
Remontémonos hasta aquellos lejanos días de la segunda mitad del siglo XIX, en los que Richard Jones Berwyn, un joven maestro, pregonaba entre sus conciudadanos galeses la conveniencia de emigrar a la Patagonia.
Su prédica, y la de muchos otros que pusieron su fe en estas tierras, no fue desoída y así, el 28 de julio de 1865, un contingente de colonos galeses llega a nuestras costas y se instala en el lugar que hoy ocupa la ciudad de Rawson.
Podemos afirmar, junto con Edward Thomas Edmundo, que “uno de los capítulos más interesantes de la historia de la colonia galesa del Chubut es la crónica de los esfuerzos que realizaron los primeros colonos para impartir la enseñanza primaria y secundaria a sus hijos. Desde el principio mismo se preocuparon de organizar reuniones de culto, escuela dominical y escuela primaria, aunque esta última fue algo irregular en su funcionamiento durante los primeros años”.
Y era de esperar. Las dificultades que imponía la vida, el clima riguroso, los fracasos de la siembra, la falta de víveres, hicieron que los colonos no pudieran ocuparse como hubiesen querido de la educación de sus hijos.
Recién en la primavera de 1868, Berwyn siente renacer su vocación de maestro y organiza la primera escuela.
No había, entre los precarios edificios levantados, alguno que pudiera ser usado como aula, de modo que la enseñanza se impartía al aire libre. Tampoco se poseían elementos didácticos, ni útiles de trabajo. Pero el maestro no desesperó. Su vocación era firme y su ingenio suficientemente rico como para superar las carencias que debía afrontar.
Para enseñar el alfabeto recortaba los titulares de los diarios, de viejos diarios que alguien había traído consigo, y los colocaba sobre una tabla, en su orden. No había lápiz, ni papel, ni tampoco libro de lectura, solamente La Biblia. Sin embargo, Berwyn no desfalleció ante estos obstáculos. Llevó a los niños mayores a las lomas a buscar piedras grandes y lisas para que hicieran las veces de cuadernos, y otras piedras afiladas y más blandas para ser usadas como lápices.
Como los libros de texto no podían hallarse en las lomas, el maestro compuso uno por su propia cuenta y ese fue el texto que se usó por muchos años en las escuelas de la colonia. Este interesante libro describe el lugar y da precisas nociones de la Patagonia. También están allí expresadas las razones que trajeron a los colonos al Chubut, y en su parte final una canción de cuna susurra a los jóvenes: “recordemos el idioma y cuidemos el espíritu de nuestros mayores; para nosotros aquí nacidos, éste es nuestro querido terruño”.
En estas condiciones enseñó el animoso maestro durante tres largos años, solamente en los meses de verano, ya que en 1871 un hecho inesperado les va a brindar la posibilidad de contar con el primer “edificio” escolar. Ese año llegó a la costa del río Chubut el vapor inglés “Unión”, el cual tras encallar naufragó. Todo lo que se pudo rescatar del barco fue aprovechado por los colonos del valle. Fue así como la cabina del capitán fue trasladada íntegramente hasta la loma de Rawson, sirviendo como aula durante varios años.
Recién en 1877 se construye la primera escuela con paredes de ladrillos y techo de zinc. Al año siguiente, 1878, se funda en Rawson la primera escuela nacional y para ella, el presidente Nicolás Avellaneda designa preceptor a Tomás Thomas y preceptora a su esposa Emilia de Thomas.

Y las escuelas se siguieron multiplicando. En 1882 la enseñanza se impartía en castellano en las dos escuelas nacionales que ya funcionaban y en las cuatro restantes se dictaba en galés.
Con la llegada de Raúl Díaz se comienza a operar una verdadera transformación de la cultura de la colonia, porque todas las voluntades se van a fusionar en una misma obra creadora.
La historia continúa. Las dificultades también. Pero la voluntad humana puede más que las limitaciones a las que se ve sometida si la guía la fuerza de ideales perennes.
Sirva esta breve reseña histórica como un aliciente más para la diaria batalla que hoy libran los docentes patagónicos, y como homenaje de sincera admiración a quienes fueron pioneros en esta loable empresa.
Texto de “Puerto Madryn. Vuelo hacia el recuerdo” – Hugo Antonio Albaini
