Hacia fines del siglo XVIII y la primera mitad del siguiente, Gales fue escenario de una serie de transformaciones económicas, sociales y religiosas. Entre 1770 y 1851 la población aumentó a más del doble, pasando de 500.000 a 1.163.000 habitantes. Para entonces, la creciente presión demográfica y el deterioro de las condiciones socioeconómicas, agudizadas por las desigualdades entre galeses e ingleses, reactivaron la emigración, que había estado estancada durante décadas. Miles de galeses partirían principalmente a ciudades de Inglaterra y algunos destinos de ultramar como los Estados Unidos, Australia, Canadá, Nueva Zelandia y Sudáfrica. Aunque también hubo presencia de colectividades de ese origen en lugares tan diversos como México, Chile, Francia, Rusia, Brasil y la India.
A principios del siglo XIX ya se percibía un alto grado de enfrentamiento, entre la elite dominante y los habitantes comunes, por intereses contrapuestos en lo económico, pero también en lo político, religioso y cultural. Las aristas más notables de este proceso estuvieron dadas por el avance de los terratenientes ingleses o fuertemente anglizados -permítasenos el neologismo- sobre las tierras de los galeses; la exclusión de éstos de los gobiernos locales dominados por los terratenientes; la persecución religiosa por parte de la Iglesia Anglicana contra el culto evangélico practicado por los galeses; y un sistema educativo que ignoraba sus tradiciones culturales y excluía el uso del cymraeg, el idioma galés.
Dicho sistema educativo, dominado por la National Society, impartía educación en inglés para niños que en su mayoría no lo hablaban. Incluso se los llegó a penalizar a los escolares con castigos corporales o prácticas estigmatizantes, como el célebre “Welsh Not”, un dispositivo consistente en una placa o cartel, que les era impuesto en el caso de ser sorprendidos hablando en galés, lo que les podía significar una golpiza por parte del resto, En lo confesional, la National Society estaba ligada a la Iglesia establecida y sus enseñanzas; mientras que la British Society entidad alternativa vinculada con el No Conformismo- que abogaba por la libertad de conciencia, postulaba la educación universal de carácter cristiano, pero no denominacional. Para 1847 el Gobierno inglés -preocupado por el crecimiento del no conformismo, las deficiencias en materia educativa y el desasosiego causado por levantamientos rurales producidos en las últimas décadas ordenó efectuar una inspección sobre el estado de la educación en Gales. Las conclusiones obtenidas sindicaban al idioma galés y al disentimiento religioso como las principales causales del “primitivismo”, el “atraso” y la “inmoralidad” del pueblo de Gales, especialmente los de sus mujeres (sic). Estos gratuitos agravios inferidos por parte de los comisionados encargados de efectuar el informe, conocido popularmente como el “Libro Azul”, terminarían provocando el efecto contrario al esperando, ya que exaltaron la opinión de la gente común a favor su idioma e identidad nacional, y situaron al No Conformismo en el lugar del auténtico representante de la nacionalidad galesa.
Todo esto se produjo en el contexto de una época de resurgimiento cultural, signado por la realización de numerosos eisteddfodau, competencias literario-musicales, las que a la vez se transformaron en foros de debate de variados temas. Fue en dicho marco que tuvo lugar la conjunción-tal vez impensada en otras circunstancias entre religiosos no teocratizantes, liberales radicales, y nacionalistas que reivindicaban tradiciones paganas de la época de los druidas.
En la esfera religiosa, la Iglesia Anglicana era minoritaria entre la población galesa, ya que una parte importante había abrazado credos no conformistas en sus distintas denominaciones: bautistas, independientes o congregacionistas y fundamentalmente metodistas. Ocho de cada diez galeses concurrían a servicios religiosos brindados en las capillas de esta denominación. Además de reductos religiosos, en las capillas y su anexo, el vestry, se desarrollaban actividades educativas y culturales, como la escuela dominical, reuniones corales y los eisteddfodau, e incluso recreativas y deportivas, por lo que constituían verdaderos nodos sociales con un importante rol en la preservación y difusión de la lengua y la cultura galesa, tanto en el ámbito rural como en el urbano. Esta imbricación entre idioma nacional, el espacio sagrado y las prácticas religiosas, hizo que a mediados del siglo XIX el galés fuese percibido como “la lengua del cielo”. También era la lengua del trabajo y de las artes, mientras que el inglés era la de los negocios, del comercio y de la “ambición”. Asumido como símbolo de un heroico pasado, el idioma también expresaba las diferencias sociales -у étnicas que enfrentaban a los mineros y campesinos galeses con los ingleses, o galeses anglizados, pertenecientes a las clases media y terrateniente; la explotación a manos de estos últimos y la inhumana fuerza del industrialismo. Luego, la asociación entre no conformismo y el idioma nacional convirtió al movimiento religioso en un sinónimo de la identidad galesa; mientras que su lucha contra la persecución religiosa de la Iglesia Anglicana, sobre todo en el tema del diezmo, lo ungió como una verdadera causa nacional.
Texto de “Chupat-Camwy Patagonia” – Marcelo Gavirati

