domingo, 21 de junio de 2026
Asencio Abeijón

Este es uno de los fenómenos más notables difundidos por la naturaleza desde Río Negro a Santa Cruz. Se hace presente entre el final del invierno y entrada de la primavera, con la pequeña variante en tiempo a que obliga la diferencia climática de las regiones, que en la Patagonia es muy variada según se trate de zonas altas, cercanas a la cordillera o a la costa atlántica.

Se inicia casi con precisión a la salida del sol en los días serenos. Comienza con un silbido nítido y bastante fuerte; otro le responde desde un lugar opuesto y de inmediato se van agregando otros de forma que al cuarto de hora, ya desde todas las direcciones de los faldeos de los cerros, desde las llanuras, desde las cimas, los cañadones, las manchas de matorrales, etc., llega el silbar nutrido. Un verdadero concierto en coro, por millares de silbidos, casi pegados entre sí, que se repiten y se prolonga por espacio de casi dos horas, sin perder su intensidad… “¡fuuit!… ¡fuuit!… ¡fuuit!… ¡fuuit!, ¡fuuit!”.

Y lo notable del caso, es que siendo las martinetas aves que en la Patagonia se ven casi de continuo y en bandadas, caminando y picoteando en llanuras limpias de matorrales grandes, en los momentos de emitir esos conciertos de reclamo amoroso ninguna absolutamente llega a ser visible. Están diseminadas, ocultas en matorrales que disimulan su color y su silbido da la impresión de estar a escasa distancia, pareciendo un canto que brotara de la tierra.

Aunque estos conciertos se producen en forma temporaria, el canto de las martinetas copetonas es el más generalizado en las regiones patagónicas, y el más nutrido. Exceptuando, por supuesto, el zumbar del viento que adquiere distintas tonalidades de acuerdo con las características de la región que atraviesa.

Codornices y torcazas

Tenía once años de edad y en 1912 pasaba el día solo en un puesto del campo, al cuidado de la casa y las gallinas, mientras los mayores recorrían cuidando las ovejas sin querencia en potreros sin alambrar. De a poco y casi sin darme cuenta, me fui apercibiendo por momentos de la presencia en el monte de una voz des- conocida hasta entonces, que parecía provenir de los faldeos de los cerros cubiertos de nutridos matorrales, que rodeaban la casa.

Era como un llanto lejano y lamentoso, que podía también tomarse como un canto apagado y triste, no carente de dulzura. Se hacía muy difícil establecer con precisión de qué punto provenía, ni mucho menos ver al ser que lo lanzaba. Ya en tren de observación noté que se producía también en otros lugares, siempre con las mismas características. Tenía cierta semejanza con el aullido o llanto triste de un perro cuando ha extraviado a su dueño: ¡Auuuuu….uuuuu…..uuuuu…..uuu! pero era un sonido casi gutural,

 

Texto de “Caminos y rastrilladas borrosas” – Asencio Abeijon

 

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