sábado, 25 de abril de 2026

Abierta bahía austral, ubicada al sudeste de la isla Hoste, frente al sudoeste de la isla Navarino, y limitada por las penínsulas Pasteur-por el norte- y Hardy -por el sur-, conocida también como Tekenika.

Al sur de esta bahía se fundó, en 1891, una misión protestante al ser trasladada la que se encontraba en las islas Wollaston desde 1888. En esta misión se estableció el matrimonio Burleigh junto con los aborígenes comarcanos, actividades que se mantuvieron hasta 1906, fecha en que fue mudada hacia el norte, al río Douglas, en la isla Navarino.

Los aborígenes de esta zona fueron reconocidos, por primera vez, por los integrantes de la expedición de Robert Fitz Roy. En esa oportunidad, al encontrar nativos, se les preguntó su nombre, a lo que ellos respondieron “tekenica” (no entiendo), y así fueron llamados. Actualmente, se los conoce con las dos variantes de yaganes o yámanas, mientras que la bahía conserva la primera denominación.

Fitz Roy consideraba que, en sus días, habría unos 500 “tekenicas”.

Sobre su población, comentaba el salesiano De Agostini a mediados del siglo XX: “Hace apenas 50 años, surcaban silenciosas aquellas aguas centenares de canoas, y de las florestas se levantaban numerosas columnas de humo, dando una nota de vida y de poética belleza a aquellas apartadas soledades. Ahora todo es desierto y silencio; únicamente se ven pastar en algunos trechos de la costa, despojada de árboles, algunos rebaños de ovejas, que señalan las primeras tentativas del hombre civilizado para explotar aquellas tierras (…)”.

Paralelo a la obra misionera, incursionaron enviados por el gobierno chileno, y el 09/05/1896 un diario de Buenos Aires relataba los abusos cometidos allí, según el Diario de viaje de Carlos de Lahitte: “(…) Encuentro cerca del arroyo Ushuaia la india Nechten metida en el agua helada y casi por caer en un síncope. Un preso y el cabo de los gendarmes la tienen allí a la fuerza, porque han recibido orden de lavar y jabonar esa mujer. La temperatura es de 5 grados; hago ver todo con testigos y tomo sobre mí la responsabilidad de hacer cesar esa escena bárbara”.

No hay ni un trapo para secar a la pobre mujer que tiritando se retira de allí. Con suma facilidad se habría podido calentar agua como se hace hasta con los perros.

Los casos que he citado, podrían ser acompañados de muchos otros, así que cuando oiga decir que un indio de Tierra del Fuego ha matado a un aventurero, pensaré: “Puede ser que sea un marido que ha vengado la deshonra de su mujer, un padre que ha defendido a sus hijos que querían robarle (…)”.

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