lunes, 15 de junio de 2026

Venancio se había instalado en Bahía Blanca alrededor del año 1827, lugar en el que, según Santiago Avendaño “fue bien recibido, gozando de todas las consideraciones que le correspondían a su rango. Y el gobierno lo puso a la cabeza de todos los indios que allí había. Su hijo Ramón fue solicitado por el gobierno para tenerlo en Buenos Aires”. El gobierno, en reconocimiento de sus fieles servicios en la guerra contra los ranqueles lo premió construyéndole una casa en Bahía Blanca para que se alojen él con toda su familia.

Rosas, no se sentía seguro frente a “indios amigos” al gobierno provincial y no obstante haber logrado un acuerdo con Calfucura, que observaba desde la “zona tribal” la evolución e integración de los competidores indígenas de prestigio que ensombreciesen sus ambiciones de poder como era uno de ellos: Venancio Coñuepan. Para resolver la cuestión elaboró un plan para Venancio buscando “la solución final” que le permitiese ir eliminando a este posible contrincante, y que bien lo narra Santiago Avendaño en sus “Memorias”:

“…En cuanto se vio seguro [Calfucurá], empezó a permitir a sus indios que fuesen a Bahía Blanca, so pretexto de comerciar. Con este motivo entabló relaciones secretas con algunos de los subalternos de Venancio Coñue-pang. Concertó con éstos, por medio de sus enviados secretos, que él (Calfucurá) montaría con su gente a caballo, en algún momento y que se echaría repentinamente sobre todos ellos con el objeto de acabar con Venancio Coñue-pang. Pero ellos (los subordinados de Venancio que tomarían parte en el motín), no temiesen ningún daño, y que ellos tenían que ser los primeros en engañar a Venancio, para que abriera la puerta de su azotea, pretextando que querían favorecerse allí por la invasión que avanzaría; y que, tan pronto como les abriese la puerta, lo asesinasen. Sucedió tal como Calfucurá lo había planeado. Cuando se presentó la ocasión, Calfucurá reunió a su gente y se dirigió a Bahía Blanca; se echó sobre las posiciones de Cañue-pang. Muchos de los indios que estaban con éste no ignoraban la trama y se guarecieron en la población. Los amotinados hicieron como estaba convenido; se presentaron en tropel a las puertas de su Cacique, pidiendo les permitiera refugiarse allí, pues la invasión amagaba de cerca . Venancio, queriendo amparar a su gente, abrió la puerta, y allí mismo fue degollado, quedando su casa y familia a discreción de los amotinados e invasores. Calfucurá triunfó nuevamente y arreó con cuanto hallaba a mano; cautivó las familias del difunto y destruyó su casa.

De esta catástrofe escaparon algunos, que viven cerca de Bahía Blanca desde entonces, mandados por el cacique Ancá-laf (Ancalao) (…) Se comprende que desde entonces existía una animosidad irreconciliable entre Ancá-laf y sus indios contra Calfucurá y contra todo lo que procedía de él”. (“Memorias de ex cautivo Santiago Avendaño”. M. Hux. Pág. 39-40, Ed. Elefante Blanco, 1999)

 

Fragmento del libro “Sobre la ocupación del norte de la Patagonia” de Miguel Contissa

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