miércoles, 29 de mayo de 2024
Una ucraniana cerca de Poltava, en el Holodomor

Se ha escrito mucho sobre los terribles años del Holodomor en los que Stalin mató de hambre a unos siete millones de ucranianos entre 1932 y 1933. Algunos historiadores elevan la cifra por encima de los diez si se contabilizan las víctimas desde 1928. Bastante más de los que ocasionó Hitler durante el Holocausto nazi, pero en menos tiempo, con el objetivo de colectivizar las tierras de los campesinos de Ucrania, considerada ya entonces, al igual que hoy, «el granero de Europa».

En este mismo diario hemos contado muchas historias alrededor de esa atrocidad, como la del corresonsal de ‘The New York Times’ que ocultó el genocidio y, a pesar de ello, recibió un Pullitzer. La de la carta que la hija de Tolstoi envió a ABC, en 1933, para denunciar esa situación. «Millares de seres humanos en el norte del Cáucaso son fusilados o desterrados y yo siento la imperiosa necesidad de elevar mi débil voz contra las ferocidades bolcheviques», escribía. O, también, la de las críticas del expresidente de la URSS, Nikita Kruschez, en 1970, contra su antecesor: «Si Stalin estuviera vivo, votaría para que fuese procesado y castigado por sus crímenes».

Sin embargo, poco se ha hablado de la terrible hambruna sufrida por la Unión Soviética entre 1919 y 1922, en los años en los que se estaba gestando, y por la cual se vio obligada a pedir ayuda a Estados Unidos. Una insólita llamada de auxilio protagonizada por el gigante comunista al que iba a ser, durante las siguientes ocho décadas, su archienemigo capitalista en la pugna por el liderazgo mundial. Y que, por extraño que parezca, surtió efecto, porque los norteamericanos se volcaron para que los soviéticos no se murieran de inanición.

El primer mandatario de la URSS, Vladimir Lenin, sabía perfectamente la delicada situación por la que atravesaba su régimen. En los años anteriores, Rusia se había precipitado al abismo de la miseria como consecuencia de los estragos causados por la Primera Guerra Mundial, la guerra civil y la consiguiente revolución. Muchas fábricas fueron destruidas durante este tiempo. Las infraestructuras quedaron destrozadas y los medios de transporte, devastados. Esto último era especialmente grave, si tenemos en cuenta que impedía proveer a la población del combustible necesario para calentar sus hogares.

Un grupo de niños rusos durante la hambruna de 1922

Nueva Política Económica
Los problemas no acababan ahí. El dinero se suprimió y el Estado se apropió de la propiedad privada de los capitalistas rusos, así como de los extranjeros, sin ningún tipo de compensación económica. Tierras agrícolas, negocios, fábricas, molinos, bancos… Todo fue engullido por el régimen soviético y, como consecuencia de ello, el mercado se derrumbó, la producción industrial cayó un 88% y la cosecha de los cereales se desplomó desde los 78 a los 48 millones de toneladas recolectadas. Eso sin hablar de las deportaciones a los campos de concentración.

El historiador Stéphane Courtois, coordinador del célebre ‘El libro negro del comunismo’ y autor de ‘Lenin: el inventor del totalitarismo’ (La Esfera de los Libros, 2021), afirma: «En treinta meses, Lenin logró arruinar a Rusia, que en 1914 era la quinta potencia económica del mundo. Una hazaña única. La inflación era desenfrenada: de una base de 100 en 1913, los precios subieron a 755 en 1917, a 10.200 en octubre de 1918, 92.300 en octubre de 1919, 962.000 en 1920 y 64 millones en 1923».

A la luz de este derrumbe económico, Estados Unidos ya le había ofrecido su ayuda a los bolcheviques poco después de finalizar la Primera Guerra Mundial, pero Lenin la rechazó. En 1921, sin embargo, la situación se había vuelto insostenible y se vio obligado a dar marcha atrás. En marzo implantó la Nueva Política Económica (NEP), con una serie de medidas que él mismo denominó «capitalismo de Estado». Esta venía a reemplazar el «comunismo de guerra» desarrollado en los tres años anteriores que tan malos resultados le había dado.

