Décadas después, esa relación tendría en Trevelin uno de sus espacios más recordados.
Héctor Sánchez Oyarzo, conocido por todos como “Chicho”, nació en Chaitén en 1950 y se crió desde muy pequeño en Futaleufú. Fue el tercero de dieciséis hermanos, hijos de Ramón Recaredo Sánchez y Antonia Oyarzún.
En 1989, junto a su compañera de vida, Edita Álvarez, “Edy”, emprendió otro de aquellos cruces cordilleranos y se estableció en Trevelin. Aquí construyeron su vida sin abandonar aquello que traían consigo.
Chicho fue dueño del recordado El Campesino, un bar sencillo pero lleno de vida. Allí había guitarras, acordeón, partidas de truco, risas y conversaciones largas entre amigos.
Pero cerca del 18 de septiembre ocurría algo especial. Llegaban las Ramadas de Chicho.
Durante varios años, familias de ambos lados de la cordillera se encontraron allí para celebrar las Fiestas Patrias chilenas. Había cueca, folclore, cumbias, comidas y tradiciones. Edy preparaba cientos de empanadas y toda la familia participaba de la organización.
Chicho tenía su propia manera de anunciar que la celebración comenzaba: llegaba vestido de huaso y a caballo y daba inicio a la fiesta con un brindis de chicha.
Muchos vecinos de Trevelin todavía recuerdan aquellas ramadas. Y quizás eso sea lo más valioso: cada uno parece guardar una anécdota diferente.
Alguno recuerda la música. Otro, un baile. Otros seguramente recuerdan las empanadas de Edy, alguna situación divertida, una conversación, un encuentro o simplemente la sensación de estar allí.
Cuando una celebración permanece de esa manera en los recuerdos de una comunidad, deja de pertenecer únicamente a quienes la organizaron. Pasa a formar parte de la memoria del lugar.
Las Ramadas de Chicho celebraban una tradición chilena, pero alrededor de ellas se reunían familias chilenas y argentinas, vecinos de Trevelin y personas llegadas desde Futaleufú.
Durante aquellas noches no hacía falta explicar demasiado qué significaba la hermandad entre ambos pueblos, simplemente se vivía.
Lo que llevamos de un lado al otro
Quizás por eso hablar de la comunidad chilena en Trevelin requiere ir un poco más allá de reconocer su aporte. Porque después de tantas generaciones resulta difícil establecer dónde termina una influencia y comienza otra.
La presencia chilena está en familias que hoy son profundamente trevelinenses. Está en apellidos, comidas, músicas y recuerdos. Está en quienes trabajaron en chacras, estancias, aserraderos, caminos y comercios. En los hombres y mujeres que llegaron buscando una posibilidad y construyeron su vida de este lado.
Pero el intercambio nunca ocurrió en una sola dirección. También hubo argentinos que cruzaron para trabajar, visitar, bailar o formar una familia. Hubo costumbres de este lado que viajaron hacia el otro. Hubo palabras compartidas y maneras de habitar la cordillera que terminaron pareciéndose.
Eso es lo que vuelve tan interesantes a los territorios de frontera.
Una frontera establece hasta dónde llega un Estado. La cultura, en cambio, difícilmente pueda encerrarse detrás de esa línea.
Se mezcla. Se transforma. Se comparte.
Hoy Trevelin y Futaleufú hablan abiertamente de hermandad. Existen relaciones institucionales, culturales, deportivas, comerciales y turísticas que mantienen unidos a ambos pueblos.
Pero esa hermandad no comenzó con un convenio.
Mucho antes estuvo en las personas. Estuvo en aquella balsa atravesando el Río Grande. En quien cruzaba con mercadería. En los jóvenes de Trevelin que se preparaban para ir a un baile en Chile y quedarse algunos días. En las familias que tenían parientes a ambos lados. En Chicho llegando a caballo para inaugurar una ramada.
Y estuvo también en quienes hicieron el recorrido por primera vez sin saber exactamente qué encontrarían al llegar.
Como aquella pequeña niña de la canción. Podemos imaginarla avanzando por el paso de Lago Puelo con su muñeca entre los brazos. En algún momento el cuerpo se cansó. Había que continuar caminando y algo debía quedar atrás.
La muñeca quedó en el camino. Ella siguió.
Probablemente allí haya una imagen capaz de representar muchas historias de esta Patagonia: personas que cruzaron llevando consigo aquello que podían cargar y dejando atrás una parte de su mundo.
Pero quienes atravesaron la cordillera nunca llegaron con las manos vacías.
Trajeron memorias, conocimientos, músicas, sabores, palabras y formas de entender la vida. Del encuentro con quienes ya estaban aquí surgieron nuevas familias, nuevos recuerdos y nuevas maneras de pertenecer.
Por eso recuperar estas historias no significa solamente mirar hacia Chile. Significa volver a mirar Trevelin y reconocer una parte de nosotros mismos.
La muñeca quedó en algún lugar del camino. Pero las historias, las costumbres y los afectos siguieron cruzando.

