El cuento de hadas de Australia: un electricista frustrado, tres refugiados de guerra y un gigante escocés que no había pisado el país

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Duke se abraza a Souttar tras un gol de Australia

«Me voy a poner a llorar».

No fue aquella una interpretación de Mitchell Duke ante las cámaras después de verse protagonista tras marcar el gol que derrotaba a Túnez en la segunda jornada. Duke, a sus 31 años, juega en la segunda división japonesa (Fagiano Okayama). Pero hace una década era sólo un chaval pluriempleado. Pensaba que, por mucho que alternara sesiones infernales de flexiones y abdominales en aquella casa de un suburbio del suroeste de Sydney donde vivían once (sus padres, un fontanero y un ama de casa, con sus nueve hijos), su vida estaba marcada.

«Tuve momentos en que pensé que no era lo suficientemente bueno», admitía en una entrevista a la ABC australiana. Así que hacía turnos de noche como empleado en el aeropuerto de Bankstown (de doce de la noche a siete de la mañana), para continuar al día siguiente con un trabajo de transportista y otro de vendedor en una tienda de recambios de coche. Tales eran sus expectativas en el fútbol (jugó a críquet hasta los 12 años) y la necesidad de ayudar a su familia (de niño se acostumbró a vestir ropa de segunda mano o ponerse la de alguna de sus seis hermanas mayores) que comenzó a prepararse para ser electricista. Hasta que se cruzó en su camino Graham Arnold, actual seleccionador, y que entonces lo reclutó para el Central Coast Mariners. Y el sueño comenzó.

Arnold, que acostumbra a poner a Duke como ejemplo de determinación, dirigirá este sábado a Australia frente a Argentina en los octavos de final del Mundial de Qatar -última frontera de los Socceroos en el torneo, ronda sólo alcanzada en Alemania 2006 y donde cayó frente a Italia (1-0)-. Y lo ha logrado el técnico con una selección en la que nadie reparaba, ni siquiera en su propio país.

CELEBRACIÓN SIN ALCOHOL EN SYDNEY
Mientras la icónica Federation Square de Melbourne ardía con los dos recortes y el histórico gol de Leckie contra Dinamarca que clasificaba a los australianos, en Sydney nadie había reparado hasta ahora en programar el partido en una pantalla gigante. El gobierno de Nueva Gales del Sur ha tenido que rectificar, y pese a que el duelo contra los argentinos se jugará a las seis de la mañana de Australia, los aficionados lo podrán seguir en el Tumbalong Park. Aunque el premier del estado de Nuevas Gales Dominic Perrottet haya prohibido allí el alcohol («si lo quieren, que se vayan al pub»).

No extraña que lleguen ahora las prisas porque pocos pensaban que esta Australia podría pretender emular los tiempos dorados de Tim Cahill, John Aloisi, Harry Kewell y Mark Viduka.

Se trata de un equipo donde el seleccionador rebuscó en el árbol genealógico para lograr competitividad. Harry Souttar, el jugador más alto del Mundial (1’98 m.), es un escocés de Aberdeen que nunca había pisado Australia, donde nació su madre. Y ahí la solución. Su hermano John, de hecho, es internacional con Escocia. Harry Souttar ha convertido su participación en este Mundial en un sentido homenaje a su otro hermano, Aaron, que murió el pasado julio víctima de una enfermedad neuromotora. Tenía 42 años.

Es ésta una selección en la que sólo dos de los 26 futbolistas juegan en una de las cinco principales ligas europeas. Uno es Ajdin Hrustic, del Hellas Verona, último clasificado de la Serie A italiana. El otro es Awer Mabil, futbolista del Cádiz, y que llegó a Australia siendo un niño desde un campo de refugiados de Kenia. Fue donde nació después de que su madre huyera de la guerra civil de Sudán del Sur. De allí también escapó la familia de Thomas Deng y la del prometedor Alou Kuol, este último refugiado en Egipto y fichado por el Newcastle para el próximo enero. Kuol, como tantos de sus compañeros, encontraron en Australia otra historia que contar.

Fuente: El Mundo



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