domingo, 16 de agosto de 2026

Internándonos en Pampa del Castillo, se ven majadas y una tropilla de caballos pequeños y mal entrañados, de crines ocultas. Enclavadas en este páramo, respondiendo a exigencias menguadas encuéntrense las estaciones de Pampa del Castillo, Holdrich y Cañadón Lagarto.

Ínfimas poblaciones y una docena de casas, en las cuales seguramente la vida ha de ser insoportable. Diseminadas en los contornos del a estación, a la intemperie, se ven apiladas algunas mercaderías y numerosos fardos de lana, proverbial riqueza de la región, a la espera de vagones que los conduzcan a Comodoro Rivadavia.

Libre de cuestas que resten energías al esfuerzo de la máquina, el tres atraviesa veloz la pampa e inicia nuevamente el descenso. Tras sortear algunas cadenas de cerros, llegamos a Valle Hermoso, nombre que aplicado al paisaje es ironía y escarnio. En efecto, tratase de una superficie yerma en la que la aridez se manifiesta con toda crudeza y asume contornos de pesadilla. Dicen que otrora fue un valle fértil y que a ello debió su nombre, pero en el presente nada lo justifica. El tren hace su parada reglamentaria en Valle Hermoso, estación sin pueblo como la de Pampa del Castillo, y luego prosigue la marcha.

Franqueamos una pequeña cadena de cerros y súbito, por entre los paredones que forma la incisión abierta en el barranco para el paso del convoy aparece el valle en el que se encuentra Sarmiento.

La mutación del paisaje sobrecoge el espíritu de una sensación de bienestar y por instante se duda que después de tanta desolación exista un oasis de verdura como el que se extiende en toda la amplitud de la mirada. Hacia la derecha, una lámina plateada sobre la que se cierne ligera una bruma denuncia al lago Colhué Huapi y al frente, cerrando al horizonte en semicírculo, avizorándose los picos de la precordillera entre los que se destaca su mole el Cerro San Bernardo.

Como la pendiente es pronunciada el tren la inicia con lentitud. A medida que nos  íbamos al llano el agua del subsuelo revelase en la vegetación y en el crecimiento de los pastos. Nos acercamos rápidamente a Colhué Huapi, penúltima estación de la línea. Los terrenos de ambos lados de la vía aparecen cuidadosamente parcelados y bordeados de acequias, a cuya vera elévanse tupidas alamedas. El cultivo de preferencia lo constituye la alfalfa que al juzgar por la lozanía de las plantas acusa altos rendimientos. Las múltiples parvas de ese forraje esparcidas dentro de los cultivos tráenme reminiscencias provincianas.

En las numerosas lagunas y arroyuelos que salpican el terreno pululan miríadas de zancudos y palmípedas, como en los esteros de las provincias de Entre Ríos y Corrientes.

Patos, flamencos, gallaretas, avutardas y otras cuyos nombres desconozco escarban el légamo en procura de alimento y como nadie las persigue son de una mansedumbre extrema… la estación de Sarmiento punto terminal de mi viaje encuéntrase llena de personas que esperan el tren…

Al tercer día emprendo regreso. El tren reboza de pasajeros, venidos por la mañana de Comodoro Rivadavia a la exposición-feria realizada en el día, son gentes de negocios y comentan las alternativas de la oferta y la demanda, primando en los comentarios la animación…

En arribo a Comodoro, tres horas más tarde, en medio del oscurecimiento impuesto por la reciente disposición del gobierno de intervenir en la contienda (segunda Guerra Mundial) constituya para mí una novedad, pues durante mi estada en Sarmiento toda mi atención la he puesto en lo que veía. Además el problema de la guerra con toda la povorisidad que entraña, para estos tranquilos y felices pobladores es el motivo de risueños comentarios.

Me reintegro al trabajo satisfecho de haber llenado ampliamente las finalidades de mi viaje y haber convivido aunque más no fuera por tan breve lapso con gente sencilla y hospitalaria, cual es la de estos pueblitos, en donde el saludo y la palabra amable está siempre a flor de labio.

 

 

Por Juan F. Cerrudo. Abril de 1945. Anuario del Rivadavia, 1944, 1945

Fragmente libro “Aventuras sobre rieles patagónicos”, de Alejandro Aguado

 

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