Normal la carrera de maestras. Beba era una amiga predilecta entre las siete que compartíamos la pensión. Su sinceridad, criterio y calidad humana eran excepcionales, y después de conocer a su familia, entrerriana, pude comprobar el gran aprecio y prestigio de que gozaban en el vecindario don Albano, doña María y sus cuatro hijos. Disfruté muchísimo de esa visita, por haber sido tan cordiales, generosos y hospitalarios conmigo, que me encontraba lejos del hogar. El Intendente Seitune es hijo de una hermana de Beba, Nélida Campodónico, que contrajo enlace con David Seitune.

Algunos fines de semana me venía a buscar a Tecka la familia de don Ambrosio Hughes, poblador de las cercanías, casado con doña Lotie Roberts, con quien tenía cuatro hijos. También ellos me hacían sentir muy bien al llegar a esa casa de campo, muy señorial por cierto, construida con piedras blancas y rodeada de un hermoso jardín de flores multicolores. Gente de extrema sencillez, ponían una mesa de mantel blanco con platos exquisitos, o un té muy al estilo galés con loza de porcelana y centro de flores. En el hotel donde vivíamos todo era más rústico, así que esos momentos de delicada atención me resultaban inolvidables. Mantengo una grata amistad con esa familia, en particular con Alwina, la única mujer de los cuatro hermanos, que hoy reside en Buenos Aires. Don Ambrosio, conocido por sus ideas democráticas y calidad humana, fue posteriormente elegido como uno de los Constituyentes que redactó la primera Constitución del Chubut, al convertirse en Provincia.

La nueva Escuela Nº40, estuvo terminada antes de dos años, para 1947. La inauguración se celebró con un banquete en el salón del mismo edificio, con asistencia de autoridades de Rawson y Esquel, y pobladores de toda la zona. Se agasajó a los niños, que por supuesto ese día tuvieron asistencia perfecta. Al mes siguiente se hizo presente el nuevo titular, Sr. Ferroni, y ya entre los maestros estaba Pedro Ulloa, que permaneció 20 años en la escuela, y se convirtió en su director cuando se provincializó. Todos: docentes, padres, alumnos y comunidad habíamos participado con nuestro esfuerzo en la concreción de la nueva escuela, así que la felicidad y el orgullo eran enormes. Ulloa se ocupó mucho de que los alumnos plantaran árboles y sembraran flores, lo que contribuyó a que nuestro lugar de trabajo fuera cada vez más agradable. Por ausencia de algunas maestras, que se trasladaban por contraer enlace, se nombró a la señorita Arabella J. Hunt, de Trelew.

Anexo a la escuela, se edificó un internado escolar, por iniciativa de la firma Mauricio Braun, de la Estancia Quichaura, que tenía el propósito de internar allí a chicos pertenecientes al personal de la estancia. Cuando el edificio estuvo terminado, no hubo acuerdo en la superioridad sobre quien sería responsable de su administración, y esta situación demoró por ¡doce años! su habilitación, hasta que la implementación de un sistema de internados escolares en el nivel provincial permitió encuadrar también al internado de Tecka. Nuestra escuela Nº40 también fue reformada y ampliada con los años, para dar cabida a la creciente población escolar.

