miércoles, 29 de mayo de 2024
Peatones caminan frente a una manta colocada por organizaciones sociales en Buenos Aires.

Este sábado unas imágenes se volvieron virus: en una cancha muy primaria de un suburbio porteño, en uno de esos innumerables torneos donde los jugadores pagan por participar y esperan ganar el pozo que reúnen, un futbolista derribaba a un árbitro y, ya en el suelo, lo desmayaba de una patada en la cabeza. Se habló mucho: la violencia en el fútbol es un tema nacional. De hecho, la Argentina es el único país del mundo que prohíbe que los hinchas visitantes entren a los estadios, so pretexto de seguridad. El domingo un noticiero de televisión pudo entrevistar al pateador, Williams Alexander Tapón, un muchacho rubio al que llamaban Dimitri, 24 años, pelo a la futbolista, crucecita de plata colgando de una oreja. Tapón decía que el árbitro les cobraba todo en contra y en un momento él le pegó “sin darme cuenta, se me nubló, no fue queriendo”. Y que cuando “me rescaté” –cuando volvió a ser él– “ya era todo distinto”. “Ahora ya es todo distinto”, repitió, la voz de quien ha visto algo, y miró para abajo. Este lunes, Williams Alexander Tapón se mató de un tiro en la cabeza.

En Argentina, a veces, todo parece tan distinto.

Un día, cuando sea grande, voy a conseguir que alguien me explique la Argentina. No será fácil, pero va a ser un gran momento. Mi país, que suele jactarse de récords y más récords, ha conseguido uno sin par, que incluso sus competidores reconocen: es el mayor fracaso de este último siglo.

Tantos hechos lo confirman. Hace 100 años la Argentina era una de las diez naciones más ricas del mundo; hace 50 tenía 3% de pobres; ahora no tiene siquiera una moneda real y mantiene una deuda impagable, una inflación de más del 100% anual y un 40% de pobreza; casi el 10% de su población no come suficiente –en un país que se dedica a producir soja para los chanchos chinos.

Los números son claros, el proceso confuso. No es fácil caer tanto; es relativamente sencillo declinar un poco, avanzar uno o dos pasos, recular dos o tres. Pero es muy laborioso internarse sin vacilaciones en esa vía de degradación.

Ya veremos cuando me lo expliquen. Deberían ser capaces: los argentinos tenemos fama, en todo el ámbito del idioma, de ser algo así como elocuentes o floridos o vendedores de humo, según quién y cuándo lo diga. En todo caso, esa reputación de charlatanes bien articulados no se debe solo a nuestra vasta herencia itálica; fue, sobre todo, porque tuvimos uno de los sistemas de enseñanza pública más sólidos del mundo –que también se arruinó.

Así que ya veremos, pero, por ahora, esto de la escuela y la palabra ofrece una pista: quizá creemos demasiado en el discurso, hasta el punto de creer en poco más. Un ejemplo menor: en octubre hay elecciones presidenciales y el candidato oficialista peronista es su ministro de Economía, Sergio Massa, un abogado que asumió el cargo en agosto de 2022. Entonces había una inflación del 7% mensual, y su gran promesa inaugural fue que en marzo de 2023 la dejaría en 3%; en marzo la inflación fue del 8,4%, y sigue así. En un lugar menos dado a las palabras de colores, un fracaso semejante dejaría claro que el fracasado no es capaz; en la Argentina lo habilita para quererse presidente. Nos empeñamos en creer que lo que no es debería ser –o que al menos podría.

Como se empeñaron unos cuantos en suponer que un clown de extrema derecha, Javier Milei, podía guiar su lucha contra la “casta política” legalizando la venta de armas, de bebés y de órganos humanos. Y ahora se encuentran con que una docena de sus (ex) candidatos a diversos cargos ha denunciado que su (ex) líder vende esas candidaturas al mejor postor: 50 o 60.000 dólares por puesto. Pero todavía hay un 15% de la población que podría votarlo: nos empeñamos, sin duda, con vehemencia.

