
El ingreso de una masa tan grande de inmigrantes ocasionó desequilibrios evidentes: por ejemplo, la falta de vivienda, ante la cual la ciudad no podía ofrecer una respuesta adecuada. La gran demanda hizo que aumentaran los precios de los alquileres y el valor de la propiedad, de lo cual surgió la especulación, que trató de sacar mayor partido de la renta. Aparecieron entonces los conventillos, en donde, según las cifras, en 1887 vivía la cuarta parte de la ciudad
El conventillo pasó a la historia principalmente de la mano de los narradores y autores de teatro. Novelistas como Francisco Siccardi autor de El libro extraño, publicado en 1894, así como el sainete, teatro de destino popular, escenifican sus historias en estas viviendas alquiladas por cuartos, en los que se hacinaban familias enteras, sufriendo los efectos de tal modo de vida.
En 1880, dice José Panettieri, autor del libro Los trabajadores, el salario era de 1,50 pesos oro; en 1885, de 1,95. Pero los efectos de la crisis lo hicieron bajar a 0,81 en 1891, es decir que entre 1885 y 1891 se operó una reducción del 54 por ciento. Mientras tanto, los precios de los artículos de consumo diario se mantenían en sus niveles y los precios de los alquileres aumentaban vertiginosamente.
Los trabajadores carecían de toda protección legal. Sus jornadas de trabajo se extendían de diez a doce horas en invierno y nueve en verano. Los empleados de comercio no tenían descanso ningún día de la semana. Los índices de mortalidad eran muy elevados, y aumentaban a medida que las condiciones de vida se volvían más precarias. En 1889, el 80 por ciento de los enfermos de tuberculosis eran trabajadores que vivían en la zona de los conventillos. Santiago de Estrada describe la práctica de la “cama caliente”, donde duermen “sucesivamente tres o más personas, que esperan a que les llegue el turno sentadas en los umbrales del conventillo”.
Comienzan entonces a suceder se las huelgas: en enero de 1888, los camareros de hoteles, los cocheros y los panaderos; en octubre del mismo año, los trabajadores del Ferrocarril del Sud; al mes siguiente, los obreros fundidores de la casa Bash. En enero de 1889 hacen huelga los obreros del Riachuelo y del ferrocarril a Rosario; en junio, los de las fábricas de cigarros.
Mientras tanto, los paseos por los bosques de Palermo muestran una forma de vida muy diferente: se trata de las familias tradicionales, que ostentan su riqueza, a la que, sin embargo, comienzan a acceder algunos advenedizos. En 1884, la provincia de Buenos Aires poseía el 61 por ciento del capital nacional, y la ciudad de Buenos Aires el 23 por ciento de esa cifra. La clase alta estaba radicada, en su mayoría, en esta provincia y en la Capital. El dinero se había convertido, en estos años, en una obsesión para todos, y los viejos valores de la vida social se habían transformado. Los jóvenes de la clase alta ya no quieren ser ni militares ni abogados; eligen ser propietarios de tierras, financistas, rematadores o corredores de Bolsa.
En el diario La Nación del 12 de septiembre de 1889 puede leerse que “es frecuente encontrarse con hombres y jóvenes que hace poco hacían antesala para obtener un modesto empleo o llevaban vida sencilla, arreglada a las circunstancias, arrellanados ahora en los mullidos cojines de sus elegantes carretelas, arrastradas por soberbios troncos y servidas por cocheros y lacayos de aparatosa librea”. El tren de vida, copiado de Europa, podía ser sostenido por los grandes estancieros, entre quienes se encuentran apellidos que habían empezado a destacarse en la época de Rosas o antes: Anchorena, Terrero, Sáenz Valiente, Cobo, Campos, Cascallares. Pero también el nuevo rico, aquel cuya fortuna había surgido de la especulación, frecuentaba los mejores sitios, comía en los mejores clubes y cafés, le traían sus caballos y la ropa blanca de Inglaterra.
Fragmento del libro “La época de Roca”, de Félix Luna