Lenin, durante un discurso ante sus seguidores en 1917

Hoover, al rescate
En nombre de la URSS, Máximo Gorki escribió una carta a Fridtjof Nansen, alto funcionario de la Sociedad de Naciones encargado de recaudar dinero para la Cruz Roja. En ella, el célebre escritor amigo de Lenin decía: «Pido a todos los ciudadanos europeos y estadounidenses honestos que ayuden rápidamente al pueblo ruso. Dennos pan y medicinas». Ese mismo mes, el futuro presidente de Estados Unidos, Herbert Hoover, entonces responsable de agencia humanitaria ARA (American Relief Administration) envió el siguiente mensaje al secretario de Estado: «Es posible que haya tomado nota de las apelaciones enviadas por Gorki en busca de ayuda, así como las curiosas declaraciones del gobierno bolchevique, que hace como si no las hubiera autorizado […]. A pesar de este absurdo, creo profundamente que debemos ir en ayuda de los niños y, además, proporcionar apoyo sanitario»

La llamada de socorro de los comunistas desató una especie de movimiento solidario en Estados Unidos. En octubre, Lenin se justificó con el siguiente argumento: «No puede haber la menor duda de que hemos sufrido una derrota muy severa en el frente económico. Dadas las circunstancias, es inevitable que algunas personas se sientan muy abatidas, casi presas del pánico». Y cerraba su escrito con un refrán ruso: «Un hombre que ha sido golpeado vale por dos. Después de ser golpeados comenzamos a avanzar lenta, sistemática y cautelosamente».

El líder soviético quería evitar a toda costa que sus movimientos fueran interpretados como un triunfo del capitalismo y una derrota del comunismo. Por eso afirmó, también, con un mensaje muy maquillado, que «el poder estatal proletario, con el apoyo del campesinado, demostrará ser capaz de controlar debidamente a esos señores, los capitalistas, para dirigir el capitalismo por los cauces estatales y crear un capitalismo subordinado al Estado». Pero nada de eso ocultaba una realidad: Lenin había tenido que aceptar la ayuda de Estados Unidos y de la Cruz Roja para salir adelante.

Cartel soviético de 1921, en el que puede leerse en ruso: «¡Recordad a aquellos que pasan hambre!»

Más de 200 barcos
Los barcos estadounidenses repletos de sémola de maíz, cacao, leche condensada, pan blanco y azúcar no tardaron en llegar a Rusia. A lo largo de los siguientes 18 meses, arribaron más de doscientos con un total de mil toneladas entre alimentos y material sanitario. En ese tiempo, Hoover consiguió recaudar, además, el equivalente a 1.200 millones de dólares actuales. De estos, más de 300 procedían del Gobierno estadounidense. Y diarios como ‘The Chicago Tribune’ llevaron a su portada numerosas imágenes y artículos en los que se analizaba la hambruna provocada por Lenin, con la información de todas las campañas que se organizaban en el país para recaudar comida y dinero.

De organizar toda la operación se encargó el coronel William Haskell, un soldado con amplia experiencia en labores humanitarias. Esto brindó algunos episodios imposibles de imaginar en los posteriores años de la Guerra Fría, como es el caso del cooperante estadounidense Harold Blandy que murió de fiebre tifoidea en uno de esos viajes a Rusia. Al enterarse, el Kremlin no dudó ni un segundo y le organizó al difunto un funeral de Estado. Su ataúd, cubierto con la bandera de Estados Unidos, fue escoltado por las calles de Moscú en un lujoso carruaje blanco tirado por ocho caballos.

A medida que pasaban los meses, la ayuda creció tanto que terminó convirtiéndose en un problema. Se recaudaron tantos alimentos y material sanitario que no había suficientes barcos ni trenes para transportarlos, por lo que aquel sistema de ayuda humanitaria colapsó. A raíz de ello, empezaron a surgir las críticas por parte de la línea más dura del partido comunista porque sus dirigentes se hubieran entregado al capitalismo. Lenin, por su parte, siempre respondía que si bien aquello era un pequeño capitalismo, su Gobierno seguía teniendo el control de la industria, la minería y la banca.

La tensión fue en aumento y, en cuanto Lenin falleció en 1924 y Stalin subió al poder, la NPE se sustituyó por los planes quinquenales de industrialización. Algunos de estos fueron un fracaso total, pero obtuvieron buenos resultados, haciendo creer a la población que la situación mejoraba. A finales de esa década y principios de la siguiente, sin embargo, los soviéticos se vieron avocados de nuevo al infierno con la colectivización y el genocidio ucraniano.

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