jueves, 29 de febrero de 2024
Calle Mitre al 100

El pasado siempre vive en una fotografía, una calle, una persona o una simple canción. Miro un poquito para atrás, me paro en la esquina de mi barrio (Mitre al 100) y nítidamente aparecen personas que se arriesgaron en la construcción del tiempo y de la sociedad. En aquella época existía la confianza, el respeto, el valor de la palabra. En una simple libretita o en boletas que se archivaban, anotaban el valor de las mercaderías o el costo del trabajo realizado. No necesitaban diariamente dinero en efectivo, siempre después arreglaban (¡Qué tiempos aquellos, admirables lecciones de vida!)

Al lado de mi casa, Spataro, un italiano, instaló su verdulería y por las tardes con un carrito y un caballo salía a repartir. En diagonal, con un gran salón Albaini, un turco que vendía de todo, desde ropa para el hombre de campo hasta hilos y botones. A media cuadra, Grimm, el alemán que en su tienda ofrecía telas y mercaderías de primera calidad. En la esquina de Roque Sáenz Peña y 25 de Mayo, Diógenes García con mil tentaciones en su negocio; cosas ricas para nuestra blotonería, con exquisitos chocolates, además de una gran cantidad de diversos productos.

Frente a casa, Rapaport, un ruso que además de arreglar y vender relojes, anexaba otros rubros como tienda. Cerquita el negocio de Alberdi, donde íbamos inexorablemente todos los días y no sólo porque estaba en la vereda de enfrente, sino porque satisfacía las novedades diarias. Vendían fideos, arroz, harina, aceites, vinos, etc. A su lado, Curti, que pacientemente siempre estaba en su tallercito.

En la esquina, sobre Mitre y Roque Sáenz Peña, estaba mi papá, Cristiano Carrera, que vendía los repuestos, taller mecánico y estación de servicio. Allí, con un grupo de empleados, no sólo se dedicó a modificar o arreglar motores, vendía nafta, lavaba autos, sino también que realizaba tareas anexas como preparar autos de carrera, arreglar molinos y pozos para un hombre de campo. En sus años mozos, tuvo máquinas esquiladoras.

Ya en 1946, imaginando un futuro turístico de Puerto Madryn, compró un yate, “Capablanca”, para el transporte de pasajeros, e hizo un taller flotador. En 1950, cuando se construyó el gasoducto, así que alquiló el taller y proveyó a la compañía Techint de repuestos.

Rico fue su accionar, pero sobre todo, siempre ayudó al prójimo. No le importaba aplazar el almuerzo para ir a auxiliar a la ruta a quien lo necesitaba, llevando rulemanes, correas y gomas. Hasta sus últimos días, sabía con exactitud números y referencias de motores y repuestos, todo ese mundo de máquinas, rectificadoras y aparejos fue su vida.

Ya en la madurez, con la tranquilidad de haber hallado el sendero, lo siguió recorriendo con fidelidad. Sabía que el trabajo y las empresas están, ante todo, al servicio de las personas. Papá, hijo de vascos, y los que lo rodeaban, alemanes, rusos, turcos, italianos, tuvieron el valor de escucharse y ayudarse, como verdaderos vecinos y amigos. Ellos ayudaron a formar esta sociedad, nunca lucharon en vano. Nosotros no los defraudaremos, amemos y aprovechemos la vida que Dios nos regaló, cumpliendo la misión que nos han encomendado.

Leo estos versos de Laura Fernández Godard y los identifico con lo nuestro:

Mi barrio es como un cuento,
Que me sé de memoria
¡Cada cosa en mi barrio
me ha contado su historia!
(…)Mi barrio, todo entero,
está en mi propia historia

Por Gloria Carrera de Ovalle para el libro “Cuadernos de Historia Patagónica”, del Centro de Estudios Históricos y Sociales Puerto Madryn.

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