sábado, 7 de marzo de 2026
Carlos Pellegrini (en el centro) junto a amigos, en la casa de Carlos Torcuato de Alvear.

En 1895, el censo industrial registraba unos 23.000 establecimientos fabriles en todo el país, con más de 165.000 obreros y un capital de 475 millones de pesos. Entre los rubros más significativos figuraban los relativos a la alimentación, vestido y tocador, construcciones, muebles y metales. Los propietarios y los obreros eran en su mayoría de origen extranjero, y se calculaba que el 80 por ciento de los trabajadores eran inmigrantes. La mayor parte de los establecimientos tenía características casi artesanales. Sin embargo, también en este aspecto la década de 1890 difiere de la anterior: si en los años 80 se podía crear una industria con una inversión pequeña, ahora resultaba imposible repetir semejantes hazañas sin un capital más importante. A los que intentaron iniciar una industria sin el aval de un capital sólido, pronto se les volvió necesario buscar un socio o un comprador. Y los capitales nacionales preferían dirigirse al campo, donde las ganancias eran seguras.

Así, en la última década del siglo aparecen capitalistas, más que industriales en su sentido específico. Como resultado de este fenómeno, la clase industrial tuvo como característica el estar constituida por personas vinculadas a la actividad agrícola-ganadera, conectadas a los circuitos comerciales y financieros, con buenas relaciones en los círculos del Estado. Los casos de Carlos Pellegrini, miembro del directorio de la Cervecería Bieckert, de Luis Zuberbühler, presidente casi perpetuo de la Bolsa de Comercio, propietario de extensos campos, que hacia fines de siglo estableció una fábrica de artículos de algodón y lana, o el de Nicolás Mihanovich, dueño de grandes propiedades rurales, fundador del frigorífico La Blanca y creador, al mismo tiempo, de una de las flotas navieras más importantes del país, ilustran esta doble condición.

En 1897 se reinició el pago de los intereses regulares de la deuda externa. En 1899-1900 se estimaba que esta salida de dinero equivalía al 35 por ciento de los ingresos generados por la exportación, una cifra alta, pero desde luego mucho menor que el 60 por ciento de 1890. La rebaja en el pago de la deuda se debía al crecimiento de las exportaciones, a la diversificación y mejor calidad de los productos que se enviaban al exterior y a la aceptación de los artículos del país por parte de los mercados europeos.

El asombroso éxito que iba cerrando una década tan sombría como la iniciada con la crisis del 90 se debió no solamente al trabajo de todos y a la confianza de los inversores, sino también a medidas que se tomaron como consecuencia de la crisis misma. Las medidas restrictivas y proteccionistas, la desvalorización del peso papel y la necesidad desesperada de exportar actuaron como elementos de estabilidad en una estructura económica que era sustancialmente sana, pero que sólo entonces pudo superar las consecuencias del descontrol de los años anteriores.

 

 

Fragmento del libro “La época de Roca”, de Félix Luna

 

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