jueves, 22 de febrero de 2024
Miembros de las SS y de un regimiento de cosacos en Varsovia.

El 3 de agosto de 1941, hacía casi dos meses que el ejército alemán (Wehrmacht) había desencadenado la invasión de la URSS. Las unidades que operaban cerca de Mogilev (Bielorrusia) se vieron sorprendidas por un mensaje del otro lado del frente: la totalidad del 436.º Regimiento soviético solicitaba rendirse (unos 5.000 hombres).

No era la primera vez que las tropas del Ejército Rojo capitulaban en masa; lo realmente sorprendente de este caso fue que en el mensaje también se incluía una oferta para combatir al lado de la Wehrmacht. Asimismo, era chocante que todo el regimiento estaba integrado por cosacos. ¿Por qué estos hombres con fama de feroces guerreros no habían querido ni disparar un solo tiro contra los alemanes?

Los cosacos habían servido a los gobernantes de Rusia desde el siglo XVI. Combatían en los ejércitos de los zares –principalmente como caballería ligera–, ayudando a conquistar nuevos territorios o a sofocar revueltas. A cambio, gozaban de una amplia autonomía en los territorios que habitaban, donde, para gobernarse, aplicaban formas democráticas en las asambleas con que se regían.

Su ferocidad en el campo de batalla les hacía ser admirados y temidos por toda Europa. El mismísimo Napoleón Bonaparte (cuyo ejército los sufrió en la campaña de 1812) dijo de ellos que eran “las mejores tropas ligeras de todas las que existen. Si los tuviera en mi ejército, recorrería todo el mundo con ellos”.

Soldados cosacos del Imperio ruso en París, año 1814

Con el estallido de la Revolución de Octubre, los cosacos se mantuvieron fieles a su viejo pacto con la dinastía Romanov, y cuando comenzó la guerra entre zaristas y bolcheviques, combatieron mayoritariamente en las filas de los ejércitos blancos.

Con el final de la guerra civil rusa en 1923, el régimen comunista hizo pagar a los cosacos su fidelidad al zarismo. Las autoridades de Moscú iniciaron una campaña para eliminar a sus líderes, les prohibieron formar parte de instituciones como el Ejército Rojo y deportaron a medio millón de ellos (su población total estaba estimada por entonces en unos tres millones). Según algunos historiadores, Lenin se refirió a esta represión como “La Vendée soviética”.

El líder cosaco Pyotr Krasnov alrededor de 1919

Para escapar de los pelotones de ejecución, muchos líderes cosacos se exiliaron. Polonia y Alemania fueron los destinos principales de esta diáspora. Cuando Hitler llegó al poder, el discurso anticomunista del nazismo resultó atractivo a los cosacos, y se plantearon tejer una alianza contra Stalin en un hipotético conflicto futuro entre Berlín y Moscú.

Entre estos líderes cosacos destacaba Pyotr Krasnov, firme partidario del apoyo a Alemania. Esta germanofilia se remontaba al final de la Gran Guerra, cuando colaboró con las tropas germanas en la lucha contra los bolcheviques que trataban de ocupar Ucrania.

El esperado conflicto con la URSS llegó el 22 de junio de 1941, el inicio de la Operación Barbarroja. Krasnov y sus partidarios sintieron que había llegado su oportunidad de saldar cuentas con Stalin, se ofrecieron a las autoridades alemanas para controlar sus antiguos territorios e hicieron un llamamiento para que los cosacos que vivían dentro de las fronteras soviéticas se unieran a ellos.

Pese a las ganas puestas por los exiliados y a episodios puntuales como el narrado al principio de este artículo, hubo que esperar un año para comprobar la reacción del grueso de los cosacos que vivían en territorio soviético. En el verano de 1942, la Wehrmacht lanzó una gran ofensiva en el sur de la URSS. A medida que los soldados alemanes avanzaban por los territorios tradicionales de esta etnia –Don, Kuban, Terek…– veían como la población los recibía como libertadores.

Cosacos en la Wehrmacht

En un primer momento, Hitler menospreció a los cosacos por considerarlos una raza inferior –eran otro pueblo eslavo–, pero los oficiales de la Wehrmacht y de la Abwehr (servicio de inteligencia militar) sobre el terreno sí que vieron los beneficios de colaborar con ellos. La tradición de esta etnia de pelear como unidades ligeras los convertía en combatientes perfectos contra los partisanos soviéticos o para incursiones más allá de las líneas enemigas.

Los cosacos fueron demostrando que su fama no era cosa del pasado, y el propio Hitler acabó confesando su admiración por ellos. La propaganda nazi no tuvo problemas para “purificar” el pedigrí racial de sus aliados. Para el discurso oficial del Reich, pasaron a ser los descendientes de un pueblo germánico, los ostrogodos, que en los siglos III y IV se habían instalado en los territorios al norte del mar Negro.

Además de utilizarlos como paramilitares, los alemanes también otorgaron cierto grado de autonomía a los territorios cosacos. Incluso jerarcas nazis como Alfred Rosenberg, ministro del Reich para los Territorios Ocupados del Este, quiso crear un estado independiente cosaco. Aunque esta idea desagradaba a Krasnov y otros dirigentes, ya que, aunque eran muy celosos de su autonomía, no pretendían ser independientes de Rusia, sino acabar con su régimen comunista.

Para lograr la derrota de Stalin, Krasnov y el resto de atamanes (caudillos) creían que era necesario aumentar su implicación en la guerra con la formación de unidades regulares cosacas. Era finales de 1942, y la Wehrmacht vivía un momento complicado en el frente del este con la batalla de Stalingrado en su apogeo, así que no era el momento de rechazar ningún tipo de ayuda.