No todo era trabajo. Éramos personas jóvenes y formábamos grupos compartiendo muchos ratos de esparcimiento. Gendarmería había creado su club social: “Dele, dele” al que nos invitaban a las maestras a bailar y compartir actividades, aunque ellos por disciplina poco participaban de esa vida social. Muchos de nosotros conocimos en Tecka a quienes serían nuestros cónyuges. Rosita Nizetich se casó en 1948 con un alférez de Gendarmería, y al ausentarse ambos, llegó de San Martín, distante 100km, un matrimonio; ella maestra: Teresa Antonio, y él como Jefe de Gendarmería: Oscar Quiroga. Julia García, se casaría con un oficial del ejército que estaba a cargo del grupo de soldados que se encargó del tendido de la línea telefónica entre Esquel y Comodoro Rivadavia. Pedro Ulloa también formó su familia en Tecka. Arabella Hunt, se casaría con Otto Junkers, proveedor de la estancia La Mimosa. Yo misma, conocí en Tecka a mi futuro esposo, Joaquín González de Quevedo, hijo de don Manuel, que como mencionara, integró la sociedad de El Mapuche. Joaquín había cumplido con el Servicio Militar en Trelew y al regresar, se empleó en una empresa que había contratado Vialidad Nacional para la ejecución de la ruta Tecka-Corcovado. Nos casamos en 1949, a dos años de haber fallecido su padre, y establecimos nuestro hogar en Tecka, aunque su familia se mudó a Capital Federal. En 1950, mi esposo, que por entonces ya trabajaba para Vialidad Nacional, tuvo un ascenso y fue trasladado a Esquel. Gestioné mi pase a la Escuela Nº20 y meses después, con una niña de meses en brazos, pudimos reunirnos nuevamente en familia.

A finales de 1949, y durante dos años, Estela Siena, maestra, se radicó en Tecka con un traslado desde Tierra del Fuego, y en 1953, fueron nombrados otros dos jóvenes: Octavio Crespo y mi hermano Hanzel Davies. Durante un período de vacaciones, ambos se dedicaron a pintar íntegramente la escuela. Mientras tanto, Pedro Ulloa persistió en su tarea de instruir a los alumnos, en particular a varones, en trabajos manuales prácticos y en tareas de huerta. Ya siendo director, gestionó becas para que alumnos egresados de la escuela continuaran sus estudios en Lincoln, provincia de Buenos Aires. Los dos maestros jóvenes permanecieron pocos años, y continuarían luego con sus estudios superiores: Octavio (Bin) estudiaría abogacía, y Hanzel, medicina. Ambos residen hoy en Buenos Aires. Cuando Hanzel se enteró de que estaba escribiendo algunos recuerdos sobre Tecka, me envió unos dibujos que había hecho durante su paso por el pueblo y que había conservado todos estos años, a pesar de mudanzas de ciudades y domicilios. Agregó con simpatía y respeto un comentario a algunos de los bocetos, y al verlos evoqué la imagen real de cada uno de los personajes, a quienes obviamente yo también había conocido.

Así transcurrió mi vida en Tecka, donde sin duda adquirí una importante y grata experiencia que cimentó mi tarea docente. Me dio oportunidad de conocer muchos aspectos de la vida en el interior de la provincia, y a valorar el sacrificio de muchos maestros norteños, que venían al sur a hacerse cargo de escuelas precarias en lugares desérticos, con pocos recursos y escasos sueldos, para formar niños en la escuela de la vida e inculcar tenazmente el patriotismo. En su futuro fueron hombres de bien; muchos se arraigaron y otros buscaron nuevos horizontes al igual que sus maestros

Resido actualmente en Trelew, pero no olvido a Tecka y me alegra cada uno de sus progresos, porque sé de primera mano lo que significan: la pavimentación de las rutas 25 y 40, las nuevas viviendas, el Gimnasio, ¡el gasoducto! Ojalá la vida más confortable, las fuentes de trabajo y una política sostenida de promoción del interior chubutense, permitan a la población permanecer y expandirse.

Es sorprendente. Pasé cinco años de mi juventud en este pueblo, entonces inhóspito y aislado por las deficiencias de las comunicaciones. Pero es raro el día en que no recuerde o me hagan recordar algún episodio ligado a ese período de mi vida. Y lo más importante, es que son recuerdos gratísimos: el colaborar en abrir el mundo del conocimiento para nuestros chicos, el ayudar, el ser útil, el trabajar por logros comunitarios…son todas acciones que -lo puedo afirmar a mis 85 años- tienen mucho que ver con la felicidad verdadera.

 

 

Gweneira Davies de González de Quevedo

o como me conocían mis alumnos: La señorita Blanquita

Trelew, agosto de 2008



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