sábado, 29 de agosto de 2026

El rapto de indígenas para diversos fines fue una costumbre muy extendida entre los conquistadores y navegantes que recorrieron las costas, canales e islas de la Patagonia y la Tierra del Fuego desde principios del siglo XVI. Los cuatro pueblos originarios que habitaban esa vasta región, aónikenk, yámana, kawésqar y seIk’nam, quedaron expuestos a la violencia de los visitantes extranjeros que no dudaron en capturarlos para exhibirlos en delirantes exposiciones, que los emplearon como esclavos en fatigosos trabajos o que los confinaron a estrechos lugares privándoles de su tradicional libertad de movimientos y, con ello, de la esencia de su existencia.

Los abusos contra las sociedades indígenas del extremo más austral del continente americano continuarán con cada vez más violencia desde el último cuarto del siglo XIX, a medida que la presencia del hombre blanco en su territorio se hizo más constante. El final de este encuentro fue trágico para los nativos, que varias décadas después serían totalmente exterminados, asesinados por los colonizadores o muertos por las enfermedades que éstos les contagiaron. El naturalista Charles Darwin, poco sospechoso de congeniar con los indígenas a los que, desde su prejuicioso espíritu victoriano, consideraba seres inferiores, anotaba en su diario: “¿cuánto más horrible es aún el hecho cierto de que se asesina a sangre fría a todas las mujeres indias que parecen tener más de veinte años de edad! Cuando protesté en nombre de la humanidad, me respondieron: Sin embargo, ¿qué hemos de hacer? ¡Tienen tantos hijos esas salvajes!” (Darwin, 1942: 140). El recuento de las atrocidades es sobrecogedor y merece la pena detenerse en alguna de ellas.

El 27 de marzo de 1871 el gobernador de Magallanes Oscar Viel envió una expedición militar en busca de un grupo de kawésqar acusados de robar ganado en Agua Fresca, provocando seis muertos entre los indígenas y tomando presos a doce niños. Precisamente, el mismo gobernador envió a un grupo de indígenas para que fueran exhibidos como feroces antropófagos en la Exposición del Coloniaje, celebrada en Santiago en septiembre de 1873. Al año siguiente, otro enfrentamiento similar arrojó un saldo de seis hombres y dos mujeres asesinadas y tres niños capturados, todos pertenecientes al pueblo kawésqar, en un nuevo ejemplo de la salvaje desproporción del castigo aplicado a los indígenas sospechosos de latrocinio. En 1878 la goleta Rescue, uno de los barcos que por aquella época se dedicaban a la búsqueda de naufragios, propiedad del armador Heyward Atkins, atracaba en la bahía Gretton en las islas Wollaston. Enseguida se aproximó al barco un grupo de indígenas yámanas con sus canoas, a los que los marineros recibieron a tiros provocando nueve muertos. Poco después, en 1881, los marineros de otro barco ballenero que fondeaba en bahía Orange raptaron varias mujeres yámanas, asesinando a quince indígenas que se opusieron a tal salvaje secuestro.

 

Fragmento del libro “Menéndez, rey de la Patagonia”, de José Luis Alonso Marchante

 

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