
La tarea evangelizadora iniciada por el padre Santiago Costamagna apenas llegado al río Negro, se continuó sin interrupción en los días siguientes a pesar del cansancio causado por el largo e incómodo viaje. Apenas dispone de un tiempito escribe a Don Bosco para comunicarle el fausto acontecimiento de haber llegado a la Patagonia, concluyendo su comentario con esta expresión: “Cuán cierto es que en estos instantes uno olvida por completo cuánto ha debido sufrir para llegar a esta meta”.
El 1º de junio era la fiesta de Pentecostés. El ministro de Guerra ordenó que ese día se celebrara Misa con Te Deum “en acción de Gracias al Todopoderoso por el feliz arribo de la expedición a ese punto y la toma de posesión de la nueva línea de fronteras interior de la República” (Orden Del día). Monseñor Espinosa celebraba en un altar preparado sobre una cureña; el padre Costamagna, sentado al armonio, que todavía sonaba después haber aguantado el traqueteo y sacudidas de la carreta desde Buenos Aires hasta el río Negro, tocaba y cantaba junto con Botta.
En la misma fecha el padre Costamagna bautizó a 40 adultos y al día siguiente 25 pequeños. Pero no descuidaron los misioneros tampoco a los cristianos, eran los capellanes del ejército. Como tales querían que los soldados cumpliesen con el precepto pascual antes de dispersarse a sus respectivos destinos. En efecto no fueron pocos los que se confesaron y comulgaron antes de proseguir las campañas previstas para completar los objetivos de la expedición.
La explicación debe buscarse en que los misioneros se habían ganado el afecto de todos. Los doctores Doering y Lorente, que no eran católicos, dejaron esta impresión sobre los capellanes-misioneros: “Eran caballeros modestos y agradables, de los que con placer nos recordábamos… Hemos admirado la tranquila abnegación de estos prelados en el cumplimiento de su misión voluntaria, cambiando las comodidades de la pacífica vida urbana, con los riesgos de un viaje molesto y peligroso a través del desierto y en plena estación de invierno”.
El 5 de junio dan por finalizada su misión en Choele-Choel para dirigirse a Patagones. Apenas la claridad del día lo permitió, vadearon el río y emprendieron la marcha hacia Conesa bordeando la margen derecha del río. Cinco largas jornadas emplearon para llegar a esa colonia indígena, formada hacía poco tiempo, andando de sol a sol y a veces más. Apenas se detenían para comer y descansar lo indispensable. El poco variable menú solía reducirse a mate y churrasco, churrasco y mate.
Ante los insistentes ruegos de los pobladores se detuvieron tres días en Conesa para atender las necesidades espirituales de esa colonia cuyos integrantes vivían en la más lastimosa miseria. El 12 de junio recorren el tramo entre Conesa y Guardia Mitre. A pesar de las insistencias de la gente para que se quedaran unos días no les fue posible satisfacer este legítimo deseo por la premura que tenían de llegar a Patagones. Por esta razón partieron a hora temprana el día siguiente, llegando con el crepúsculo a destino, después de haber galopado 18 leguas.
Cualquiera pensaría que se habrán tomado un prolongado y bien ganado descanso después de semejante viaje desde Buenos Aires hasta Patagones que les insumió dos meses, con los medios de locomoción que hemos reseñado y el trabajo realizado durante todo ese tiempo; pero no, a la mañana siguiente ya están otra vez trabajando. Durante esos días y hasta el 24, fecha en que se clausuró, los ex capellanes del ejército predicaron una misión en Patagones y, concluida, la repitieron inmediatamente en Viedma.
El 4 de julio se alejaban del río Negro en el acorazado Los Andes; el 9 anclaban en Buenos Aires dando término a su primera correría misionera por la Patagonia; quedaba abierta la puerta para el establecimiento definitivo y emprender en forma organizada la conquista espiritual del sur argentino. Ese mismo sentimiento lo transmite a Don Bosco el arzobispo de Bue-nos Aires pocos días después: “Finalmente ha llegado el momento en que le puedo ofrecer la misión en la Patagonia, que le estaba tan a pecho, así como la parroquia de Patagones que puede servirle como centro de misión”.
La tarea será ardua; el escenario, amplio y reacio, abarcaba desde el Sur de la provincia de Buenos Aires y la Pampa hasta Tierra del Fuego, pero ahí estaban esos hombres dispuestos a todo. No les arredraba la exigüidad de los medios, ni la inclemencia del clima, ni la aspereza del suelo, ni las distancias inconmensurables. Su ideal misionero hallaba en la Patagonia el escenario apropiado para la realización de sus más fervientes anhelos; los animaba su fervor de apóstoles y una voluntad indoblegable dispuesta a no escatimar sacrificios. “Gigantes no fueron los primitivos hombres de la Patagonia, pero deberán serlo los que se animen a vivir en ella”, había escrito Alberdi, y los misioneros demostraron que fueron gigantes; sólo así pudieron afrontar con éxito las exigencias que requería la tarea que debieron cumplir.
“Patagonia, tierra de hombres”, Clemente Dumrauf
