Después de los cacicazgos de Salinas y Leuvucó no hay otros en la Pampa que merezcan tal título, si bien existen tolderías independientes de uno y otro, con indios verdaderamente alzados, al mando de caciquillos bravos y audaces, que hacen una guerra sin cuartel a los cristianos y no pocas veces a los mismos caciques de aquellos dos imperios indígenas.
El más famoso de estos caciques montoneros es Pinthen, cuyo teatro de campañas han sido y son el oeste y norte de Buenos Aires y el sur de Santa Fe. Sus toldos están situados a 40 leguas de Tencú-lavquen, comandancia de la frontera norte de esta provincia, entre los territorios de los puelches y ranqueles.
La tribu de Pinthen tenía 1.000 almas, pero ha sido más numerosa y formaba 300 lanzas, que habían disminuido a 100 quizás, a causa de la bravura con que estos indígenas peleaban y morían en el campo de batalla.
En 1872 el coronel Hilario Lagos, jefe de la frontera oeste de Buenos Aires, expedicionó sobre Pinthen, sorprendiéndolo: Le tomó 20 guerreros, y 30 mujeres y niños.
La espada chilena de Pinthen
Entre los trofeos de esta expedición venía la espada del cacique Pinthen, quien, dice en su parte el coronel Lagos, escapó gracias al excelente caballo que montaba. Dicha espada, que parece chilena, por un escudo con estrella que tiene en la empuñadura, nos fue regalada por el capitán (hoy comandante del 39 de línea) D. Rudecindo Roca, y se encuentra en nuestro museo.
Ofrece la particularidad de que tiene grabado en el lomo el nombre indígena Manuel Yunquiñañil, que será probablemente de algún indio de Chile, de quien la hubo el famoso D. Vicente Pinthen 152.
Pinthen produce bajas de soldados y oficialidad
Este cacique, tan valiente como sanguinario, hace alarde de no haber hecho tratados nunca con el gobierno y es el indio que de diez años a esta parte ha causado mayor número de bajas en el ejército fronterizo, contándose entre sus víctimas dos tenientes coroneles y dos sargentos mayores, aparte de innumerables vecinos y soldados.
Efectivamente, han caído bajo la lanza de los montoneros de Pinthen los tenientes coroneles Heredia y Undabarrena y los sargentos mayores Jáuregui y Arellana, con 50 veteranos a lo menos. Verdad es que todos estos jefes morían con un valor temerario, cortándose solos, como dicen los paisanos, a pelear cuerpo a cuerpo, con indios que, como ya hemos dicho, saben morir en el campo de batalla batiéndose con singular bravura.
El mayor Orellana era el jefe de la escolta que llevaba nuestro amigo el ingeniero Huergo, al efectuar el trazado del ferrocarril trasandino de Junín a Villa Mercedes. Huergo fue atacado por los indios de Pinthen, que reclamaban la propiedad de los campos que medía. Los salvajes fueron derrotados, pero Orellana pagó con su vida el heroísmo con que se lanzó sobre ellos, sable en mano a fin de salvar la caballada que huía.
La muerte del comandante Heredia es un acontecimiento horrible. Toda su escolta compuesta de 20 veteranos fue pasada a cuchillo, y él mismo con el caballo boleado, echó pie a tierra y murió en su ley: peleando con denuedo contra el enjambre de bárbaros que lo acribillaban a lanzazos.
Undabarrena y Jáuregui caían de la misma manera, solos en el entrevero con los montoneros del desierto.
El coronel Villegas mandaba ya en 1875 la frontera norte de Buenos Aires. Estaba a un paso de Pinthen, y Pinthen se moría de deseos de matar a Villegas. ¿Qué hacer? Tenderle la misma celada en que cayeron Heredia y Undabarrena.
En 1877 invadió Pinthen los campos ocupados por Villegas. Este jefe salió a batirlo con 50 infantes del 24 de línea.
Pinthen huyó, lo persiguieron y se alejó más. Al fin se paró, escondió su escuadrón detrás de un médano y dejó a la vista pequeñas partidas. El coronel Villegas salió con el comandante Pérez (hoy en Buenos Aires) y seis hombres a reconocer a los indios; y Pinthen los rodeó y atropelló.
¡Habían caído en la red!
Fue un prodigio de valor la escapada. Villegas sacó la ropa lanceada y Pérez perdió el caballo ensillado.
El reconocido valor y los revólveres evitaron la nueva hecatombe preparada por el indómito Pinthen.
Pero a su vez el coronel Villegas padecía insomnio por apoderarse del bravo cacique. Y al fin lo tomó.
Fragmento libro “La conquista de quince mil leguas”, de Estanislao Zeballos

