domingo, 29 de marzo de 2026
Herodes I El Grande

El rey tenía ya sesenta años, sufría achaques y estaba paranoico. Antipater era su único heredero, aunque tenía muchos otros hijos disponibles para heredar su reino. Por ese motivo, Salomé, la hermana de Herodes, empezó a conspirar contra él; descubrió a un sirviente que afirmaba que Antipater planeaba envenenar a Herodes con una misteriosa droga. Antípater, que se hallaba en Roma reunido con Augusto, regresó precipitadamente y cabalgó a toda velocidad hasta Jerusalén donde fue detenido antes de poder ver a su padre. Durante su juicio, le administraron la droga sospechosa a un preso, que cayó muerto. Más torturas revelaron que una esclava judía propiedad de la emperatriz Livia, la esposa de Augusto y ella misma una experta en venenos, había falsificado unas cartas con las que pretendían incriminar a Salomé antes de que ésta pudiera descubrir la conspiración de Antípater.

Herodes le envió las pruebas a Augusto y redactó su tercer testamento en el que le dejaba el reino a otro de sus hijos, Antipas, aquel Herodes que más tarde se cruzaría en el camino de Juan el Bautista y de Jesús. La enfermedad de Herodes alteraba su capacidad de juicio y debilitaba el férreo control que ejercía sobre la oposición judía. Hizo instalar un águila dorada sobre la gran puerta del Templo. Algunos estudiantes se encaramaron al tejado, bajaron por una cuerda haciendo rappel frente al patio abarrotado de gente y retiraron el águila. Las tropas de la fortaleza Antonia se precipitaron al interior del Templo, los detuvieron y los llevaron ante Herodes, que yacía enfermo en su lecho. Ante el rey, los estudiantes insistieron en que estaban obedeciendo a la Torá. Los culpables fueron quemados vivos.

Herodes se derrumbó. Padecía una horrible y atroz putrefacción: comenzó en forma de un picor que le cubrió todo el cuerpo acompañado por una sensación de quemazón en los intestinos; los pies y el vientre se le hincharon, y la enfermedad se complicó con una ulceración del colon. Su Muench cuerpo empezó a supurar un fluido translúcido, apenas podía respirar, TERRE emanaba un hedor insoportable y ponzoñoso, y los genitales se le hincharon hasta un punto grotesco, hasta que el pene y el escroto reventaron en una gangrena supurante de la que después nació una masa de gusanos. El rey que se pudría imaginó que su salud mejoraría en el cálido ambiente de su palacio de Jericó. Sin embargo, su sufrimiento se intensificó y se hizo llevar a los baños sulfurosos de Calírroe, que todavía existen en el mar Muerto, pero el azufre no hizo sino agravar su dolor. Le aplicaron un tratamiento con aceite caliente y se desmayó. Entonces fue llevado a Jericó donde ordenó convocar a la élite del Templo de Jerusalén a la que encerró en el hipódromo. No parece probable que tuviera la intención de ejecutarlos a todos, sino que parece más bien que quisiera abordar la cuestión de la sucesión con delicadeza, manteniendo bajo custodia a todos los notables problemáticos.

Alrededor de la misma época, nacía un niño llamado Josué ben José, o (en arameo) Jesús, hijo de un carpintero, José, y de su adolescente prometida María (Mariamna en hebreo), residentes en Nazaret, en Galilea. No eran más ricos que cualquier otro campesino, pero se dijo que descendían de la antigua casa de David. Viajaron hasta Belén donde nació un niño, Jesús, «que será el Pastor de mi pueblo, Israel». Después de ser circuncidado en el octavo día, según san Lucas, «llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor» y ofrecer el tradicional sacrificio en el Templo. Una familia próspera solía sacrificar una cabra o incluso una vaca, pero José sólo se podía permitir un par de tórtolas o de pichones de paloma.

El Evangelio según san Mateo explica que Herodes, mientras yacía moribundo en su lecho, ordenó a sus tropas que liquidaran a este niño davídico matando a todos los recién nacidos, pero que José se refugió en Egipto hasta enterarse de la muerte de Herodes. Es indudable que circulaban numerosos rumores mesiánicos, y es muy posible que Herodes temiera un pretendiente al trono del linaje de la casa de David, pero no existe ninguna prueba que demuestre que el rey había oído hablar de Jesús, ni tampoco de que ordenara una matanza de inocentes. No deja de ser irónico que a este monstruo se le recuerde sobre todo por el único crimen que no cometió. En cuanto al niño de Nazaret, no se vuelve a oír hablar de él hasta pasados unos treinta años.

 

Texto de “Jerusalén, La Biografía” – Simón Sebag Montefiore

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