De Ucrania a los Balcanes
Las nuevas unidades lucharon con valor en el invierno de 1943, pero el empuje del Ejército Rojo amenazó los territorios cosacos. El general Paul von Kleist ordenó la evacuación de los civiles de esta etnia; decenas de miles de personas ―incluyendo mujeres, ancianos y niños― huyeron. Aunque estos refugiados iban protegidos por sus propios regimientos, la aviación soviética y los partisanos los hostigaron sin cesar.

En la primavera de 1943, Hitler autorizó la formación de una gran unidad de combate cosaca: la 1.ª División de Caballería cosaca. Estaría compuesta por 13.000 combatientes de este pueblo y 4.500 alemanes.

El general cosaco Andréi Shkuró y el prusiano Helmuth von Pannwitz

Al frente de la división estuvo el general Helmuth von Pannwitz, originario de Prusia oriental. El resto de oficiales eran una mezcla de alemanes nacidos en los territorios bálticos (por su dominio del ruso que facilitaría la comunicación) y cosacos. Como curiosidad, esta unidad se desplazaba junto a sus familias, un grupo de unas 25.000 personas.

Desde que el Ejército Rojo consiguiera la iniciativa estratégica en la guerra tras la batalla de Kursk, Hitler desconfiaba de los contingentes de pueblos de Europa oriental que se habían unido al Reich. Temía que desertaran. Los cosacos fueron víctimas de estas suspicacias, pero los oficiales de la Wehrmacht convencieron al dictador alemán para aprovechar el anticomunismo de este pueblo de las estepas en los Balcanes.

En septiembre de 1943, la división de caballería fue destinada a Yugoslavia para combatir a los partisanos de Tito. Se hicieron bastante impopulares entre la población local, porque aplicaban la vieja ley de la guerra de saquear una población que se había resistido. También se les acusó de cometer asesinatos y violaciones de civiles.

Otro componente de la entidad cosaca es su firme religiosidad cristiano-ortodoxa. Esta característica les hizo sentir simpatías por los guerrilleros monárquicos serbios, con los que establecieron una especie de tregua no oficial. En cambio, no se daba cuartel a los partisanos comunistas de Tito. Otras unidades de estos soldados de las estepas también combatieron en el norte de Italia contra la resistencia antifascista.

Partisanos yugoslavos en 1943.

Más allá de esta división de caballería, las Waffen-SS también reclutaron tropas cosacas. Por ejemplo, estos soldados eslavos tuvieron una presencia notable en la represión del levantamiento de Varsovia entre agosto y octubre de 1944.

En febrero de 1945, Heinrich Himmler logró que las SS pasaran a controlar la división de Pannwitz. Esta fue ampliada y se convirtió en el XV Cuerpo de Caballería cosaca. Krasnov aceptó la nueva situación de sus hombres, pero, siempre celoso de la autonomía de su pueblo, se negó a que vistieran el uniforme de la guardia pretoriana de Hitler.

El cuerpo de caballería cosaca participó en la última gran ofensiva alemana en el frente del este. Los cosacos lucharon bien en el río Drava, en la frontera croata-húngara, pero la situación alemana en la región se hizo insostenible a partir de abril de 1945.

La venganza de Stalin
Tras esta debacle militar del Eje, y con el fin de la guerra materializándose, la prioridad de los cosacos era evitar ser capturados por los soviéticos. En este afán, incluso lucharon más allá del fin oficial de las hostilidades decretado el 8 de mayo de 1945. Combatieron 48 horas más, hasta que soldados y civiles consiguieron pasar de Yugoslavia a Austria; allí se rindieron al ejército británico.

Pero Stalin tenía un as letal en la manga. En la Conferencia de Yalta, Roosevelt y Churchill habían aceptado entregarle a todos sus compatriotas capturados luchando en las filas nazis. Londres y Washington no hicieron preguntas sobre qué podría suceder a estas personas. Del acuerdo quedaron fuera algunos rusos zaristas, que contaban con la simpatía británica, y que se habían exiliado antes de la formación oficial de la URSS en 1922. Churchill se escudó en que jamás habían tenido ciudadanía soviética.

Stalin no esperó mucho tiempo para reclamar a todos los cosacos para juzgarlos por traición. Pannwitz acató ser entregado a los soviéticos (junto a los otros mandos alemanes), pero trató de arrancar el compromiso de que sus oficiales y soldados eslavos permanecieran bajo custodia británica. Sin embargo, Churchill no quiso tener otro foco de tensión con los soviéticos y los entregó a todos.

La decisión británica propició un auténtico drama. Era polémica, porque suponía un agravio comparativo respecto a otros rusos. Krasnov y otros líderes cosacos jamás habían sido ciudadanos soviéticos, por lo que la acusación de traición no tenía base.

La mayoría de los oficiales cosacos fueron entregados al NKVD (antecesor del KGB) con engaños. Otros, al saber su destino, se suicidaron. Estas situaciones generaron inquietud en el ejército británico; algunos soldados y oficiales rozaron el amotinamiento. Durante el mes de junio de 1945 se completó la entrega. En algunos casos, hubo resistencia de los eslavos y se produjeron varias decenas de víctimas mortales.

Al final de este proceso, fueron entregados unos 50.000 cosacos (de un total de casi dos millones de soviéticos que habían luchado en las filas del Reich). La mayoría de los líderes serían ejecutados en los siguientes años; Krasnov fue ahorcado el 17 de enero de 1947. El grueso de los deportados acabó en gulags de Siberia, donde miles murieron por las duras condiciones. En 1953, con la muerte de Stalin, se dictó una amnistía para los integrantes de esta etnia que habían combatido en el bando del Eje.

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