sábado, 10 de enero de 2026
Mario Firmenich, Rodolfo Galimberti y miembros de la agrupación montoneros

La Contraofensiva montonera se definió en un plenario realizado en un convento italiano en enero de 1979. Montoneros evaluó que la dictadura no había podido cercar ni aniquilar la resistencia armada y que había logrado, incluso, la masificación progresiva de la resistencia obrera. Pero consideraba que la resistencia se había agotado “en su propio triunfo”. Se necesitaba el impulso desde el exterior, un “salto cualitativo” que obligara a la dictadura a retroceder.

El retorno no era, para Montoneros, la aceptación de la aniquilación de sus cuadros sino la continuidad del “camino del triunfo”.

En su mayoría, los militantes que se enrolaban en el exterior para la Contraofensiva ya habían sido detenidos durante el gobierno de Isabel Perón, pero no fueron sometidos a un proceso legal. Continuaron encarcelados durante la dictadura militar y luego aprovecharon la opción de irse del país, desde el calabozo hasta el avión, para lograr su libertad bajo promesa de no retornar.

La Contraofensiva también ofrecía la oportunidad de reintegrarse a Montoneros para aquellos que por distintos motivos habían quedado al margen de la Organización. Ahora podrían volver a ser militantes orgánicos.

El plan de la Contraofensiva se puso en marcha con tres fases. Primero, concentrar las fuerzas propias; después, aproximarse al territorio, y, por último, el ataque

España y México fueron las bases del reclutamiento montonero.

Cada base implicaba un camino diferente.

Desde Madrid se partía hacia Beirut y allí se completaba la formación del combatiente. Era el paso obligado de los miembros de las Tropas Especiales de Infantería (TEI).

En México se reclutaba y entrenaba a los que participarían de los pelotones de las Tropas Especiales de Agitación (TEA).

Ambas estructuras, TEI y TEA, no compartirían la información de sus objetivos ni tendrían puntos de contacto en la Argentina.

El primer escollo que afrontó la contraofensiva fue Galimberti. Su misión, como “comando adelantado”, era realizar contactos obreros en la zona norte del conurbano bonaerense, pero se reunió con un grupo de subordinados en Madrid y rompió con Montoneros antes de ingresar al país. No solo eso: inició una campaña de “contrareclutamiento” por Europa para impedir que militantes regresaran al país en los pelotones.

La Conducción no se detuvo a discutir su crisis interna; tampoco interrumpió el plan de ataque. Subyacía la idea de que Montoneros podía perder militantes pero no era en riesgo su existencia. Y la continuidad de esa existencia implicaba “ponerse a la vanguardia” de la lucha contra la dictadura.

Frente a la disidencia de Galimberti, la Conducción condenó a muerte a “los desertores” y suspendió la entrega de los aparatos de interferencia al primer pelotón TEA que debía entrar al país, hasta que no se libraran de las sospechas de haber sido infiltrados por el “galimbertismo”.

La situación comenzó a regularizarse en mayo de 1979 con la llegada del jefe de las TEA, Horacio Mendizábal, quien había sido desplazado de la jefatura del Ejército Montonero por haber revelado en una conferencia de prensa que Montoneros participaba de la creación de explosivos plásticos para la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en una fábrica del Líbano.

A medida que los pelotones de TEA ingresaban en el país se asentaban en las zonas Oeste y Sur, y en la Capital Federal.

En los tres grupos TEA (zonas Sur, Oeste y Norte) se gestaron críticas y rebeliones internas contra la conducción centralizada de la Contraofensiva, que facilitaba caídas en cadena cuando secuestraba a un jefe de pelotón o su asistente.

Los militantes reclamaban acciones autónomas, pero la Conducción, fuera del país, descalificó a los jefes que las concedieron. Esto sucedió con “Gerardo”, Adolfo González, jefe del primer pelotón TEA (Grupo I), que, una vez que vio el cuadro de situación en la Argentina, dio libertad a sus subordinados para volver al exterior, si lo deseaban. Montoneros luego los trataría de “desertores” y “traidores”, del mismo modo que a “Gerardo”, que fue acusado de “traición criminal”.

En ese mes de septiembre de 1979 comenzaron a producirse las caídas de los grupos TEA. El día 10, tras casi seis meses de permanencia en el país, fue secuestrada en su casa la “Chana”, Susana Solimano, ex esposa de Horacio Mendizábal. Tres días después, un grupo comando secuestró a la esposa y a dos hijas del jefe del primer pelotón, “Gerardo” González, en Munro. El hecho fue denunciado ante la CIDH y publicado en el diario The Buenos Aires Herald. El 17 de septiembre, Mendizábal y su asistente Armando Croatto fueron emboscados y ultimados en cercanías del supermercado Canguro, también de Munro. Aparentemente, habrían recibido una cita para encontrarse con otro asistente, el “Gallego Willy”, Jesús María Luján, quien a su vez aparecería muerto a golpes el 30 de septiembre a un costado de la ruta Panamericana.

La sucesión de caídas de las TEA continuó en octubre con el secuestro del jefe del segundo pelotón, de Zona Oeste, Daniel Tolchinsky, y otros integrantes del grupo, entre ellos, María Antonia Berger, que había sobrevivido al fusilamiento en la base naval de Trelew en 1972. Una militante de TEA, Adriana Lesgart, que había organizado las denuncias con familiares de desaparecidos para presentar a la CIDH, fue secuestrada luego de concurrir a la sede, el mismo día que la Comisión finalizó su tarea.

Los únicos que lograron sobrevivir fueron los grupos TEA de Zona Sur: se habían negado a hacer propaganda en las fábricas, como les habían ordenado sus jefes, y se emplearon en distintos oficios, como cobertura, mientras realizaban las interferencias.

Todas las estructuras de TEA que la Conducción había enviado al país para la contraofensiva ya estaban desarticuladas.

Todavía faltaban los ataques militares.

 

Fragmento del libro “Los 70, una historia violenta”, de Marcelo Larraquy.

 

Compartir.

Los comentarios están cerrados