domingo, 18 de enero de 2026

Fue uno de los últimos irreductibles. Feliciano Purrán, pewenche, señor de los pasos cordilleranos, lonko de gran poder y riqueza basada en las haciendas que poseía, el ganado que nunca le faltó y en minas de oro que -se dice- explotaba en secreto.

Nacido en las cercanías de Mendoza, formó parte de los grandes cacicazgos de Neuquén, junto a Reuquecura – hermano de Calfucura-y Valentín Sayweke. Estaba casado además con una de las hijas de José Santos Kilapán, estableciendo los cuatro una alianza militar de respeto.

El coronel argentino Manuel Olascoaga -un conocedor de la sociedad mapuche cuya historia contaremos más adelante lo retrata de la siguiente forma en una Memoria de 1876:

Al lado Sud de este río (Neuquén) distante de él unas 10 o 12 leguas vive el cacique principal o gobernador como allí le llaman, Feliciano Purrán jefe de una tribu bastante numerosa. Recibe mucha protección de Chile paradas o Parlamentos que anualmente reúne. Es muy rico y mantiene y un sueldo de 100 pesos al año. Usa vestuario completo de general en las relaciones con muchos de los principales hacendados del Sud de Chile. Las tribus que más inmediato le obedecen son las que viven en el río Negro y el Limay. Todas estas tribus, entre las que destacan los caciques Yancaqueo y Zúñiga, compondrán unos 5.000 hombres de pelea.

Su apogeo lo vivió en las décadas de 1860 y 1870, reuniendo en los Füta a una treintena de lonkos, inan lonkos y Trawun (grandes juntas) miles de guerreros. Ello lo transformó en objetivo clave de las fuerzas chileno-argentinas apenas se dio el vamos a las últimas ofensivas militares.

Una carta fechada en 1876 del entonces coronel Julio Roca al ministro de Guerra, Adolfo Alsina, da cuenta de aquello:

Me dicen que hay indios muy ricos y muy adelantados entre los pewenches. Purrán, cacique importante cuida bastante número de vacas que algunos hacen subir a diez mil […] parece pues que está de por medio el honor de la Nación en averiguar qué hay de verdad en todo esto y qué provecho se puede sacar de estas tribus; saber si son aptos o no para el trabajo o tienen que sucumbir como los pieles rojas ante las necesidades crecientes de la civilización.

Como otros importantes jefes mapuche, Purrán mezcló hábilmente durante dos décadas la guerra y la negociación con las autoridades de ambas repúblicas, optando por el repliegue en la alta cordillera cuando el cerco militar comenzó finalmente a cerrarse sobre él y sus aliados.

En 1879, en plena expedición de las tropas del general Roca, Purrán propuso al gobierno trasandino un acuerdo de paz. La respuesta fue una expedición militar en su contra encabezada por el teniente coronel Napoleón Uriburu, que partió desde el fuerte San Rafael hasta Chos Malal, su territorio.

El 16 de diciembre del mismo año, asediado por diversos frentes, Purrán escribió una extensa y reveladora carta al teniente coronel Rufino Ortega, a cargo del Fuerte Chos Malal: Tengo reunidos tres mil hombres de pelea, que no molestan, y otro mil en el territorio sud que defienden intereses y vidas. Usted, señor Ortega, nos hace proposiciones de amistad, pero es usted quien debe mandar un jefe a parlamentar, porque yo me considero en mi casa y usted es un forastero. Si usted se muestra caballero nosotros corresponderemos igual, si usted se muestra generoso, nosotros también lo seremos. He hecho hacer una junta general para consultar a los caciques sobre la paz. Comparecieron aquí con su gente de pelea Huentén, Meliqueo, Huenu-pi, Sayhueque, Namuncurá, Inacayal y otros veinte más […] Me suplican mis guerreros que les dé permiso para operar, pero espero los arreglos de amistad como mejor convenga.

Purrán sería capturado a traición pocas semanas más tarde, el 15 de enero de 1880, a orillas del río Biobío, en las cercanías de Lonquimay. Cayó en manos de los soldados justo cuando sellaba un acuerdo de paz con el mayor Manuel Ruybal de Chos Malal.

Ruybal con tropas del Regimiento General Lavalle N.º 11 de Caballería de Línea, había partido desde Campana Mahuida (cerca del actual Loncopué) con órdenes de seguir la huella de una rastrillada hacia la cordillera, llegando al caudaloso río Biobío, en cuya otra orilla acampaban Purrán y su gente.

Testigo de aquel encuentro y de lo que sucedió en los días posteriores sería el teniente coronel Guillermo Pechmann, en aquel entonces un soldadito de dieciséis años.

Según su relato, que aparece en su libro El campamento, 1878, Ruybal no esperaba encontrarse allí con Purrán. Se enteró cuando el chileno Domingo Cabeza, cuidador de los ganados del lonko, cabalgó hasta donde los soldados con ofrecimientos de paz y les confirmó su identidad. Allí también Ruybal se enteró de que había cabalgado hasta el mismísimo río Biobío, territorio que los argentinos ya consideraban “chileno”.

“Bueno, vaya, dígale a Purrán que yo soy el mayor Ruybal, jefe del Ejército que viene más atrás, que no vengo a pelearlo, que traigo orden del gobierno argentino para arreglar las bases de un tratado de paz, que haga recostar su gente a su derecha que por la izquierda también vienen tropas que lo pueden pelear y que enseguida me mande dos caciques para empezar los tratados”, fue la orden del alto oficial. Todo, por cierto, era mentira.

“Nosotros pasábamos momentos de angustia por las tropas de la izquierda que no eran otras que el alférez Ferreyra y apenas diez hombres.

Fue verdaderamente una imprudencia. Felizmente el gran cacique creyó la inventiva”, relata Pechmann. Purrán toma nota del mensaje y envía al chileno Cabeza con la respuesta; tampoco quiere guerra, ofrece retirar su gente, pero si Ruybal quiere que le mande dos caciques a parlamentar debe mandar también dos oficiales

Ruybal, cuenta Pechmann, quedó admirado de la respuesta. Dispuso entonces acampar a orillas de un monte cercano y mando nuevamente exigir a Purrán alguno de sus jefes con quién entenderse al chileno a garantizando que sería bien recibido.

“Purrán accedió y mandó un capitanejo, acompañado de dos paisa una balsa; el enviado fue recibido con cariño y agasajado nos que guiaban por el mayor, quien lo esperaba en la orilla del río con sus intérpretes, el sargento Valdivieso y el alférez Ferreyra, quien también hablaba la lengua araucana”, cuenta Pechmann.

Tras media hora de conferencia el mayor les regaló cuatro yeguas de racionamiento como gesto de paz, regresando con el encargo de decir a Purrán que cruzara el río al día siguiente. Pero Purrán, desconfiado, no cruzó ni al segundo ni al tercer día.

En el intertanto enviaba diversos werken donde Ruybal para disculparse. Estos, relata Pechmann, “eran bien obsequiados como los anteriores pese al creciente desagrado del mayor”. A todos los enviados por Purrán el oficial argentino prometía el oro y el moro. Según Ruybal, el gobierno les daría tierra y útiles de agricultura, racionamiento, ganado y además serían tratados como ciudadanos argentinos con todos sus derechos.

Fragmento del libro “Historia secreta Mapuche”, de Pedro Cayuqueo

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