domingo, 6 de septiembre de 2026
Grabado francés de 1770 que muestra Puerto Soledad, en las Islas Malvinas (Fuente: Universidad de Sevilla).

Hacia 1750, el gobierno de Madrid se alarmó al saber que el corsario británico George Anson había intentado ocupar las Malvinas. Las islas, consideradas por los documentos ingleses como “la llave de todo el Pacífico”, interesaron a dos marinos célebres, el capitán James Cook y el francés Luis de Bougainville.

Con la bendición del rey de Francia y el apoyo de los armadores de Saint-Malo, los mismos que habían dado su nombre, “malouines”, al archipiélago, Bougainville fundó allí el primer establecimiento europeo, Puerto Luis (1764). Necesitaba este abrigo para sus expediciones al Pacífico. Llevó unos 80 pobladores franco- canadienses. Casi sobre sus pasos se instalaron los británicos en Puerto Egmont, en las islas que el Reino Unido empezaba a denominar Falkland.

España reclamó y obtuvo que los franceses abandonaran Puerto Luis y que reconocieran su pertenencia al imperio hispánico y como los ingleses no aceptaron irse, en 1770 fueron desalojados por la fuerza por el gobernador de Buenos Aires, de cuya jurisdicción dependían las islas. El Reino Unido hizo aprestos de guerra y negoció las reparaciones de la injuria: se reinstaló; pero en 1774 hizo completo abandono del sitio y no volvió a establecerse.

Las Malvinas fueron destinadas a presidio. Cada tanto una embarcación navegaba del Río de la Plata al archipiélago.

Entre tanto y a medida que Gran Bretaña construía su imperio, el litoral austral se volvía más vulnerable. La publicación en el Reino Unido, en 1774, de Descripción de la Patagonia, libro del ex religioso jesuita inglés Thomas Falkner (1702-1788), denunció el estado de indefensión en que se encontraba el litoral sur. El autor, de larga actuación en Córdoba y en las reducciones de los pampas, en la sierra de Volcán (Tandil) explicó: “Sia una nación cualquiera se le antojase poblar esta tierra sería cosa de tener a los españoles en continua alarma”. Suponía el jesuita que los indios del Río Negro se enrolarían en la expedición y que esto facilitaría a los extranjeros conquistar el fértil reino de Chile.

Carmen de Patagones

Para contrarrestar estos y otros peligros, la Corona decidió crear el Virreinato del Río de la Plata y ordenó al virrey Vértiz que fortaleciera con urgencia el dominio sobre las Malvinas, la Patagonia y el Estrecho. A ese efecto debía fundar varias poblaciones y explorar las costas y los ríos.

Juan de la Piedra y Francisco de Viedma fueron los encargados de llevar a las familias de colonos reclutados en la Península a los sitios elegidos: la desembocadura del Río Negro, donde se fundó El Carmen de Patagones; la zona del golfo San José (Península Valdés, Chubut) y San Julián. En Puerto Deseado se instaló una pesquería a fin de aprovechar la riqueza de las loberías.

El Carmen de Patagones, sobre el caudaloso Río de los Sauces (Negro), es la única de estas fundaciones que sobrevivió. Los habitantes del precario caserío ocuparon en un principio las grutas que todavía se conservan en homenaje a los pioneros gallegos y maragatos.

Las tribus tehuelches de las inmediaciones entablaron buena relación con los vecinos del Carmen e intercambiaron pieles por aguardiente y yerba. La aldea se convirtió en un interesante punto de confluencias. La cultura tehuelche había incorporado algunos rasgos de los españoles. La ruca, vivienda del cacique y de sus chinas, se asemejaba a un rancho criollo. El juego de naipes, en barajas de cuero dibujadas por las mujeres indígenas, era uno de los pasatiempos favoritos.

Mono Los caciques brindaron información a las autoridades españolas acerca de las invasiones que planeaban las tribus araucanas sobre las poblaciones fronterizas de Buenos Aires. Por esa época los tehuelches, los araucanos, llamados también aucas, y los españoles rivalizaban por la ocupación de los oasis fértiles de la pampa y de la Patagonia. El caballo traído por los conquistadores ya era un elemento básico de la cultura de estas tribus. Lo usaban como medio de transporte en sus largas travesías y como arma de guerra, mientras que en las ceremonias fúnebres se había impuesto el sacrificio de yeguas.

Hacia 1800, cuando el Virreinato del Río de la Plata se perfilaba como una de las regiones más dinámicas del Imperio Español, la Patagonia y la Tierra del Fuego conservaban su misterio. A su vez el relevamiento científico seguía su curso como parte de la preocupación de la Corona por la frontera marítima de su Imperio.

El navegante Malaspina, cuya expedición (1789-1794) realizó observaciones directas de la costa sur, se mostró especialmente preocupado de reafirmar la soberanía española en las Malvinas entre los marinos ingleses y norteamericanos que pescaban y cazaban focas en sus costas. En relación al litoral, le recomendó al rey que era inútil intentar poblar en tierras inhabitables para los europeos.

 

Texto tomado del libro “La Argentina – Historias del Pais y de su gente” – María Saénz Quezada

 

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