Los mamuelches tenían tal consideración por mí, que me ofrecían tomar parte en todos sus placeres y festines; así es como tuve ocasión de gustar sus licores. A pesar de todas sus amabilidades, pruebas evidentes del caso que hacían de mi persona, a menudo la alegría que manifestaban estos indios en mi presencia me recordaba más vivamente todavía mi triste posición y hacía más punzante el recuerdo de mi familia y mi patria. Entonces, lágrimas amargas invadían mis párpados.
Felizmente, los indios se engañaban en cuanto a su causa; les parecían tan naturales como las suyas, producidas por la embriaguez, y halagados al ver lo que creían no era más que un instinto de imitación, me prodigaban su tabaco en muestra de simpatía.
A veces me forzaban a cantarles algo en mi idioma. Sin poder sustraerme a su deseo, y aunque no tuviese ganas de hacerlo, les cantaba lo que me pasaba por la cabeza; después, como me pedían a menudo la traducción, se las daba siempre en su favor, de manera que los dejaba con la convicción de que sentía por ellos la más sincera amistad.
En mi infortunio, jamás había sido tan feliz como en medio de este pueblo, donde en mi calidad de chilca-tuvey -escribano del gran cacique- gozaba de la consideración general y de cierto crédito. A mi pedido, fui autorizado por Calfucurá para construirme una casita de junco, cerca de su tienda. Él se complacía en verme ejecutar esta obra, cuyo progreso seguía diariamente. Esta pequeña habitación estaba dividida de manera de ofrecerme todas las comodidades posibles. Era cuadrada y dividida en tres compartimentos, uno de los cuales me servía de dormitorio, otro de cocina y el último, que correspondía a la puerta de entrada, servía para depositar mi silla de montar y mis utensilios de caza. Yo había trenzado una red que, perfectamente tendida sobre un marco, me hacía las veces de lecho, y había levantado el nivel del suelo a fin de asegurarme de la humedad. El techo, chato y un poco inclinado, me servía de terraza; subía a él mediante una escalerilla de junco, cuyos escalones estaban fijados con trozos de lazo. En la cocina había excavado una especie de horno sobre el cual suspendía la carne que quería asar. Como estaba bastante lejos de los estanques, cavé un pozo de unos dos metros, donde depositaba el agua. Calfucurá me honraba a menudo con su visita, y cuando se presentaba en mi casa tenía la bondad de proceder con tanta benevolencia como cuando visitaba a sus amigos. Jamás se retiraba sin haber inquirido todo lo que podía hacerme falta, para enviármelo enseguida.
Sus mujeres, que eran por entonces 32, estaban encargadas de proveerme de alimentos, atención que sabía reconocer escrupulosamente con algunos favores que me valían toda su simpatía.
Calfucurá consagraba generalmente a su numerosa familia todos los instantes que no ocupaba con los visitantes y los negocios. Cuando recibía visitas, generalmente estaba acompañado por dos de sus esposas: una joven, la otra anciana. Compartía la comida con la primera, en tanto que la otra debía mantener su pipa constantemente llena y encendida. Iba y venía sin cesar para transmitir sus órdenes a unos y otros, y hacía distribuir bebida y comida a los visitantes. Calfucurá era padre de numerosos niños, pues cada una de sus mujeres le había dado niños y niñas, pero su larga edad no le permitía, por entonces, ser suficientemente cariñoso con las más jóvenes, y el resultado era que lo víctimas de infidelidades que mantenían despiertos sus celos. Como gozaba de una vida excelente, durante casi todas las noches salía sin ruido de su tienda y rondaba por los alrededores a fin de tratar de sorprenderlas en falta. Cuando así sucedía, las golpeaba, igual que a su cómplice, con un cuchillo o con una boleadora. Cuando había cumplido esta especie de recorrida, volvía a acostarse tan tranquilamente como si no hubiese pasado nada extraordinario; pero al día siguiente enviaba a buscar a los delincuentes y los hacía presentarse ante él: la mujer recibía una severa reprimenda; en cuanto al hombre, lo condenaba a pagar un fuerte rescate o a morir.
A pesar de sus 103 años, este anciano montaba a menudo a caballo y casi con igual ligereza que los más jóvenes. Le gustaba mucho la caza, en la que daba todavía pruebas de la mayor destreza y, en caso necesario, manejaba también la lanza con tanta soltura como el primero de sus soldados. Cuando lo rodeaba un auditorio numeroso, su voz grave y sonora dominaba el bullicio de la muchedumbre compacta, y se hacía escuchar, a menudo, durante muchas horas consecutivas; no se interrumpía sino para reanudar la perorata después de haberse tomado tanto tiempo para fumar algunas bocanadas.
A menudo se ha supuesto, como dice el mismo D’Orbigny, con falta de conocimientos positivos, que la lengua patagónica es poco amplia, hasta burda; que carece de términos para expresar completamente un pensamiento, una idea fija, o aun la pasión. Es un grave error. No hay que creer que los pueblos cazadores de que hablo, a veces aislados en bosques vírgenes, o lanzados en medio de las llanuras sin límites, están privados de formas elegantes del lenguaje, de figuras ricas y variadas; por el contrario, se expresan, según las circunstancias, con mucha claridad y hasta poesía. ¿Qué habrían podido decir entonces los infatigables oradores que he visto entre los patagones, entre los puelches, y aun entre los pampas y los mamuelches, y que tanto como Calfucurá, de quien he hablado más arriba, sabían emocionar tan bien a sus oyentes y animarlos con sus discursos? Su idioma, es cierto, se compone de un número limitado de palabras, unas para designar todos los objetos que tienen constantemente a la vista y otras como simples palabras convencionales, que entremezcladas e intercaladas de una u otra manera, dan expresión al pensamiento; pero la dan completa, sin lagunas ni imperfecciones.
Los indios saben contar perfectamente bien; emplean nombres de números que clasifican, como nosotros, por decenas. Llegan así hasta 100, y de 100 a 1.000, etcétera.
Aunque no saben leer ni escribir, resuelven casi instantáneamente cálculos que nos exigirían a menudo mucho tiempo. Para ello se sirven de pajitas de hierba, de trocitos de madera de distinto tamaño y también de guijarros. Unos, los más cortos o más pequeños, representan las decenas; y jamás se equivocan en sus cuentas, por importantes que sean. Enseñan esta ciencia a sus hijos desde muy chicos, de manera que, gracias a su prodigiosa memoria, hombres, mujeres y niños, indiferentemente, son capaces de asombrar a nuestros mejores calculistas.
Para ellos los años se cuentan de un invierno al otro; los llaman tri-pantu y los subdividen por lunas, que llaman kuyen. Si quieren hablar de la luna en que están, dicen tefa chi kuyen, y si de la por venir: kuyen ula. A falta de horas, calculan la duración del tiempo recorrido o por recorrer por la marcha del sol: la mañana o el alba se llama pu hiven, el mediodía, rañiantu, la tarde opey-pun, la noche pun. A pesar de toda esta posibilidad de darse cuenta exactamente de la duración de su vi-da, los indios no se preocupan por ello. Tienen también algunos conocimientos de astronomía, y saben perfectamente cómo orientarse de noche, mediante los astros, a los que dan nombres particulares. Este conocimiento, debo decirlo, fue el que ayudó a mi fuga.
Tres años entre patagones de Auguste Guinnard

