domingo, 26 de abril de 2026
Río Chico

El camino a lo largo de la orilla derecha del río Chico es bastante malo y de tránsito difícil para andar a caballo, ni hablar con carretas. A veces hay bloques de piedra y rocas grandes en medio de la huella. Además hay otros obstáculos como ahondamientos, orificios profundos e incluso zanjas parecidas a pequeños desfiladeros rellenos de agua. Puentes u otros pasos o cruces que facilitarían el tránsito son inexistentes. En breves rasgos: En este paraje gobernado por la fuerza bruta de la naturaleza, no ha habido intento alguno de parte del hombre para mejorar las condiciones. A esto se suma la lluvia que cae ininterrumpidamente durante días y que ha transformado el suelo en un lodo fangoso. Bajo tales condiciones no es difícil explicar porque hemos avanzado tan lentamente.

Al norte de Escalante el río forma unas pequeñas islas. Carrizos altos crecen de orilla a orilla y cubren toda la superficie entre ambas. A ambos lados se extienden lomajes suaves lo que mitiga un poco el carácter del paisaje estéril y salvaje, porque en general escasea cualquier clase de vegetación. Al pasto le cuesta crecer en estos suelos pobres, en cambio a los berberis y al sampa (sic) le favorecen estas condiciones. Además abundan la mata laguna y el algarrobo con su fruta de forma de sanguijuela de color marrón, parecido al fruto del algarrobo nuestro. Hay un sinnúmero de aves acuáticas, patos y gansos silvestres. El silvestre de plumaje blanco como nieve y cuello negro se desliza majestuosamente sobre las aguas centellantes. En las alturas pastan rebaños de guanacos. Una huella fresca de un león en la superficie gredosa lleva desde el espeso carrizal en dirección a aquellas alturas. También pueden divisarse avestruces en esta comarca.

Esta mañana ha permanecido seca, lo que realmente es una excepción. En el camino hemos cazado tres armadillos y los asamos en su propio caparazón sobre el fuego. Esa comida resulta un festín. Tras un breve descanso seguimos ruta. Nuevamente se desata una tormenta con lluvia y vientos fuertes, y de nuevo quedamos completamente empapados al igual que durante casi todas las demás jornadas anteriores. Así al menos no perdemos la costumbre. Los caballos pisan con dificultad en el camino ablandecido. El carro se mueve para todos lados y dentro del mismo la pobre mujer enloquecida, gimiendo y gritando, lamentándose y riéndose. El manto de nubes pesadas y húmedas nos cubre por completo. Con el atardecer la noche baja para envolver todo el paraje mojado en oscuridad.

Nos detenemos en un lugar apropiado. El viento nocturno se intensifica y sopla sus aires húmedos y frescos con cada vez mayor furia por el cañadón. Nos cuesta mantener viva la pequeña fogata, donde nos hemos agrupado acuclillados, chorreando y muertos de frío, mojados hasta los huesos. El suelo en nuestro entorno es un pantano, no ha quedado ni un sitio seco. El único lugar seco en todo mi alrededor es mi montura, la cual había sido colocada encima de una roca para usarla como asiento. No se puede pensar en dormir én esas circunstancias. Fumamos la pipa, tácitos y pensantes, cuidando el fuego y esperando con ansias la mañana siguiente.

Esa fue en verdad una noche muy terrible. Solo que la siguiente jornada no es precisamente mejor tampoco. Nuevamente hay lluvia y tempestad. Mi termómetro registra una temperatura de -6 grados centígrados a las 7 de la madrugada; al mediodía mide +12 grados. En la tarde el tiempo parece mejorarse y a las 6 de la tarde el termómetro muestra +16 grados. Nos encontramos más o menos a la altura de Puerto Malaspina. El paisaje sigue igual de monótono como antes. Las cadenas montañosas se retiran cada vez más y pierden altura. Las riberas del río se tornan más planas y todo el terreno se convierte paulatinamente en una llanura que se compone principalmente de arenales y pantanos, con solo algunas lomitas, como arrugas. Recién a una cierta distancia del lecho del río aparecen grandes cantidades de escombro rocoso.

Al bajar detrás de una fila de cerros azules el sol se pone rojo como la sangre. Por primera vez desde hace tiempo se arquea el cielo nítido por sobre la pampa infinita. La mujer enferma descansa debajo del carro sobre unas frazadas blandas y cómodas y protegida de la intemperie mediante telas de carpa colgadas a modo de cortina, aun lloriqueando y riéndose bajo los efectos de la locura. Arriba resplandecen las estrellas y abajo se desliza la neblina otoñal y nos envuelve como un fantasma espeluznante con su vestimenta blanca. Un zorro ladra desde lejos por el acantilado y se escucha el chirrido de un búho en un zarzal cercano. El gélido viento nocturno sopla en este ambiente de silencio sepulcral y roza la tierra con su aliento helado. Durante la noche cae una helada y lo cubre todo. La pampa luce blanca y emite un aire frío que parece congelar toda forma de vida. En el entretanto los ruidos provenientes de debajo del carro se han ido callando, una vida está cerca de extinguirse. La muerte va pasando por el lado, ya no va a tardar mucho y por misericordia irá a liberar a la desgraciada mujer de sus penas y miseria para que deje de sufrir.

Una maravillosa mañana de domingo saluda el territorio ese día con el rocío puro y transparente. El sol le sonríe a la extensa planicie y en el horizonte a las lejanas sierras de color rojizo azulado bañados en una neblina. Sin embargo todo tiene un aire de tristeza, todo parece sombrío. El I furibundo torrente amarillo grisáceo del río Chico corre como aplanadora por la pampa, como si fuera rencoroso con la suerte y la miseria de los seres humanos. Los cisnes silvestres graznan en medio del carrizal que se mueve con el viento. Una bandada de gansos silvestres vuela por los aires haciendo mucho ruido. Regresa la calma solo para ser interrumpida por un silbido suave y distante, como si una pena secreta pasara por encima de un cementerio. A las dos de la tarde hemos terminado de cavar la tumba en medio de la nada, en este lugar salvaje y desolado. La sepultamos, una belleza de aspecto germánico, joven con apenas diecinueve años de edad. Una simple cruz de palos marca el sitio, su última morada. Allá vi a hombres llorando con sus dolor y pena, hombres rudos y duros pero a la vez tan sensibles.

Fragmento de libro  “Chubut a caballo por la cordillera y pampa de la Patagonia central”, de Wilhelm Vallentin

 

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