Igual que se empeñan muchos en creer que una desaforada ex izquierdista derechista, Patricia Bullrich, puede postularse con posibilidades diciendo por ejemplo que nuestro sistema educativo no funciona porque “la mitad de los alumnos de la universidad de Buenos Aires son extranjeros” cuando son, en realidad, el 5%. O prometiendo mano dura contra todos, bukelismo improbable en un país que ni siquiera los militares más brutales consiguieron doblegar por la fuerza. Y uno de cada cinco compatriotas –por lo menos– se empeña en creer que ella, ignorante y acomodaticia, sí podría.

Como se empeñan otros en torcer cualquier hecho: un candidato dizque centrista que hace un año parecía muy sólido y ya no tanto, el alcalde de Buenos Aires, Horacio R. Larreta, que llenó la ciudad de grandes edificios dudosamente habilitados, lanzó su campaña presidencial con una serie de actos que celebraron los 40 años de la llegada de la democracia. Para esa magna fecha todavía faltan cinco meses, pero entonces no le servirá porque las elecciones ya habrán quedado atrás. Nos empeñamos en creer que podemos inventar –hasta tal punto– nuestra historia.

Entre los cuatro estará el próximo presidente argentino. Y, por supuesto, ninguno explica cómo va a reparar el desastre económico que causa todo esto. Es más: todos ellos –salvo el vendedor de niños y de cargos– han sido parte de gobiernos que produjeron y profundizaron el desastre. No es fácil esperar mejor futuro de tan mal pasado. Pero sería liviano condenarlos: importa pensarlos como productos y referencias de un país que se cree lo que no puede ser, que insiste en elegir a los mismos que lo arruinaron y lo arruinan, que consigue suponerse una grandeza porque docena y media de sus muchachos –que viven y trabajan en Europa– ganaron un torneo de fútbol, y para festejarlo armó el mayor acto de masas de su historia: cinco millones de personas en la calle celebrando un hecho que no les cambiaría ni un poco las vidas muy difíciles.

Son difíciles: más de la mitad de los chicos argentinos son pobres y un tercio no come lo que querría. Pero, sobre todo, no tienen expectativas, esperanzas. Hace tres meses un chofer de colectivo/autobús/bus fue asesinado por unos ladrones en un suburbio bonaerense para robarle cuatro pesos. Sus colegas se cabrearon tanto que corrieron a trompadas al ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, un militar y matón consumado. La policía acaba de detener por el asesinato a un chico de 15 años.

Hace un mes en el Chaco, una de las provincias más pobres del país, un muchacho de 19 mató a su novia de 28, la descuartizó, la quemó, repartió sus pedazos y enseres por el campo e hizo asfaltar 500 metros de calle para tapar el sitio donde había enterrado algunos restos. Pudo hacerlo porque su padre, ex militante de los desocupados, se había hecho rico y poderoso manejando los dineros que el Estado entrega para construir vivienda social, alimentar a los más hambrientos y, sobre todo, asegurarse la –carísima– lealtad de esos dirigentes y sus seguidores. El padre y la madre del asesino poseían una granja, una chanchería, ocho o diez vehículos, mucho dinero en efectivo; ahora están presos por complicidad en el feminicidio de su adolescente.

El Estado fracasa de todo tipo de maneras. Hace un año un señor en Córdoba, una provincia más próspera, fue denunciado por sus vecinos porque tenía unos perros peligrosos sin la seguridad indispensable. La autoridad intervino: le pusieron una multa de 1.000 pesos –tres euros de entonces. Hace unos días sus perros entrenados mataron a dentelladas a una chica de 15 años. Los perros eran dogos argentinos, “la única raza enteramente nacional”, dice algún medio. En la misma provincia, poco antes, un chico de 13 años mató a golpes de piedra en la cabeza a su mejor amigo. Todavía no se sabe qué pasó, por qué lo hizo. Algunos dicen que para robarle, pero nadie lo sabe seguro.

No sabemos: eso es lo que sabemos. Es brutal ver cómo un país se degrada, se deshace, y sentir que no podemos hacer nada, que nuestra generación ya no hace nada bueno, que la siguiente no parece mejor, que nadie o casi nadie quiere o puede hacer nada por ahora, que millones se desesperan por lo que hacen sus dirigentes y los siguen votando y todo cae. Es duro ver cómo nos vamos a la mierda y a veces, cuando podemos, simulamos que es dulce de leche.

Por Martín Caparrós para El País

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