viernes, 4 de septiembre de 2026

En uno de los pisos del Museo Regional Molino Andes de Trevelin se conserva un uniforme que, a primera vista, podría pasar simplemente por una pieza curiosa dentro de una colección mucho más amplia.

Tiene más de un siglo.

Perteneció a un joven nacido en el Valle 16 de Octubre y guarda una historia que conecta a la cordillera chubutense con los primeros años de un movimiento que después se extendería prácticamente por todo el mundo.

Su dueño se llamaba Gildas Kansas Jones.

Había nacido el 17 de septiembre de 1893 en el Valle 16 de Octubre, hijo de William James “Kansas” Jones y Ann Davies. Creció en una de aquellas familias establecidas en la región cuando la vida en el valle todavía estaba profundamente vinculada con las chacras, las grandes distancias y una comunidad que comenzaba a construir sus instituciones.

Sus primeros estudios transcurrieron en el Valle. Pero en 1908 ocurrió algo que cambia por completo la escala desde la cual podemos observar su historia: su padre lo llevó a Gales para continuar su formación en Aberystwyth.

Gildas tenía catorce años. Ese viaje ocurrió precisamente en un momento excepcional.

Un año antes, en agosto de 1907, Robert Baden-Powell había organizado en Brownsea Island, al sur de Inglaterra, un campamento experimental con veinte jóvenes. Allí puso a prueba algunas de las ideas que venía desarrollando alrededor de la observación, la vida al aire libre, la autonomía, el trabajo colectivo y el servicio.

Aquellos jóvenes todavía no conformaban formalmente una tropa scout como después sería conocida. Era una experiencia experimental.

El paso decisivo ocurrió durante 1908.

En enero comenzó a publicarse Scouting for Boys, el libro en el que Baden-Powell desarrolló su propuesta. El resultado superó ampliamente lo que inicialmente había imaginado: comenzaron a aparecer patrullas organizadas por los propios jóvenes en diferentes lugares de Gran Bretaña y, en poco tiempo, aquella experiencia empezó a convertirse en un movimiento.

Es exactamente en ese momento cuando Gildas aparece en Gales.

La reseña histórica que durante años acompañó su uniforme en el Museo Regional de Trevelin sostiene que en 1908 ingresó al naciente movimiento scout y que llegó a desempeñarse como ayudante de Scout Master aun sin haber alcanzado la edad de dieciocho años establecida para ese lugar. Las cintas rojas conservadas en una de las mangas del uniforme señalarían aquella responsabilidad.

Gildas estuvo en Gran Bretaña cuando el scoutismo acababa de comenzar a transformarse en movimiento.

Mientras en distintos puntos de aquel país muchachos empezaban a organizar patrullas inspirados por las ideas de Baden-Powell, un adolescente nacido a miles de kilómetros, en una colonia rural de la cordillera patagónica, formaba parte también de aquella experiencia.

Pensarlo solamente como una curiosidad biográfica sería perder una parte importante de lo que esta historia puede mostrarnos.

A comienzos del siglo XX, el Valle 16 de Octubre podía parecer geográficamente distante de los grandes acontecimientos del mundo. Los caminos eran difíciles, las familias vivían distribuidas en chacras y muchas comunicaciones requerían tiempos que hoy resultan difíciles de imaginar.

Sin embargo, la distancia no significaba aislamiento. Existían vínculos que atravesaban el Atlántico.

Personas que habían nacido en Gales conservaban relaciones familiares y culturales con aquel territorio. Jóvenes nacidos ya en Patagonia podían viajar para continuar sus estudios. Circulaban cartas, libros, noticias, conocimientos, prácticas religiosas, canciones e ideas.

Gildas es parte de esa circulación.

Su historia obliga a mirar el Valle desde una escala diferente. Mientras una comunidad se consolidaba en la cordillera, algunos de sus integrantes mantenían conexiones con acontecimientos y transformaciones que estaban ocurriendo a miles de kilómetros.

En 1912, Gildas regresó a la Argentina.

Volvió a la casa familiar y a la vida rural. Pero entre las cosas que atravesaron el océano con él había un objeto que terminaría convirtiéndose, muchas décadas después, en testimonio de aquella experiencia: su uniforme scout.

Ese regreso quizás sea una de las partes más interesantes de la historia. Porque los objetos no nacen siendo patrimonio. Durante mucho tiempo son simplemente parte de una vida.

Una prenda usada por un adolescente. Una fotografía guardada en un cajón. Una carta que alguien decide no tirar. Una herramienta que permanece en un galpón. Ninguno de esos objetos sabe todavía que algún día terminará dentro de un museo.

Es el paso del tiempo, y fundamentalmente las personas que deciden conservarlos, lo que comienza a transformar su significado.

El uniforme de Gildas siguió precisamente ese recorrido.

Años antes de morir, las distintas piezas quedaron distribuidas entre miembros de su familia. Permanecieron allí, dentro de una memoria familiar, hasta que pudieron volver a reunirse. En noviembre de 1992 sus descendientes entregaron el conjunto y sus accesorios al Museo Regional de Trevelin.

Gildas había muerto diez años antes, el 16 de agosto de 1982, en la misma localidad donde había nacido casi nueve décadas atrás.

El uniforme había realizado entonces un recorrido extraordinario.

Había acompañado a un adolescente del Valle 16 de Octubre durante sus años en Gales. Había cruzado nuevamente el Atlántico en 1912. Había permanecido durante décadas entre sus descendientes y finalmente había ingresado a una institución creada precisamente para conservar parte de la memoria de aquella comunidad.

Hoy continúa allí. Y quizás por eso su valor exceda ampliamente la antigüedad de la tela, las insignias o las cintas que todavía conserva.

Ese uniforme permite relacionar lugares y tiempos que, sin él, podrían parecernos completamente separados.

Aberystwyth y Trevelin. Los primeros años del scoutismo y las chacras del Valle 16 de Octubre.

Un movimiento que comenzaba a expandirse por Gran Bretaña y un joven nacido al pie de los Andes. Eso es también patrimonio.

No solamente conservar objetos antiguos, sino recuperar las relaciones que esos objetos todavía son capaces de revelar.

Un museo adquiere su verdadero sentido cuando una pieza deja de ser simplemente algo que miramos detrás de una vitrina y comienza a formular preguntas sobre el territorio del que formamos parte.

Hace más de un siglo, cuando Trevelin todavía comenzaba a tomar la forma con la que después lo conoceríamos, un adolescente nacido en este valle atravesó el océano, estudió en Gales y se vinculó con una experiencia que estaba dando sus primeros pasos y que terminaría convirtiéndose en un movimiento mundial.

Después regresó. Y entre todo aquello que volvió con él quedó un uniforme. Durante décadas alguien decidió conservarlo. Gracias a eso, todavía hoy puede contar su historia.

 

 

Por Katia Sarsa Williams para la Voz de Chubut.

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