sábado, 7 de marzo de 2026
Auguste Guinnard, francés cautivo en la Patagonia entre 1956 y 1859, personaje incluido por Julio Verne en su libro “Los hijos del Capitan Grant”

Vi después a los tehuelches, raza de nómadas muy atrasados y de los más pobres, cuyas costumbres son sumamente primitivas. Su idioma, así como su persona, tiene algo de feroz; articulan sonidos excesivamente guturales, que al principio se creería pertenecen a una lengua diferente de la de otros patagones; sin embargo, aguzando el oído, me fue fácil comprenderlos. La blancura de mi cuerpo pareció preocuparles mucho, así como el color de mis cabellos, muy largos ya y enrojecidos por la acción del sol. Señalaron el deseo de oírme pronunciar algunas palabras en francés, que fueron objeto de hilaridad general.

Estos indios son de una estatura un poco inferior a la de los patagones orientales y los puelches; no son menos notables por la regularidad de sus formas. Tienen los hombros muy grandes y bien conformados, el pecho muy arqueado, los brazos y piernas de mediano grosor, los pies muy grandes y chatos. La cabeza es grande, la frente descubierta y prominente; los pómulos son muy salientes, el rostro chato, el mentón un poco avanzado, la boca grande, generalmente entreabierta, los ojos negros, muy grandes y horizontales, y tienen una expresión de mirada feroz. Una nariz a menudo aguileña, larga y flaca, de ventanas abiertas, les da un falso aspecto de aves de rapiña. Tienen los labios algo gruesos y las orejas grandes y alargadas por toscos adornos hechos por ellos mismos, que les caen sobre los hombros. Llevan generalmente los cabellos enrulados sobre la cabeza, lo mismo que las indígenas del Paraguay. Se sirven de arcos y flechas, y manejan muy bien la honda -uitru cura vey-, el lazo y la boleadora -locayo-, especie de juego de bolas en número de tres, fijas a correas de cuero de igual longitud y hechas generalmente de piedra dura o de una especie de granito muy común en sus regiones. Se sirven de ellas con suma habilidad alcanzando a gran distancia a la llamas salvajes -guanacos- que cazan a pie.

Ninguno de estos indios posee caballos. Los más jóvenes se lanzan a perseguir la caza y se limitan a matarla, dejando a las mujeres y los viejos la tarea de desarrollarla y transportarla al hombro, mientras ellos siguen cazando. También tienen la costumbre de depilarse todo el cuerpo; pero, poco preocupados por ideas de coquetería, se contentan con pintarse burdamente el rostro. Son muy ágiles en la carrera, y casi infatigables. Los he visto correr muy rápido durante varias horas seguidas sin experimentar fatiga alguna.

Estos indios son muy sobrios comparados con la mayoría de los patagones, a pesar del gran ejercicio que hacen durante la caza. Es casi inútil agregar, si se piensa bien, que su comida se compone especialmente de carne cruda, de raíces o aun vacas marinas, porque se lanzan igualmente a pescar varios días durante el verano. Sus regiones son estériles y se extienden hasta a más de 200 leguas del límite sur del río Negro. Durante el invierno se acercan sensiblemente a los contrafuertes de los Andes, que les ofrecen un abrigo más seguro contra la intemperie y donde encuentran gran cantidad de arbustos para un buen fuego.

Su vestimenta se compone de una especie de camisa de mangas cortas, hecha de cueros de vaca marina superpuestos20 y aumentados con un cuero de llama perfectamente curtido, cuya piel, más tibia, ponen junto al cuerpo. Esta vestimenta está generalmente ajustada a la cintura y avivada exteriormente por dibujos extraños que les dan un aspecto grotesco. En los combates estas vestimentas hacen papel de corazas; a ellas agregan una especie de sombrero chato y redondo, formado por dos cueros gruesos, cosidos juntos, y sólidamente fijados por debajo del mentón. La libertad de que gozan estos indios entre ellos es excesiva, y puede juzgarse por esta referencia: en las otras tribus, si un visitante tiene hambre, se cuida mucho de hacérselo notar a sus huéspedes, quienes, por lo demás, no vacilan en ofrecerle más alimentos de los que tomará; por su la- do, el tehuelche, si siente necesidad, no se ve constreñido por etiqueta alguna. Entra en la primera ruca que encuentra, reanima el fuego y se apodera, sin decir palabra, de un trozo de carne que pone a asar o come cruda, según le parezca; después de los cual se marcha tan mudo como entró, sin inquietarse por la presencia del jefe de la casa, que por su parte lo mira hacer con tanta indiferencia como si estuviese ya habituado.

Los tehuelches parecen ser menos accesibles todavía al sufrimiento que los otros nómadas. Con la mayor sangre fría se curan por sí solos las heridas, aun las más graves, sin dejar oír jamás una queja. Las mujeres se ocupan de las labores de la casa y ayudan a los hombres en la fabricación de los makunes trulques -mantas de cuero- y de los quillangos -alfombras- que solamente difieren unos de otros por el tamaño. Estos objetos se hacen de cuero de guanaco y de sanu -mofeta- que las mujeres untan con hígado mascado y que enseguida curten a mano, frotándolos vigorosamente. Terminada esta operación reúnen artísticamente los diversos cueros suprimiendo todas las partes defectuosas y los cosen muy finamente con las fibras extraídas de la carne. Este trabajo dura meses enteros; es toda una obra de paciencia. Cuando está terminado, los indios estiran las pieles en todos sentidos y aplanan las costuras por medio de una piedra arenosa que al mismo tiempo les sirve para frotar toda la pieza a fin de dejarla completamente suave; enseguida proceden a adornar el cuero, sobre el cual trazan, con rojo y negro, dibujos extraños y caprichosos con los que cubren todas las costuras. Estas mantas, que buscan generalmente los indios puelches, patagones y pampas, son muy apreciadas por los es- pañoles. Los tehuelches, los poyuches y los patagones, que pasan la mayor parte del año cubiertos con estas especies de vestimentas, pue- den exponerse a los fríos más intensos sin sentir sus efectos.

