Kawah Ijen: el trabajo más duro del mundo, atracción turística de Indonesia

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En estos tiempos desquiciados, hasta el trabajo más duro del mundo puede ser una atracción turística. Eso es lo que ocurre en el volcán Kawah Ijen, que sobresale entre las nubes a más de 2.300 metros de altitud al este de la isla indonesia de Java. Visible desde la paradisíaca isla de Bali, separada por un estrecho de solo dos kilómetros y medio en su tramo más corto, el humo que escapa de su cima esconde un trabajo infernal.

En su cráter, un centenar de mineros arrancan el azufre que emana de sus entrañas, que sale del subsuelo en forma de gas y se solidifica al entrar en contacto con el aire. Moviéndose con destreza entre las nubes de humo, que cambian de dirección de repente según sople el viento, los mineros parten con lanzas de hierro las rocas de azufre que, con un amarillo intenso y granulado, se van formando en el suelo.

Como si fueran mulas humanas, luego cargan hasta 70 kilos de azufre en cestas de bambú sobre sus hombros, con las que deben ascender los 800 metros hasta la cima del volcán por un resbaladizo sendero de piedra. Embarrado por las frecuentes lluvias, se trata de un sinuoso camino de tierra tan escarpado y peligroso que ya cuesta subirlo incluso sin carga, como hizo este corresponsal llevando solo la cámara de fotos y el móvil. Mucho más para los mineros, que pisan con tiento sobre el terreno con sus botas de agua mientras las canastas con las rocas amarillas se bambolean sobre su pecho y espalda al ascender la pendiente.

Mejoras
A paso de tortuga, tardan unos 40 minutos en alcanzar la cumbre «Es un trabajo duro, pero no tengo otro. Quiero cambiar de empleo, pero aquí no pagan mucho. En Ijen gano lo suficiente para mi familia. Aquí hay muchas plantaciones de café. Pero el jornal no es bueno: al día solo 41.000 rupias (2,5 euros), lo que resulta insuficiente», nos explica Adi, un minero de 40 años que lleva la mitad de su vida en el volcán. Y lo que le queda porque, según cuenta, «lo normal es dejar el trabajo a los 60 años, cuando ya no eres fuerte para aguantar los gases ni cargar el azufre«. Sentado a su lado, pone como ejemplo a su padre, quien tiene 62 años y »dejó de trabajar hace siete porque ya no es tan fuerte«.

Con el azufre comprado, la compañía Candi Ngrimbi lo procesa químicamente porque este mineral está generalizado en la vida cotidiana y se usa para fabricar cerillas, fuegos artificiales, cosméticos, dinamita y hasta para blanquear el azúcar o producir ácido sulfúrico. Pero la dureza de la faena por falta de mecanización ha reducido la extracción en el Kawah Ijen, que además estuvo cerrado tras el estallido de la pandemia en enero de 2020 y hace solo siete meses que reabrió. Antes, trabajaban unos 400 mineros que recogían unas cinco toneladas al día y llenaban cuatro camiones, pero ahora solo operan un centenar que no dan más para que una carga.

Postureo extremo
Buscando unos ingresos adicionales para mantener a su familia, formada por sus padres, su esposa y dos hijos, Adi ha montado en su casa un hostal con once cabañas para los turistas que vienen a ver el volcán. Atraídos por el «fuego azul«, el color de las llamas del azufre al brillar en la oscuridad, cada noche bajan más de un centenar de turistas hasta su cráter. Mezclándose con los mineros que trabajan de madrugada para evitar el calor sofocante del día, viajeros venidos de todo el mundo ascienden durante dos horas por la empinada cuesta que lleva a la cima desde la entrada al parque geológico del Kawah Ijen. Con la respiración entrecortada por el esfuerzo y alumbrándose con linternas sujetas a la cabeza, se cruzan con los mineros que vuelven con sus carritos llenos de azufre.

Hace una década, los visitantes no podían descender hasta el cráter por seguridad, ya que una turista francesa se despeñó por sus riscos. Pero ahora son una multitud, a veces incluso más numerosa que los propios mineros, y es surrealista verlos bajar con miedo entre las rocas mientras estos últimos suben con su pesada carga a cuestas. A orillas de su lago de agua volcánica, de donde asciende una espesa columna de humo, los móviles de los turistas brillan en la oscuridad de la noche mientras graban el «fuego azul». Al amanecer, los turistas posan en medio de los sufridos mineros. El postureo llega al extremo de ponerse máscaras de gas o incluso de atreverse a levantar las cestas de azufre sobre los hombros para la foto. Revelando el carácter afable de los indonesios, a los mineros no parece molestarles y hasta les sirve para sacarse unos ingresos extra, ya que el turismo se está erigiendo en una alternativa a este duro trabajo, donde tienen unos carritos con los que transportan el azufre hasta la empresa minera PT Candi Ngrimbi. Hace diez años, cuando viajé por primera vez el Kawah Ijen, bajaban este recorrido de tres kilómetros por un camino de cabras cargando con las cestas a pie, pero un ingeniero francés que visitó el volcán tiempo después les ayudó a diseñar estas carretillas de dos ruedas en las que, además, pueden poner un asiento para llevar a los turistas.

Por cada kilo de azufre, en la balanza de Candi Ngrimbi les pagan 1.250 rupias (ocho céntimos de euro). Como transportan en cada viaje unos 70 kilos, se sacan por trayecto unas 87.500 rupias (cinco euros) y suelen hacer entre dos y cuatro al día, dependiendo de las fuerzas y la necesidad. En total, cada jornada pueden ganar entre 10 y 20 euros, que es una cantidad irrisoria para este tajo inhumano, pero una fortuna en Indonesia. Además, es el doble que hace diez años, lo que indica una mejora del jornal, pero no de sus condiciones laborales.

«Como guía turístico, puedes ganar 250.000 rupias (15 euros) al día y como minero se puede llegar a 350.000 rupias (20 euros), pero es mucho más duro», compara Anto, a quien conocimos hace diez años cargando cestas de bambú en el volcán. Aunque sigue trabajando como porteador cuando necesita el dinero, se ha reconvertido en guía por la llegada de turistas tras la pandemia. «Después de tres años parados por el coronavirus, ahora vienen muchos visitantes. A veces, es difícil para los mineros bajar hasta el cráter porque está lleno de turistas», cuenta entre risas.

Ni a él ni a sus compañeros les incomodan los curiosos, a quienes ofrecen llevarlos en sus carritos desde la entrada del parque hasta la cima del volcán por 800.000 rupias (48 euros). «Cuando les hacen fotos, los mineros les piden ‘Money, money, money’ (‘Dinero, dinero dinero’) y así puede sacarse cada uno 20.000 o 30.000 rupias (1 o 2 euros) extra. Con eso compran arroz y… cigarrillos», estalla Anto en una carcajada.

Accidentes
Tan duros son los mineros que muchos hasta fuman mientras suben a la cima cargados de azufre. El del tabaco no es el único humo que inhalan, pues están expuestos a los gases tóxicos del volcán. A pesar de sus ataques de tos, no se quejan de daños en los pulmones; solo de sus habituales dolores en las rodillas y de las llagas en los hombros, que se han malformado por el peso de las cestas.

Pero, eso sí, recuerdan seis muertos en los últimos años por caídas, golpes de viento con azufre y corrimientos de tierra. En 2012, a la familia de uno le dieron como indemnización 25 millones de rupias (1.500 euros). Eso es lo que vale una vida en el trabajo más duro del mundo, que se ha convertido en otra atracción turística del majestuoso volcán Kawah Ijen de Indonesia.

 

Fuente: ABC



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