San Martín se definía a sí mismo como “un hombre cuya juventud fue sacrificada al servicio de los españoles y su edad media al de su Patria”. Esta partición de su existencia revela el peso de una misión que asumió con una profesionalidad e intransigencia inigualables, dando forma al destino en estas tierras, tal como se lo había anticipado su compañero, amigo y hermano de causa Manuel Belgrano, quien tempranamente le había anticipado: “… porque estoy persuadido que con Usted se salvará la Patria”. Sin embargo, detrás del estratega que planeó el cruce de Los Andes con una visión continental, el Gobernador Intendente de Cuyo, el impulsor de la Declaración de Independencia y el Protector del Perú latía un espíritu que sentía la vida pública como una carga pesada. En la intimidad de su correspondencia, llegó a confesar que el tiempo en que ejerció el mando fue, en sus propias palabras: “la desgracia de ser hombre público”.
Esta aparente contradicción es lo que lo define como el hombre del destino: alguien que, despreciando el poder, el lujo y la ostentación, se vio obligado por las circunstancias a ser el árbitro absoluto de la suerte de grandes Estados. Su desprendimiento era tal que se retiró del mando expresando: “tengo derecho a disponer de mi vejez” tras haber entregado sus mejores años a la causa de la libertad de América. San Martín no buscaba la gloria personal, a la que llamaba un “juguete” propio de ánimos ordinarios, sino que aspiraba a ser valorado por la verdadera justicia de la posteridad.
En su paso por la gestión pública, demostró que la ilustración y el fomento de las letras eran las verdaderas llaves para la felicidad de los pueblos, incluso más poderosas que los ejércitos para sostener la independencia. A pesar de los ataques de la maledicencia y la calumnia que lo persiguieron durante toda su vida, su brújula siempre marcó un camino integro y de principios, en pos de la libertad e independencia, tanto personal como colectiva. Su ética era inquebrantable: “No he tenido más ambición que la de merecer el odio de los ingratos y el aprecio de los hombres virtuosos”.
San Martín es el paradigma de la utopía del líder ético posible, aquel que cumplió su palabra empeñada y luego, con la misma firmeza, supo retirarse para que los pueblos decidieran su propio rumbo. Su legado no son solo victorias por la independencia americana, sino la convicción de que “serás lo que hay que ser, si no, eres nada”. Su destino fue la libertad de América; el nuestro, ser dignos de su ejemplo de integridad y compromiso por el bien común, recordando una de sus sentencias: “Al americano libre corresponde trasmitir a sus hijos la gloria de los que contribuyeron a la restauración de sus derechos”.
Por Juan Marcelo Calabria, escritor y docente, para Los Andes