Como ya lo habían hecho los poyuches, los tehuelches me vendieron por espíritu de especulación a los patagones orientales, que se prometieron actuar de la misma manera a mi respecto. Esta sucesión de nuevos amos estaba lejos de serme agradable, y casi siempre yo salía perdiendo en el cambio. Sin embargo, esta vez experimenté menos repugnancia, pues mis nuevos amos me parecían tener algo más de humano en su porte. Me parecieron de una estatura cerca de los seis pies; su tipo se me figuró poco diferente del de los puelches. Encontré su busto tal vez un poco más largo, en comparación con su talla; y por cierto que, vistos a caballo, se los puede creer fácilmente más grandes de lo que son en realidad. Sus miembros están bien proporcionados; la cabeza es ancha, casi cuadrada, el cráneo aplastado, la frente muy arqueada, y el mentón prominente, lo cual, con la nariz larga y delgada, les da un perfil singular. Tienen los pómulos muy salientes, los ojos un poco horizontales; pero la forma en que se depilan las cejas y se pintan de negro la comisura del párpado inferior no ha contribuido poco a hacer creer que tienen los ojos en verdad horizontales.

Tienen la boca grande, los labios un poco gruesos, pero menos que los de los tehuelches, los dientes pequeños, bien ordenados y de una blancura deslumbrante, que se destaca aún más por el color pardo de la piel. Tienen los hombros muy grandes y bien formados, el pecho regular, los senos muy acentuados. Tienen pequeños los pies y las manos en comparación con la talla, y las uñas graciosamente arraigadas, que usan muy largas.

He estado continuamente en situación de juzgar la fuerza de los patagones y, como testigo de sus numerosos ejercicios puedo afirmar, sin que se me tache de exagerado, que supera en mucho a la de los europeos. He visto a estos hombres capturar hábilmente con el lazo a un caballo salvaje, detenerlo súbitamente en su carrera desenfrenada, resistir solos el choque terrible del animal que se abalanza y mantenerlo así hasta el momento en que, a causa de la estrangulación, rueda por la tierra; pero jamás he notado en estas suertes de ejercicios que sus músculos fuesen más aparentes que en su estado normal. Me parece que no se podría atribuir a la destreza semejante resultado. Además, la organización física de los indios es muy superior a la de los hombres civilizados; soportan con mayor facilidad las fatigas y las privaciones prolongadas, durante viajes de dos y tres meses, que hacen casi sin descansar, galopando día y noche. Cuando van a cometer pillajes a 400 y 500 leguas, fuera de los 20 o 30 caballos que cada uno arrea, llevan sólo lazos, lanzas y boleadoras, de que se sirven tanto para procurarse medios de subsistencia como para combatir. Apenas si algunos, los más glotones solamente, ponen entre los cueros que hacen el papel de sillas, un poco de añime-hilo -carne cortada en láminas delgadas, salada y secada al sol que comen con yiuviñ -mezcla de grasa de potro y de vaca-. Los más pobres llevan solamente un chasi cofke -especie de pan de sal cocido en la ceniza del fuego de estiércol, después de molido y sazonado con hierbas olorosas-, que se hacen pasar de vez en cuando para lamerlo solamente cuando se hacen sentir demasiado el hambre y la sed.

Al contrario de las partidas que son en masa, el regreso de estas expediciones cargados de su botín los obliga a distanciarse mucho unos de otros a fin de poder conservar cada uno el número de animales robados; porque suele ocurrir a menudo que algunos escapan a su vigilancia y van a engrosar el botín de sus compañeros, que se niegan a devolverlos. Solamente los perezosos o los que sucumben al peso de la fatiga están expuestos a perder el fruto de su saqueo; pero estos casos son raros, porque su actividad y su avaricia son tales que aún mucho tiempo después de su regreso al seno de sus hogares respectivos vigilan asiduamente noche y día sus tropillas. Se eximen de esta carga fatigosa solamente los que tienen familia o consienten en pagar generosamente a uno de sus vecinos para ejercer esta vigilancia. Hasta las mujeres emprenden este género de ocupación, y por lo general obtienen una retribución mucho mayor que los hombres.

Cuando se pierde un animal, los indios hacen activas búsquedas en todas direcciones, y son tan hábiles que casi siempre lo encuentran. Cualquiera sea la naturaleza del suelo, cubierto de una espesa capa de pastura o de la esterilidad más completa, o aun también muy fangoso, reconocen las huellas de su paso a la primera mirada, aunque estén en me- dio de una gran cantidad de rastros de animales de la misma especie. Están dotados de tal sagacidad que en sus exploraciones reconocen el paso de las tropillas de cristianos, sobre cuyas huellas se lanzan sin tardanza.

 

Fragmentos de “Tres años entre los patagones” – Auguste Guinnard

 

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